Orolino me miraba con cara de asombro, el panorama era sencillamente sublime. Nos encontrábamos en el Cabo Rosa, a unos treinta kilómetros de Puerto Villamil. Una zona de Isabela accesible sólo por mar y con guía (60$). Una gran barrera de lava frenaba los envites del mar en la distancia. El patrón de la embarcación redujo la potencia de motores al mínimo para poder maniobrar con precisión entre las formaciones rocosas que nos rodeaban. Nos encontrábamos en medio de cristalinas piscinas naturales donde el silencio era el maestro y nosotros los aprendices. El sol realzaba los tonos turquesa del agua y permitía ver el fondo con una nitidez absoluta. “Madre mía”. Un trocito de cielo escondido en Isabela. Empezaba a sentir como esta isla me empezaba a embriagar con sus encantos y su magia.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
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Poco podía imaginar que el espectáculo sólo acababa de empezar y que el verdadero tesoro del Cabo Rosa estaba bajo sus aguas. Gafas y tubo eran suficientes para entrar en un mundo encantado. Numerosos túneles bajo el agua conectaban las piscinas que habíamos visto desde el bote. El sol y la transparencia del agua actuaban como gigantescas linternas naturales para poder avanzar sin problemas. Infinidad de peces de colores añadían colorido a esta especie de bosque de piedra submarino. Un grupo de peces loro mordía una roca de lava sin importarle mi presencia mientras unas mantas raya levantaban la arena del fondo suavemente a su paso. Lentamente iba pasando de piscina en piscina y de sorpresa en sorpresa. Una tortuga de mar enorme nadaba lentamente a escasos metros y se acercó sin miedo para pasar a mi lado mirándome con esos ojazos, ¡preciosa!. Varias tortugas más aparecieron y una langosta se escondió rápidamente entre las rocas por lo que pudiera pasar. En seguida comprobé que la langosta no se escondía de las tortugas sino de dos tiburones tintorera que nadaban cerca. Todo un espectáculo sumido en el silencio donde sólo escuchaba mi respiración. ¡Grande!.
*** Imagen borrada de Tinypic ***
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Sin apenas darnos cuenta ya llevábamos cinco días en Isabela. Oriol quería visitar el volcán Sierra Negra antes de irnos. El Sierra Negra tiene el segundo cráter más grande del mundo después del Ngorongoro africano y ofrecía vistas espectaculares de Isabela pero implicaba una caminata de dieciocho kilómetros bajo el sol y el menda andaba con sobredosis solar y ganas de respirar un poquito más de esta atmósfera mágica de Isabela por su cuenta. Salí a caminar por las calles de arena. El conductor que nos atendió el primer día pasó a mi lado saludando con la bocina. Me crucé con Felipe “el surfer” y me pasó el parte de olas. Locales de tiendas y restaurantes saludaban al pasar. Marcos, propietario gay de un pequeño comedor, exclamaba “!Javier, no te escapes que con esa guapura te rebajo lo que quieras!”. Seguí caminado sin rumbo fijo y pasé por “El Faro”. “¿Hoy no escribes?”. Bárbara me miraba con esos ojazos mientras me estiraba con su manita bajo la atenta mirada risueña de su madre. Y salí a la playa y me senté junto a Diana y Andrea que andaban por ahí. Y sentí que en tan sólo cinco días ya me había enamorado perdidamente de Isabela, de sus tesoros escondidos, de su calma y de su gente. Y me sentí muy bien por ello.
Diana tenía razón, la mariscada de “El Faro” estaba de muerte. Langosta, camarones, pulpo, calamar y canchalagua (caracol de mar) en el punto perfecto de plancha. Todo ello acompañado con un Sauvignon blanc chileno fresquísimo y una interesante conversación sobre la realidad de las relaciones hombre-mujer en Ecuador. Diana y Andrea eran veinteañeras guapetonas, divertidas y de conversación interesante. Ambas salían de rupturas de relaciones digamos “chunguillas” donde el machismo intransigente había enviado la posibilidad de una bonita relación a tomar por el culo. Surgió una interesante conversación sobre las relaciones humanas y lo que cada uno busca inconscientemente en ellas. El Iguana point bar estaba animado. Unos roncitos y música “sabrosona” para continuar la velada. Nos dieron las dos de la mañana sin darnos cuenta y todavía quedaban ganas de continuar la fiesta. Suerte que estábamos en época de campaña electoral y el candidato Rafael Correa había preparado una fiesta en la playa de Villamil para sacar votos. Mochilas y bolsos en la arena, unas cuantas cervezas heladas alrededor y a bailar lo que cayera. Salsa, cumbia, “reguetón”, Staying Alive. Tal y como íbamos habríamos bailado hasta la canción de los pitufos. Sonó de todo al son de miradas cómplices y ganas de pasarlo bien. Gran velada como broche de oro a nuestra visita a Isabela.
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Poco podía imaginar que el espectáculo sólo acababa de empezar y que el verdadero tesoro del Cabo Rosa estaba bajo sus aguas. Gafas y tubo eran suficientes para entrar en un mundo encantado. Numerosos túneles bajo el agua conectaban las piscinas que habíamos visto desde el bote. El sol y la transparencia del agua actuaban como gigantescas linternas naturales para poder avanzar sin problemas. Infinidad de peces de colores añadían colorido a esta especie de bosque de piedra submarino. Un grupo de peces loro mordía una roca de lava sin importarle mi presencia mientras unas mantas raya levantaban la arena del fondo suavemente a su paso. Lentamente iba pasando de piscina en piscina y de sorpresa en sorpresa. Una tortuga de mar enorme nadaba lentamente a escasos metros y se acercó sin miedo para pasar a mi lado mirándome con esos ojazos, ¡preciosa!. Varias tortugas más aparecieron y una langosta se escondió rápidamente entre las rocas por lo que pudiera pasar. En seguida comprobé que la langosta no se escondía de las tortugas sino de dos tiburones tintorera que nadaban cerca. Todo un espectáculo sumido en el silencio donde sólo escuchaba mi respiración. ¡Grande!.
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Sin apenas darnos cuenta ya llevábamos cinco días en Isabela. Oriol quería visitar el volcán Sierra Negra antes de irnos. El Sierra Negra tiene el segundo cráter más grande del mundo después del Ngorongoro africano y ofrecía vistas espectaculares de Isabela pero implicaba una caminata de dieciocho kilómetros bajo el sol y el menda andaba con sobredosis solar y ganas de respirar un poquito más de esta atmósfera mágica de Isabela por su cuenta. Salí a caminar por las calles de arena. El conductor que nos atendió el primer día pasó a mi lado saludando con la bocina. Me crucé con Felipe “el surfer” y me pasó el parte de olas. Locales de tiendas y restaurantes saludaban al pasar. Marcos, propietario gay de un pequeño comedor, exclamaba “!Javier, no te escapes que con esa guapura te rebajo lo que quieras!”. Seguí caminado sin rumbo fijo y pasé por “El Faro”. “¿Hoy no escribes?”. Bárbara me miraba con esos ojazos mientras me estiraba con su manita bajo la atenta mirada risueña de su madre. Y salí a la playa y me senté junto a Diana y Andrea que andaban por ahí. Y sentí que en tan sólo cinco días ya me había enamorado perdidamente de Isabela, de sus tesoros escondidos, de su calma y de su gente. Y me sentí muy bien por ello.
Diana tenía razón, la mariscada de “El Faro” estaba de muerte. Langosta, camarones, pulpo, calamar y canchalagua (caracol de mar) en el punto perfecto de plancha. Todo ello acompañado con un Sauvignon blanc chileno fresquísimo y una interesante conversación sobre la realidad de las relaciones hombre-mujer en Ecuador. Diana y Andrea eran veinteañeras guapetonas, divertidas y de conversación interesante. Ambas salían de rupturas de relaciones digamos “chunguillas” donde el machismo intransigente había enviado la posibilidad de una bonita relación a tomar por el culo. Surgió una interesante conversación sobre las relaciones humanas y lo que cada uno busca inconscientemente en ellas. El Iguana point bar estaba animado. Unos roncitos y música “sabrosona” para continuar la velada. Nos dieron las dos de la mañana sin darnos cuenta y todavía quedaban ganas de continuar la fiesta. Suerte que estábamos en época de campaña electoral y el candidato Rafael Correa había preparado una fiesta en la playa de Villamil para sacar votos. Mochilas y bolsos en la arena, unas cuantas cervezas heladas alrededor y a bailar lo que cayera. Salsa, cumbia, “reguetón”, Staying Alive. Tal y como íbamos habríamos bailado hasta la canción de los pitufos. Sonó de todo al son de miradas cómplices y ganas de pasarlo bien. Gran velada como broche de oro a nuestra visita a Isabela.
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