No había parado de llover en toda la noche, y además de forma torrencial.
Habíamos terminado de desayunar e íbamos a deliberar sobre qué hacer, habida cuenta del tiempo que teníamos y que parecía tener trazas de seguir lo mismo. En estas que vuelve un compañero de echar un vistazo a los coches y…., mala noticia al canto: la otra rueda del coche accidentado está totalmente desinflada.
En el contrato de alquiler con Thrifty había varios teléfonos, uno de ellos de asistencia las 24 horas del día. Después de varias intentonas conseguimos contactar y la única solución que nos dieron es que buscáramos un mecánico pues su centro de apoyo estaba muy lejano de dónde nosotros nos encontrábamos. Solución que ya habíamos nosotros puesto en marcha gracias a que en la recepción del hotel conocían a un buen profesional que no estaba en el pueblo pero tampoco tenía el taller muy lejano.
El mecánico vino y se llevó la rueda al taller para intentar arreglarla.
Teníamos un tiempo para acercarnos al lago Rotoiti que era el que teníamos más cercano. La lluvia seguía pero era ya muy débil y fue disminuyendo hasta quedarse en un sirimiri.
Al lado de nuestras cabañas había un sendero que indicaba la dirección del lago. Sendero que discurría por entre un bosque tupido de hayas, todo embarrado y de cuyos árboles nos caía más agua que de la lluvia. Estos bosques de hayas en el parque nacional de Nelson Lakes tienen la particularidad de que los árboles en su tronco tienen como una especie de hilos que sobresalen y en su extremo unas gotitas que son las llamadas “rocío de miel”. Alimento para algunas aves e insectos, consistente en azúcar puro procesado por unas cochinillas desde la savia del árbol. Con la de agua que tenían los árboles no se distinguían muy bien estos puntitos del rocío de miel.
La visión que tuvimos del lago Rotoiti va a ser difícil de olvidar. Y eso que el día no ayudaba, las nubes cubrían casi la totalidad de las montañas que rodean este lago. O, quizá, el día nublado le prestaba su apariencia nostálgica, como de ensueño. Sea como fuere, la imagen era preciosa.
Las aguas serenas del lago alpino Rotoiti reflejan la silueta oscura de las empinadas montañas, ya los Alpes del Sur, fruto de una tenue claridad que al fondo de toda la estampa quiere hacerse notar. El pequeño embarcadero de madera adentrándose en el agua hasta le da un toque de romanticismo a la placentera vista.
Ninguna actividad ni otras personas por allí.


El encanto se rompe cuando el mecánico avisa por teléfono de que vuelve al hotel. Dado que no ha pasado mucho tiempo, esto no puede significar nada bueno.
Y, efectivamente, ninguna buena noticia nos traía. La rueda no se podía arreglar.
Hubo que instalar la rueda de repuesto del otro vehículo.
Después de haber perdido más de media mañana tuvimos que ponernos en marcha, un largo camino hasta Greymouth, nuestro siguiente destino y lugar dónde el mecánico nos indicó que encontraríamos algunas tiendas de neumáticos. Los dos coches circulando por estas carreteras no tan buenas y sin rueda de repuesto ninguno de ellos.
Intentamos abstraernos del problema y procurar disfrutar de lo que el trayecto nos ofrecía. No es mucho lo que hemos podido visitar de este parque de Nelson Lakes que tanto parecía prometer.
La siguiente parada en nuestro itinerario era la Garganta del río Buller.
Abandonamos Saint Arnaud por la carretera 63 que se incorpora luego a la SH6. En un gran trayecto la SH6 va bordeando el río Buller.
El río Buller nace en el Lago Rotoiti y es uno de los más largos de la isla. Después de 170 km. desemboca en el mar de Tasmania en la población de Westport.
Después de 15 km. de haber pasado Murchinson nos encontramos con las instalaciones de Buller Gorge Swing Bridge. En la parte alta de Buller Gorge una empresa ofrece varias actividades. Una de las atracciones que ofrecen es la de “jetboat”. El recorrido dura unos 40 minutos y tiene un precio inferior a los ofrecidos en Queenstwon. Pero esta actividad en ese día no estaba operativa debido a las fuertes lluvias de la noche anterior. De hecho el río Buller discurría con muchísima agua y estaban bien bravas sus aguas teñidas de color marrón por toda la tierra arrastrada por los drenajes que vierten al río.


Para el resto de actividades hay que cruzar un puente colgante. Y aunque no optamos por ninguna actividad si que decidimos cruzar el puente, previo pago de $10, y echar un vistazo al otro lado.
Es el puente colgante más largo de Nueva Zelanda, 110 metros. El puente es estrecho y con el suelo de rejilla. Como a unos 17 m. por debajo se ve el gran caudal del río Buller y bien bravo que iba, para que te impresione más todavía. Las vibraciones por el viento y el circular de otras personas te hacen pensar en dónde te habrás metido y dan ganas de volverse. Pero sólo hay que andar derecho, la vista al frente y no echar ni una miradita hacia el curso del río. Desde luego no es apto para gente temerosa de las alturas.
Una vez atravesado el puente te encuentras con el “Cometline”, una tirolina de 160 metros que discurre paralela al puente colgante y por encima del río. Es otra de las atracciones que ofrecen y que algunos utilizan para regresar.


El puente colgante conecta ambas orillas del río y en la que desembocamos en realidad es como una península llamada White’s Creek que fue el epicentro del terremoto de Murchinson en 1929.
También hay algunos senderos no muy largos, que se pueden conectar entre sí, y una zona con vistas al puente y al propio río.
Uno de estos senderos de corto recorrido que se pueden hacer, es el Loop Walk de unos 15 o 20 minutos de duración. Va entre abundante vegetación típica de Nueva Zelanda y rodea las fallas del mencionado terremoto. El río Buller es bastante propenso a desbordarse. Por el camino vemos algunas marcas que indican desbordamientos ocurridos 1998 y 2010, como más recientes.

Si este sendero lo conectas con el Forest Gold Walk llegas hasta la base de un ejemplar de kahikatea gigante. En un cartel indica que puede tener 300 años y que para tener la categoría de gigante tiene que tener al menos 200 años de vida. Uniendo ambos senderos puede ser un recorrido de una media hora o poco más. El ejemplar de kahikatea no es que se vea tan gigante.
En el mismo sendero también se puede conectar con el Bushline Walk y este, a su vez, tiene una desviación que llega a las cascadas Ariki. Pero nos conformamos con este recorrido ya que está todo con mucho barro y la vegetación está toda mojada.
Siguiendo por la misma carretera 6 llegamos hasta Inangahua Junction, la única población que encontramos. Es una población muy pequeña y se llama así porque allí se unen el río Inagahua y el río Buller. Encontramos algo que parecía un bar y resultó ser un General Store (pequeñito) con zona de mesas para comer. Ellos preparaban algunas ensaladas, hamburguesas y algunos pasteles salados caseros. Todo muy limitado y en plan casual, pero resultó estar bueno y a unos precios inferiores a la media habitual que nos estamos encontrando en NZ. Situado enfrente del museo del terremoto que no parece que tenga mucha clientela.
En esta población hubo un fuerte terremoto en 1968 con graves daños materiales y humanos y que también afectó a las zonas cercanas.

Al pasar esta población la carretera se bifurca. A Greymouth se puede llegar en menor recorrido escogiendo la 69 dirección Reefton, pero seguimos por la que llevamos rato circulando, la SH6 dirección Westport. Aunque a Westport no llegaremos ya que nuestra intención es desviarnos antes de esta localidad y alcanzar Punakaiki.
Cuando se pasa la población de Charleston, aunque seguimos en la misma carretera, parece que ya nos hemos incorporado “oficialmente” a la West Coast de la isla Sur de NZ.
El recorrido desde Charleston a Punakaiki se supone está “lleno de rincones preciosos con matorrales y bosque verde a un lado de la carretera y al otro el litoral marítimo lleno de bahías atormentadas y erosionadas por la furia del mar”. Pero a mí no me impresionó especialmente este recorrido. Creo que hay lugares que corresponden con esta descripción y que nos encontramos más adelante. Quizá es que yo tenía las expectativas demasiado altas. Y la carretera será nacional pero está llena de curvas, subidas y bajadas y en tramos bastante estrecha.
La cosa cambia bastante cuando estamos llegando a Punakaiki. Una hermosa playa de arena gris bañada por un mar de Tasmania no demasiado bravo, para lo que suele estar, y algunos peñones rocosos en un extremo de la bahía. Esta playa está al lado de las formaciones rocosas conocidas como Pancake Rocks y puede ser vista desde el mirador con un nombre tan extraño como Irimahuwhero lookout point.



Atrás nos habíamos dejado el corto recorrido de Truman Track Walk del que tan bien hablan los que lo han hecho. Lo dejamos para después y ya no lo pudimos hacer.
Hay un centro de visitantes muy bien montado que incluso tiene wifi gratis y por ello la plazoleta que hay delante del mismo se encuentra atestada de gente con el móvil en la mano. Nosotros igualmente aprovechamos la ocasión para actualizar la comunicación con nuestra gente.
Las “Pancake Rocks” es una importante atracción turística. Y cuando lo visitas entiendes el porqué. Es una auténtica obra de arte de la naturaleza y con una antigüedad de unos 30 millones de años. Una serie de acantilados y quebradas verticales que presentan infinidad de cortes horizontales dando la apariencia de enormes pilas de tortitas o panqueques. Todo ello fruto de la erosión que actúa desigualmente sobre las rocas más blandas frente a las más duras.



Se encuentran cerca de la población, en un lugar que llaman Dolomite Point. Están dotados de un camino y pasarelas, algunos tramos tallados en la propia roca, de fácil acceso y buenos para caminar. Tendrá un recorrido de un kilómetro y en teoría en 15 o 20 minutos lo haces fácilmente, pero se tarda bastante más, al menos nosotros nos demoramos más de una hora, porque hay muchas paradas para hacer fotos, contemplar como hipnotizados el ir y venir de las olas contra las rocas…
Y eso que no teníamos ni la marea alta ni tampoco había mala mar. Mala suerte, no siempre se puede organizar el itinerario para coincidir con las mareas adecuadas. La última pleamar había sido pasada la una de la tarde.
Con marea alta y fuerte oleaje se pueden ver salir del interior de algunos acantilados, que tienen conductos de aire conectados, chorros de agua y aire comprimido dando la apariencia de un géiser.



Aunque no se vean estos fenómenos del agua, este lugar merece la pena visitarlo. Por su rareza geológica y porque la erosión ha dado formas curiosas y atractivas a las rocas.



Pasados los Pancakes Rocks hay que hacer otra parada para ver la preciosa bahía y el paisaje fascinante del mar con su colorido y los pináculos de roca.



La mayor parte del recorrido costero hasta Greymouth es espectacular y logró borrar la primera, no muy buena, impresión de los paisajes de la Costa Oeste de la isla Sur de Nueva Zelanda. La carretera está flanqueada por olas blancas y bahías rocosas y por la tupida y encrespada sierra de Paparoa.
Otra parada interesante para comprobar lo mencionado es unos 14 km. antes de llegar a Greymouth. Allí además hay un memorial levantado por las víctimas de una explosión en la mina de carbón más importante de Nueva Zelanda, la Strongman Mine, en enero de 1967. Precisamente un mes antes había sido el 50 aniversario del desastre.



En Greymouth tenemos el alojamiento de hoy, dos kilómetros antes de llegar a la ciudad. Aunque nos lo pasamos y llegamos a entrar en la población pasando el puente sobre el río Grey. Que, haciendo honor a su nombre, me dio precisamente esa impresión, ciudad gris, río gris.
En Apostles View Motel tenemos reservados dos apartamentos de dos dormitorios que estaban estupendamente y de los que, como viene siendo habitual, apenas si pudimos disfrutar. Llegamos casi al anochecer. Estaban esperándonos en recepción la cual cerró nada más entregarnos las llaves. En todos los alojamientos había indicado como hora de llegada aproximada las 8 de la tarde, para que no tuviéramos problema si nos demorábamos en el camino. Cuando en alguna ocasión íbamos a llegar después de esta hora les avisábamos por teléfono para no llegar y encontrarnos la recepción cerrada.
Esta noche además iba a ser movidita, teníamos que intentar solucionar el problema de las ruedas hablando con el buscador Rentalcars, que era con quien habíamos contratado el alquiler del coche y la cobertura extra que cubría este apartado en concreto. Fueron muy amables pero finalmente poco pudieron hacer dada la diferencia horaria de 12 horas entre España y Nueva Zelanda. En España era de día pero en Nueva Zelanda estaba todo el mundo durmiendo.