Cuando estábamos organizando el viaje me ofreció Jose la posibilidad de ver el mercado masai, que se celebra todos los martes en un pueblo cerca del camp. Me gustó mucho la propuesta
Nuestros compañeros deseaban ver el cruce del río Mara y no parecían tener ningún interés en visitar el mercado, ni tan siquiera mi marido me apoyaba y yo me mosqueé un poco
Esta vez le fue más fácil al pájaro “hello, hello”
En ese tiempo vimos muy bellos paisajes, como este riachuelo lleno de lotos y papiros

De inmensas llanuras bordeadas de altas montañas

Pero ningún guepardo
Entre medias la consabida paradita tras el oportuno arbusto y, esta vez, me llamó la atención que antes de dejarnos bajar daban toda una vuelta con el jeep alrededor del arbusto elegido. Al parecer, en esta zona había más riesgo de encontrarte con desagradables sorpresas con dientes afilados.
Una vez desayunados partimos de nuevo, esta vez directos al Mara.
En el camino el jeep se para en mitad de la nada y Jose nos indica que miremos a los pies del vehículo y allí había una tortuga leopardo, que se movía con toda la parsimonia de este antiguo animal. Y allí nos quedamos contemplándolo hasta que se introdujo entre las hierbas y se ocultó a nuestra vista.
Según nos íbamos acercando al Mara, la densidad de ñus era cada vez mayor. Grandes manadas de estos animales, así como de cebras y gacelas jalonaban nuestro camino,
los buitres surcaban los cielos
y una hermosa manada de ñus blancos estaba aparcada junto al río, esperando lo mismo que nosotros
Hasta los cocodrilos esperaban el cruce
Elegimos un meandro del río solitario y desde allí nos dispusimos a esperar el ansiado cruce y, mientras tanto disfrutamos de una gran manada de hipopótamos que se refrescaban del calor del día sumergidos hasta los ojos. Junto a ellos se veía un pobre ñu que no había conseguido cruzar en la anterior intentona.
Esperamos y esperamos y esperamos, y volvimos a esperar
Y allí, posadas sobre este arbusto de nombre impronunciable (helichysum glumaceum) estaban las mariposas. Mariposas blancas y negras, blancoazuladas y rojas, de bordes naranjas, amarillas, y alguna hasta volando…
Pero el cruce no lo llegamos a ver
Por el camino veo que Jose S da media vuelta, se aparta del camino y se dirige a “la nada”. Nuestro rastreador, Tate (nuestro guía), había visto algo y hacia allí nos dirigimos y “voila”
El guepardo que se nos había estado escapando durante toda la mañana. Una preciosa gueparda que tuvo a bien posar para nosotros, tumbada, sentada, de pie, de perfil, de frente,
Seria, bostezando, lamiéndose, estirándose
En ese momento se me olvidó completamente el mercado y allí me quedé admirando tanta belleza.
Pero Jose no se olvidó y nos hizo volver a la realidad: había que comer para poder llegar a tiempo al mercado. Como siempre buscamos un lugar adecuado y sacaron la comida: ensalada verde, ensalada de pasta, pollo guisado que estaba muy jugoso y rico, quiche, huevos duros, fruta, vino, cerveza, refrescos, café y te.
Y, por fin, el mercado. Llegamos, incluso, antes de lo esperado pero demasiado tarde para el mercado de ganado. Lo que nos encontramos fue una especie de pueblo del oeste pero con mucho colorido. Una calle polvorienta y sucia flanqueada por una hilera de tiendas todo a lo largo de la misma,
No podía faltar el “saloon”, aquí llamado hotel y que hace las veces de bar, restaurante, hotel y algo más. Dispone de una sala para todo y dos habitaciones multiusos en la parte de atrás, todo ello sin ventilación ni baño. Hay que tener en cuenta que las señoritas de vida alegre migran, como los ñus, siguiendo a los guías y rastreadores.
Ni tampoco el almacén, tienda tipo bazar donde venden de todo, desde comida, ropa, calzado, hasta ferretería o cuentas de colores. En esta compramos nosotros las mantas y demás regalos, algunos precios: mantas masais 500 chelines, telas de las que usan para vestirse 300 chelines. No tuvimos que regatear pues al ir con Jose Serrano nos ofrecieron directamente su precio, nos dejaron pasar al interior de la tienda y allí elegimos lo que quisimos.
Y todo un surtido de otras tiendas: recarga de móvil, peluquería, muebles, etc.
Y en la parte de atrás, el mercado semanal. Aquí compran los masais todo lo que necesitan en su vida diaria y también venden, según se tercie. Es un espacio colorido y bullanguero donde puede verse a las mujeres masais ataviadas con sus mejores galas y haciendo lo que cualquier mujer en cualquier lugar del mundo: comprar.
Había puestos de todo tipo: zapaterías, bazar, alimentación, coles,
Y esta estupenda ferretería en donde adquirimos dos machetes con sus respectivas fundas. Las fundas de piel de cordero teñido de rojo por el módico precio de 600 chelines que se quedaron en 550 por comprar dos. Había que ver a los dos Joses (el mío y el de Bea), contentos como críos con sus juguetitos. Iban dando mandobles como si fueran dos romanos.
Y aquí os presento a dos damas que no quisieron perder la oportunidad de hacer negocio y que vinieron a vendernos sus joyas, las que podéis ver pues son las que llevan encima. No hicimos trato pues el precio era excesivo (nos pedía 1000 chelines por collar). Por cierto, si vais aprovechad para comprar cinturones de cuentas pues son más económicos que en Nairobi, nos pedían 4000 chelines, nos pareció demasiado pero en el aeropuerto costaban 50 $.
Y aquí podemos apreciar el parking de vehículos.
A este mercado acude gente de todas las aldeas de los alrededores, la mayoría de ellos andando, los demás en cualquier vehículo disponible, desde burros hasta motos o bicis. Parece ser que la moto se está poniendo de moda pues es barata y fácil de mantener. Hay que tener en cuenta que algunos llegan a recorrer más de 20km para llegar al mercado y pueden tardar alrededor de 3 horas.
Y por último una vista de las chabolas que crecen al abrigo del pueblo. Están hechas de hojalata y son minúsculas, la mayoría están ocupadas por las señoritas de las que hablábamos antes.
Al final todos disfrutamos de la visita, fue una de las actividades que más nos gustaron, incluidos Jose y Bea que se alegraron mucho de haberme hecho caso y haber podido acudir. Por cierto que Bea y yo nos compramos dos preciosos capazos tejidos a mano por 500 chelines cada uno
Y como podéis imaginar el día llegó a su fin, nos fuimos directos al camp y llegamos allí a las 17 horas. Todavía hace sol, corro a ponerme el bañador y me voy a mi rincón preferido, la ducha al aire libre.
Después un ratito de lectura y luego nos acercamos al fuego de campamento a contarnos las experiencias vividas y charlar sin prisa de todo y de nada. Decidimos que el día de mañana lo dedicaríamos enterito a intentar ver el cruce, pues Jose y Bea ya no disponen de más días. Así que mañana toca madrugar y hacer safari de día completo.
Más tarde vamos a cenar y aprovechamos para cargar las baterías y comprar una camiseta de Enkewa (yo me he traído la ropa muy justita). Hoy cenamos sopa de cebolla, solomillo con puré de patatas y una salsa de mostaza que estaba para chuparse los dedos y de postre mango al horno con una salsa de chocolate y licor.





















