
Tal como anoche los dejé, siguen. La gente del callejón sigue de cháchara mientras amanece. El sueño ha sido inquieto y he salido a fumar al balcón dos o tres veces, en las que no ha cesado el parloteo de los parroquianos. En este instante son las 6, acabo el cigarrillo y voy a clausurar la maleta que, en ningún momento del viaje he deshecho. Solo coger, guardar, coger, guardar, para hacer fáciles las marchas y las llegadas. Ahora toca desfilar al canto de los gallos de los jardines.
Lo que entienden por Vip, del bus que despega con puntualidad británica a las 9, dispuesto a cruzar las montañas, es un misterio. Siendo generoso con la descripción sería un Frankenstein bus de 4 ruedas, de tanto remiendo que luce. La TV, de tubo catódico por supuesto, y embadurnada de una especie de alquitrán, que está sujetada con cables a unas barras elevadas y metida en una caja de escai plástico marrón de primera generación, preferiría que no fuera encendida.
Son las 6 de la tarde, cuando lo que queda de nosotros, aterriza al lado de la estación de buses de Vang Vieng. En total, 9 horas de viaje con sus correspondientes incidencias, que a posteriori siempre tienen una vertiente divertida. Por desgracia, la televisión sí fue encencida, y no explotó.
Las que sí explotaron fueron las neuronas del pasaje, con la sesión ininterrumpida de videoclips a todo volumen, de baladas tailaosianas interpretadas por divos de ambos sexos, que nos amenizaron la tortura de trayecto con los mismos alaridos que la banda sonora de una matanza del cerdo.

Para descansar los oidos, disfrutamos junto al resto de participantes en el atasco de dos horas, con parada y paseo voluntario, conversando con los arrozales y admirando el bello paisaje, debido a la caida de varias torres de alta tensión sobre la carretera, a unos 70 kilómetros de la meta, de los cuales, una vez reanudada la marcha, reservaron los 30 últimos para la práctica del bus-cross, gracias a un cursillo pagado de monta de asiento salvaje sobre bache, socavón, charco y pedrusco, incluyendo un concierto magistral en do mayor para bocina y orquesta, dirigido por el chófer, con el que además de obsequiarnos a nosotros, desplazaba a los niños hacia las cunetas, advertía al resto de vehículos y de animales no humanos, y atomizaba a los insectos que osaban acercarse a su parabrisas.
Encantados de acabar el tour y el curso, ya de noche a las 6 como dije antes, montamos en un tuctuc que nos teletransporta al centro por 10 mil kips, junto a 2 machacadas inglesas, y dos amigos, uno de Andorra y el otro de Mataró, con los que nos vamos viendo desde el slow boat, y que van a estar recorriendo el sudeste asiático hasta Diciembre.
En 10 minutos desmontamos en el centro de Lloret, perdon de Vang Vieng, inundado de kayaks, neumáticos de agua, guiris con bandoleras de chupitos, all the world's fast food, cibercafés, sesión contínua de la serie ”friends” en todas los bares del pueblo con colchonetas chill-out a disposición de los clientes, antros de luces de colores, bungalós coleccionables, y mini Mc Mansions yankees como estilo arquitectónico predominante. Como pienso que cuando se llega de noche a un lugar, la percepción está distorsionada por el estado en el que te encuentras por el trote, prefiero darme una ducha, y dejar pasar la noche, reiniciando a la luz del nuevo dia.