Este día tocaba un trekking de 12 km hasta la aldea de Ta Van, habitada por la etnia Black ´H mong. Habían anunciado un poco de lluvia, así que me puse mis sandalias y listo para andar, o eso pensaba yo, porque la gente iba súper preparada para la montaña, con botas de monte, bastones, etc, así que me acojone pensando en que igual iba poco preparado.
El trekking comenzaba en el hotel, y nada más salir por la puerta se nos juntaron un grupo de 6 mujeres indígenas que nos acompañarían durante toda la excursión.
Entre ellas hablaron algo, y al momento cada una de ellas se pego a cada uno de nosotros, eran como nuestra sombra. A mí me toco de compañera de viaje una señora mayor de unos 60 años; las demás eran muy jovencitas. Estaba claro que después iban a intentar vendernos cosas, pero a nosotros no nos importaba nada, porque eran muy simpáticas y hasta fuimos cantando con ellas por el camino. Les enseñe a cantar la canción de la macarena, jajá.
A medio camino nos regalaron a cada uno de nosotros y sin pedirnos nada a cambio unas figuritas que habían hecho con helechos. La viejita mía me regalo un caballo alado y a Sandra la suya un corazon.
Cuando queríamos, parábamos por el camino y nos hacíamos fotos con ellas.
Tras 10 km de recorrido entre bosques de bambú y terrazas de arroz, llegamos a la aldea.





Tenía la sensación de estar en la comarca de los hobitt. Son todo casas bajitas construidas entre los arrozales, separadas las unas de las otras.
Tuvimos mala suerte porque el arroz estaba recién cortado y estaba todo mucho más feo que cuando estuviese el arroz verde, pero aun así el paisaje era maravilloso.
Nada más llegar a la aldea, el guía nos llevo al restaurante. Aquí no dejaban entrar a los indígenas, así que nos tuvimos que separar de nuestras simpáticas guías, pero antes hicimos las compras pertinentes. Lo vendían todo más caro que en Sapa y Bac Ha, pero hay que tener en cuenta la compañía que nos habían hecho, las fotos, el detallito de Pegaso ……
Durante la comida, María la novia de Darío nos comento que la chica que le acompañaba a ella, le había dicho que tenía a su hijo chiquitín en casa, y María le dijo a ver si se lo enseñaba. Bueno pues después de comer, sorpresa, allí estaba la chica esperándonos fuera con su pequeño en brazos.
Continuamos nuestro camino atravesando el pueblo y viendo a la gente en sus tareas diarias en sus casas o cuadras.



Llegamos a una destilería donde hacían vino de arroz y nos dieron a probar recién salido del alambique, salía ardiendo, y estaba malísimo, jajá, era muy similar al tequila.
Seguimos caminando un poco, y justo al terminar el pueblo estaba nuestro microbús esperándonos para llevarnos de vuelta a sapa.
Supongo que habrá trekkings mas complicados, pero deciros que el nuestro fue sencillito, todo cuesta abajo y sin grandes pendientes. Fui comodísimo con las sandalias y no considero que haga falta ningún tipo de ropa de monte. Las indígenas llevaban todas las típicas sandalias de goma que usábamos de pequeños para el rio, y tan contentas que iban.
Llegamos a Sapa sobre las 4 de la tarde y como aun quedaban 2 horas para coger el bus de vuelta a Lao Chai, me fui con Sandra a ver tiendas y los puestos callejeros de las indígenas.



Tras el paseíllo, nos fuimos a la plaza del pueblo, donde había unas mujeres jugando al volley; casualmente una de ellas estaba la noche anterior haciendo aerobic en el polideportivo. No es que fueran muy buenas, pero me sorprendió que jugaban súper profesionalmente, tenían árbitro y todo. Había también un montón de niños jugando al futbol, todos con camisetas de equipos europeos, la mayoría del Barça, jeje.
Cuando llegamos a Lao Chai aun quedaba 1 hora para que saliera el tren, a si que aprovechamos para ir a tomar algo con nuestros compañeros de trekking y bus.
El trekking comenzaba en el hotel, y nada más salir por la puerta se nos juntaron un grupo de 6 mujeres indígenas que nos acompañarían durante toda la excursión.

Entre ellas hablaron algo, y al momento cada una de ellas se pego a cada uno de nosotros, eran como nuestra sombra. A mí me toco de compañera de viaje una señora mayor de unos 60 años; las demás eran muy jovencitas. Estaba claro que después iban a intentar vendernos cosas, pero a nosotros no nos importaba nada, porque eran muy simpáticas y hasta fuimos cantando con ellas por el camino. Les enseñe a cantar la canción de la macarena, jajá.

A medio camino nos regalaron a cada uno de nosotros y sin pedirnos nada a cambio unas figuritas que habían hecho con helechos. La viejita mía me regalo un caballo alado y a Sandra la suya un corazon.

Cuando queríamos, parábamos por el camino y nos hacíamos fotos con ellas.

Tras 10 km de recorrido entre bosques de bambú y terrazas de arroz, llegamos a la aldea.





Tenía la sensación de estar en la comarca de los hobitt. Son todo casas bajitas construidas entre los arrozales, separadas las unas de las otras.
Tuvimos mala suerte porque el arroz estaba recién cortado y estaba todo mucho más feo que cuando estuviese el arroz verde, pero aun así el paisaje era maravilloso.

Nada más llegar a la aldea, el guía nos llevo al restaurante. Aquí no dejaban entrar a los indígenas, así que nos tuvimos que separar de nuestras simpáticas guías, pero antes hicimos las compras pertinentes. Lo vendían todo más caro que en Sapa y Bac Ha, pero hay que tener en cuenta la compañía que nos habían hecho, las fotos, el detallito de Pegaso ……
Durante la comida, María la novia de Darío nos comento que la chica que le acompañaba a ella, le había dicho que tenía a su hijo chiquitín en casa, y María le dijo a ver si se lo enseñaba. Bueno pues después de comer, sorpresa, allí estaba la chica esperándonos fuera con su pequeño en brazos.
Continuamos nuestro camino atravesando el pueblo y viendo a la gente en sus tareas diarias en sus casas o cuadras.



Llegamos a una destilería donde hacían vino de arroz y nos dieron a probar recién salido del alambique, salía ardiendo, y estaba malísimo, jajá, era muy similar al tequila.

Seguimos caminando un poco, y justo al terminar el pueblo estaba nuestro microbús esperándonos para llevarnos de vuelta a sapa.
Supongo que habrá trekkings mas complicados, pero deciros que el nuestro fue sencillito, todo cuesta abajo y sin grandes pendientes. Fui comodísimo con las sandalias y no considero que haga falta ningún tipo de ropa de monte. Las indígenas llevaban todas las típicas sandalias de goma que usábamos de pequeños para el rio, y tan contentas que iban.
Llegamos a Sapa sobre las 4 de la tarde y como aun quedaban 2 horas para coger el bus de vuelta a Lao Chai, me fui con Sandra a ver tiendas y los puestos callejeros de las indígenas.



Tras el paseíllo, nos fuimos a la plaza del pueblo, donde había unas mujeres jugando al volley; casualmente una de ellas estaba la noche anterior haciendo aerobic en el polideportivo. No es que fueran muy buenas, pero me sorprendió que jugaban súper profesionalmente, tenían árbitro y todo. Había también un montón de niños jugando al futbol, todos con camisetas de equipos europeos, la mayoría del Barça, jeje.

Cuando llegamos a Lao Chai aun quedaba 1 hora para que saliera el tren, a si que aprovechamos para ir a tomar algo con nuestros compañeros de trekking y bus.