Una vez acabamos la visita al parque, fuimos hacia Miyajima.
Antes de montar en el ferry pasamos por un supermercado a comprar unos bentos para llevar, cosa que recomiendo, ya que la isla es pequeña y tampoco hay gran variedad para comer. En la orilla de la isla hay muchos bancos donde se puede comer todo lo tranquilamente que los ciervos te dejan.
El viaje, aunque es cortísimo, ya de por si merece la pena, ver como te vas acercando a la isla y se empieza a ver la puerta Tori...










Esta isla se supone que es sagrada, y por eso los ciervos campan a sus anchas igual que en Nara. Es bastante grande para lo que parece en un principio, y hay varios templos.
El principal es el Itsukushima, a ras de suelo y que se cubre en parte cuando sube la marea.
Desde aquí se pueden sacar fotos típicas y muy chulas con la puerta de fondo.




Después fuimos subiendo hacia la parte alta de la isla, aquí cada vez se veían menos turistas y hubo momentos en los que estuvimos completamente solas.



Al final, llegamos a un templo que no salía en la guía y que estaba lleno de budas bebé y figuras jizo. Buscandolo en Google es el Daisho in y nosotras tuvimos la suerte de poder disfrutarlo practicamente solas.













Queríamos esperar a ver anochecer pero no llegábamos al último ferry, así que antes de irnos nos sentamos a ver la puerta Tori por ultima vez y un grupo de escolares que estaba de excursión se acercó a nosotras como si fuéramos marcianas en vez de Españolas. Los chicos haciendo gracias, pensando que no entendíamos japonés, las chicas solo nos decían hola con la mano muertas de vergüenza...sin duda una de las mejoras cosas que tiene Japón son los propios japoneses.
Nosotras estabamos agotadas,llevabamos sin pisar una cama casi 48 horas, así que volvimos para Hiroshima.
Antes de volver al hotel paramos a cenar en un centro comercial cercano porque N quería probar la especialidad de Hiroshima: okonomiyaki.
Entramos a un restaurante que también tenía pizza, yo pedí cualquiera que no llevara cebolla y N un Okonomiyaki "normal".
Cuando llegaron nuestros platos, el 95% de mi pizza era cebolla, y el Okonomiyaki de N tenía un aspecto verde muy raro y por encima algo que no paraba de moverse, y que sospechabamos que tenían vida propia.
Estuvimos 15 minutos analizando si eran gusanos o qué era eso, y llegamos a la conclusión de que era piel de cebolla cortada finíííííísima, que se movía por el aíre del ambiente.
El caso es que aquello no había quien se lo comiera y nos tocó parar en un Seven Eleven a comprar recena.
Si alguien duda sobre si merece la pena ir a Miyajima o no, mi opinión es que rotundamente SI merece la pena, para mi fue uno de los sitios más mágicos del viaje, y si alguna vez vuelvo no dudaría en hacer noche, porque ver la isla al atardecer y al amanecer tiene que ser espectacular.