El termómetro del aeropuerto de Quito marcaba diez grados a las seis de la mañana, pelete del bueno. Quito se desperezaba entre brumas y todavía se observaban las luces de las casas situadas en las escarpadas laderas de las montañas que envuelven la ciudad. En un par de horas iba a pasar de tres mil metros de altitud al nivel del mar y de diez a treinta grados de temperatura.
Tras hacer parada técnica en Guayaquil, el avión de Aerogal despegó suavemente hacia el oeste, hacia el misterio y la magia. Las Galápagos esperaban pacientemente a mil kilómetros de distancia del continente. Tras una hora y media de vuelo, el Pacífico empieza a salpicarse de islas de todas las formas y tamaños imaginables, ciento veinticinco en total y tan sólo cuatro habitadas. Desde el aire la primera impresión es impactante. Apenas hay casas, tan sólo miles de hectáreas de vegetación, lava volcánica y playas.
La isla de Baltra es un peñasco pelado donde una pista de aterrizaje hace de puerta de entrada al archipiélago. Control de pasaportes y pago de 100$ en concepto de “Tasa de Conservación”. Galápagos no iba a ser un viaje barato por mucho “mochileo” que hiciéramos, ya lo sabíamos antes de partir. A la salida del minúsculo aeropuerto sentí un porrazo de treinta y cinco grados de temperatura en el careto. Fuera tejanos, calzoncillos, forro polar, botas y calcetines. Bañador, cholas, camiseta “lolaila” y cremita. Bienvenido a Galápagos.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
Desde el aeropuerto un servicio gratuito de autobuses te lleva al embarcadero donde continuamente salen botes (0,60$) que en cinco minutos cruzan el Canal de Itabaca, un estrecho de de aguas cristalinas que separa las islas Baltra y Santa Cruz, la isla más poblada de Galápagos (20.000 hab.). Desde aquí, un trayecto de cuarenta y cinco minutos en autobús (1,5$) hasta Puerto Ayora te permite observar la extrema sequedad del entorno. Cocoteros, cactus y mangle luchan por conseguir hasta la última gota de agua que el terreno de roca volcánica apenas consigue retener. Me sudaban hasta las bolas… ¡Qué calooooor!.
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Con sus diez mil habitantes, Puerto Ayora es la localidad más poblada de todas las islas y a primera vista es feo de cojones. El “España hostel” es céntrico (la verdad es que esto es tan pequeño que aquí todo es céntrico) y económico (doble con baño: 40$). Un tranquilo paseo sin reloj te permite descubrir rinconcitos maravillosos entre la aparente mediocridad de Puerto Ayora a primera vista. El pequeño muelle, punto de conexión con el resto de islas, es un hervidero de embarcaciones de todo tipo. Lanchas que te llevan a una isla concreta (35$), cruceros que hacen “tours” de varios días por todo el archipiélago (viajeros con presupuesto ajustado abstenerse) y “water-taxis”, pequeños botes para desplazarse en trayectos cortos (0,5$). A pesar de tanto bullicio, el muelle transmite sensaciones agradables. Movimiento, escapada, vida.
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La Avenida Darwin, un corto paseo donde los leones marinos campan a sus anchas, hace las funciones de “ronda” de Puerto Ayora. Alojamientos, restaurantes y tiendas se concentran en esta calle de apenas quinientos metros. Un pequeño mercado de pescado situado al lado del muelle centró mi atención. El pescado se descargaba directamente desde los botes y el mostrador de cemento se inundaba de producto fresco, fresquísimo. Las labores estaban bien definidas. Mientras los pescadores descargaban el producto, un par de vendedores lo mostraba al público (local en su mayoría) y un tercero espantaba las moscas con una rama de cocotero. Una vez vendido, el pescado se limpiaba y se entregaba al cliente a precios irrisorios (7$ pieza). Los restos no se depositaban en el contenedor de orgánica, no hacía falta. Un grupo de pelícanos y dos leones marinos hacían las labores de “Recogida selectiva” deglutiendo en segundos los restos que iban cayendo al suelo. Un pescador me comentaba que Galápagos tiene recursos pesqueros para parar un tren. Tan sólo había que explotarlos de manera responsable y dejar el resto a la sabia naturaleza y eso era lo que hacían. Miré hacia el cielo mientras fruncía el ceño, densos nubarrones empezaban a hacer acto de aparición.
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La joya de Puerto Ayora es Bahía Tortuga. Tras media hora de caminata llegamos a Tortuga y a pesar de los negros nubarrones….puffff. “Collons, tío”, los dos soltamos la misma frase y nos quedamos en silencio contemplando el espectáculo. Un inmenso y desierto playón se abría delante nuestro mientras las olas rompían con fuerza mar adentro. Caminamos en silencio descalzos sobre la arena blanca sintiendo el fuerte viento de cara y una potente sensación de vivir el momento se apoderó de nosotros. Aquí y ahora, nada más y nada menos. Oriol hizo una indicación en silencio. A lo lejos un grupo de iguanas marinas de Galápagos descansaba plácidamente sobre la arena. Al acercarnos empezaron a salir más iguanas de entre los mangles y el grupo se hizo gigantesco. Nos sentamos en silencio en medio de ese improvisado parque jurásico observándolas tranquilamente. “Tú me miras, yo te miro”, debían pensar mientras no nos perdían ojo sin moverse un centímetro. Grande, grande. La tormenta se estaba acercando y a pesar de ello, todo parecía estar en calma aunque los dos sentíamos que los que realmente estábamos en calma en ese preciso momento éramos nosotros mismos.
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Acabamos el día en medio de la elección de la “Reina de Santa Cruz” en el muelle de Puerto Ayora. El señor alcalde, maestro de ceremonias para la ocasión, pedía la colaboración ciudadana para votar por una de “tan bellas señoritas” mientras recordaba que se debía respetar la veda de la langosta para no agotar ese recurso tan preciado de la isla de Santa Cruz. Bellas señoritas santacruceñas y langostas, curiosa mezcla, sin duda.
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Comenzaba a llover…..
Tras hacer parada técnica en Guayaquil, el avión de Aerogal despegó suavemente hacia el oeste, hacia el misterio y la magia. Las Galápagos esperaban pacientemente a mil kilómetros de distancia del continente. Tras una hora y media de vuelo, el Pacífico empieza a salpicarse de islas de todas las formas y tamaños imaginables, ciento veinticinco en total y tan sólo cuatro habitadas. Desde el aire la primera impresión es impactante. Apenas hay casas, tan sólo miles de hectáreas de vegetación, lava volcánica y playas.
La isla de Baltra es un peñasco pelado donde una pista de aterrizaje hace de puerta de entrada al archipiélago. Control de pasaportes y pago de 100$ en concepto de “Tasa de Conservación”. Galápagos no iba a ser un viaje barato por mucho “mochileo” que hiciéramos, ya lo sabíamos antes de partir. A la salida del minúsculo aeropuerto sentí un porrazo de treinta y cinco grados de temperatura en el careto. Fuera tejanos, calzoncillos, forro polar, botas y calcetines. Bañador, cholas, camiseta “lolaila” y cremita. Bienvenido a Galápagos.
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Desde el aeropuerto un servicio gratuito de autobuses te lleva al embarcadero donde continuamente salen botes (0,60$) que en cinco minutos cruzan el Canal de Itabaca, un estrecho de de aguas cristalinas que separa las islas Baltra y Santa Cruz, la isla más poblada de Galápagos (20.000 hab.). Desde aquí, un trayecto de cuarenta y cinco minutos en autobús (1,5$) hasta Puerto Ayora te permite observar la extrema sequedad del entorno. Cocoteros, cactus y mangle luchan por conseguir hasta la última gota de agua que el terreno de roca volcánica apenas consigue retener. Me sudaban hasta las bolas… ¡Qué calooooor!.
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Con sus diez mil habitantes, Puerto Ayora es la localidad más poblada de todas las islas y a primera vista es feo de cojones. El “España hostel” es céntrico (la verdad es que esto es tan pequeño que aquí todo es céntrico) y económico (doble con baño: 40$). Un tranquilo paseo sin reloj te permite descubrir rinconcitos maravillosos entre la aparente mediocridad de Puerto Ayora a primera vista. El pequeño muelle, punto de conexión con el resto de islas, es un hervidero de embarcaciones de todo tipo. Lanchas que te llevan a una isla concreta (35$), cruceros que hacen “tours” de varios días por todo el archipiélago (viajeros con presupuesto ajustado abstenerse) y “water-taxis”, pequeños botes para desplazarse en trayectos cortos (0,5$). A pesar de tanto bullicio, el muelle transmite sensaciones agradables. Movimiento, escapada, vida.
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La Avenida Darwin, un corto paseo donde los leones marinos campan a sus anchas, hace las funciones de “ronda” de Puerto Ayora. Alojamientos, restaurantes y tiendas se concentran en esta calle de apenas quinientos metros. Un pequeño mercado de pescado situado al lado del muelle centró mi atención. El pescado se descargaba directamente desde los botes y el mostrador de cemento se inundaba de producto fresco, fresquísimo. Las labores estaban bien definidas. Mientras los pescadores descargaban el producto, un par de vendedores lo mostraba al público (local en su mayoría) y un tercero espantaba las moscas con una rama de cocotero. Una vez vendido, el pescado se limpiaba y se entregaba al cliente a precios irrisorios (7$ pieza). Los restos no se depositaban en el contenedor de orgánica, no hacía falta. Un grupo de pelícanos y dos leones marinos hacían las labores de “Recogida selectiva” deglutiendo en segundos los restos que iban cayendo al suelo. Un pescador me comentaba que Galápagos tiene recursos pesqueros para parar un tren. Tan sólo había que explotarlos de manera responsable y dejar el resto a la sabia naturaleza y eso era lo que hacían. Miré hacia el cielo mientras fruncía el ceño, densos nubarrones empezaban a hacer acto de aparición.
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La joya de Puerto Ayora es Bahía Tortuga. Tras media hora de caminata llegamos a Tortuga y a pesar de los negros nubarrones….puffff. “Collons, tío”, los dos soltamos la misma frase y nos quedamos en silencio contemplando el espectáculo. Un inmenso y desierto playón se abría delante nuestro mientras las olas rompían con fuerza mar adentro. Caminamos en silencio descalzos sobre la arena blanca sintiendo el fuerte viento de cara y una potente sensación de vivir el momento se apoderó de nosotros. Aquí y ahora, nada más y nada menos. Oriol hizo una indicación en silencio. A lo lejos un grupo de iguanas marinas de Galápagos descansaba plácidamente sobre la arena. Al acercarnos empezaron a salir más iguanas de entre los mangles y el grupo se hizo gigantesco. Nos sentamos en silencio en medio de ese improvisado parque jurásico observándolas tranquilamente. “Tú me miras, yo te miro”, debían pensar mientras no nos perdían ojo sin moverse un centímetro. Grande, grande. La tormenta se estaba acercando y a pesar de ello, todo parecía estar en calma aunque los dos sentíamos que los que realmente estábamos en calma en ese preciso momento éramos nosotros mismos.
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Acabamos el día en medio de la elección de la “Reina de Santa Cruz” en el muelle de Puerto Ayora. El señor alcalde, maestro de ceremonias para la ocasión, pedía la colaboración ciudadana para votar por una de “tan bellas señoritas” mientras recordaba que se debía respetar la veda de la langosta para no agotar ese recurso tan preciado de la isla de Santa Cruz. Bellas señoritas santacruceñas y langostas, curiosa mezcla, sin duda.
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Comenzaba a llover…..