Son las 6:45 de la mañana y tenemos las mochilas preparadas para avandonar el Hotel Bodega. A pesar de las reformas nos han tratado muy bien y nos da pena despedirnos, les cogimos cariño.
La agencia Vega-Travel tiene un pequeño cuarto para dejar parte del equipaje que no vamos a llevar al Halong. (Tambien tienen ducha para cuando regresemos y empalmemos con el tren de Sapa)
Como siempre el microbus sale puntual.
Que sorpresa solo somos 5 personas y el guía.
Al llegar al muelle nos damos cuenta de la gran afluencia de turismo que acude a diario a esta bahía.
Todos los barcos respetan el diseño tipo junco, manteniendo la armonía con la belleza del lugar. Nos dijeron que a diario surcan sus aguas unos 300 barcos, aun así en determinados momentos parecemos estar solos en el entorno.
La vista es espectacular, infinidad de pequeñas montañas salen del agua formando las siluetas de los lomos del dragón. Le han puesto bastante imaginación para poner nombre a cada una de estas piedras.
De camino a la Cueva de la Sorpresa pasamos por pequeños poblados flotantes de pescadores. Estos si que no han cambiado sus rudimentarias artes de pesca.
En muchos lugares de la bahía, aparecen de la nada, pequeñas embarcaciones cargadas de refrescos, botellas de agua, papas fritas, galletas y frutas.
La cámara de fotos parece echar fuego. Mires a donde mires, la vista es espectacular.
Llegamos a un pequeño muelle de madera en una de estas grandes formaciones.
Un pequeño camino nos conduce hasta la entrada de la cueva. La entrada es bastante pequeña, pero tras pasar por varias cavidades llegamos a la gran sala. Las formaciones caprichosas se reparten por todos lados, y algunos proyectores de colores realzan las siluetas de las paredes. En forma de tortuga, en forma de elefante, mono, dragones y ....... lo más esperado la sorpresa. No lo voy a contar, aquellos que algún día la visiten lo sabrán.