Son las 5 y media y estamos con una bolsa de picnic que nos han dejado preparado en el hotel, y un expreso en la mano, que nos ha hecho el vigilante nocturno, esperando a que nos recojan a las 6 de la mañana, para hacer la primera excursión del viaje de 1 día de duración, contratada en Viator, con destino al KSAR GHILANE al inicio del Sahara, y paradas en Toujane, Matmata y Tamezret. Salgo fuera a fumar un cigarro, y viendo el cielo harto de estrellas, pienso que le causaría un síncope a cualquier astrónom@.
A las 6 o’clock, un todoterreno para en la puerta y Nader el guía nos saluda, y tras un breve charla en inglés nos informa que seremos 4 en total, nosotros dos y una pareja de franceses, a los que hay que ir a recoger a la “zona turística”. Media hora más tarde, entramos en la calzada romana de 7 kms que conecta la isla con el continente, acompañados siempre por la tubería que abastece de agua a Djerba.
EL TOUR
Nada más pisar el continente, el guía y el conductor paran en una cafetería a tomar un café y sorpresivamente desplegan un mapa de la zona encima de la mesa, comunicándonos una variante del tour que habíamos contratado, y ofreciéndonos una ruta alternativa por Chenini y Tataouine, lugares para los que ya teniamos un tour contratado dos días después. Cuando pregunta a los franceses, que les habían pagado el tour directamente a ellos en la puerta de su hotel, y responden que Chenini y Tataouine, nos damos cuenta de que tratan de calzar dos rutas con un montón más de kilómetros en un tour de 1 día. Informamos que ya tenemos una excursión dos días después para ver exclusivamente Chenini y Tataouine, y nos ceñimos a las visitas reflejadas en nuestro tour. A pesar de ello, ya en ruta y sin posibilidad de renuncia, acabamos concediendo el paso por Chenini y Tataouine, si se cumplen todas nuestras visitas.
Unos 100 kms de carreteras después, observando continuamente a izquierda y derecha puestos de familias de la zona vendiendo bidones de plástico de gasolina libia, sobre los que las autoridades tunecinas hacen la vista gorda, entramos en la tierra de
LOS KSARS
Visita obligada del áspero, ocre, pedregoso y desértico “Gran Sur”. Los Ksar son ciudades de adobe fortificadas, normalmente construídas en las cimas de las montañas por cuestiones defensivas, aunque también las hay de llanura, que contenían básicamente las viviendas de la gente del pueblo más edificaciones comunitarias como granero, mezquita, baños, horno y tiendas, y a las que generalmente tan solo se podía acceder por una puerta de entrada. Construídos en origen por bereberes que huyeron hacia las montañas desde las llanuras al ser invadidas por los árabes, o por seminómadas con el fin de guardar sus pertenencias y enseres durante la trashumancia, se abandonaron al perder su razón de ser al convertirse al sedentarismo.
Las edificaciones más atrayentes de los Ksars de montaña son los graneros formados por varios pisos de cuevas abovedadas con sencillas y empinadas escaleras interiores o exteriores de acceso, que constan de nichos apilados que constituyen una estructura llamada “gorfa”, cuya unión vendría a constituir en conjunto el granero, y por extensión los Ksars, si se le suman las casas cueva situadas alrededor.
Las 200 estancias de almacenamiento, o sea gorfas, que tenían de promedio los Ksars, se ubicaban en un patio al que se accedía por un pasillo que partía de la única puerta de entrada del Ksar, aunque algunos más grandes, como el famoso Ksar Ouled Soltane, que disponían de un segundo patio, llegaban hasta las 400. Abovedadas y con unas dimensiones de unos 5 metros de profundidad por 2 metros de alto y 2 de ancho, construídas en piedra y yeso y revocadas de barro, mantenían un interior seco y fresco que permitía almacenar comida para los periodos de sequía. Los cereales se almacenaban en la parte inferior separados por muretes, y en estantes o colgadas en “perchas” de madera de olivo en las paredes, y ventiladas por agujeros, quesos, olivas, etcétera. Las estancias no se comunicaban, excepto que fueran propiedad de un mismo propietario y, en ocasiones, disponían de algún compartimento o espacio secreto, para guardar objetos de valor o bienes más preciados.
Las “gorfas”, en castellano algorfas, cuya definición académica es “Cámara alta, para recoger y conservar granos”, servían de despensa y en ocasiones de dormitorio, y a pesar de la propia protección de los Ksar con su natural camuflaje, -mismo relieve y tono que la montaña-, altura, y difícil accesibilidad, eran vigiladas por guardias contratados por la comunidad cuando los vecinos debían pasar días fuera para comerciar, pastorear, etcétera. En los Ksar, en plural Ksour, también se socializaba y se comerciaba, especialmente durante los mercados semanales, e incluso se adecuaban para realizar celebraciones y festejos.
Primera parada: foto de TOUJANE
Pasamos Toujane, y en una curva elevada de la carretera, el conductor aparca para que echemos un cigarro, un vistazo y unas fotos al pintoresco pueblo bereber, colgado en las ladera de una montaña sobre el wadi, el valle. Con la mitad del pueblo en ruinas, la villa todavía se mimetiza más con la ladera de la montaña sobre la que se asienta, que domina una garganta de palmeras datileras. No volvemos atrás para entrar a este pueblo que parece olvidado del mundo, aunque hubiera estado bien una visita para recorrer sus calles y ver las alfombras bereberes artesanas que tejen las aldeanas, que le dan un poco de fama a este bonito y semifantasmal pueblo.
Segunda parada: el hotel de La Guerra de las Galaxias de MATMATA
En el vale de nuestro tour constaba incluida la entrada para visitar una vivienda troglodita de Matmata, sea o no turística o auténtica, y la entrada para visitar el Hotel Sidi Idriss, en origen vivienda subterránea bereber, que fue transformada posteriormente en el hotel en el que George Lucas rodó escenas de la primera película de La Guerra de las Galaxias, convirtiendo alguna de sus estancias en la casa cueva de la familia del niño Luke Skywalker del planeta Tatooine, un polvoriento planeta perdido de la galaxia, cobijo de traficantes, mercenarios, chatarreros, maleantes galácticos y solitarios, cuyo nombre está extraído del cercano pueblo de Tataouine. También, algunas costumbres, prendas, arquitectura y paisajes de la zona, le sirvieron de inspiración a Lucas para el rodaje de la mítica película, como por ejemplo la simbólica capa marrón con capucha de los caballeros Jedi, similar a la de los campesinos de la zona.
Al finalizar el rodaje, los decorados se retiraron, pero se volvieron a reconstruir para las secuelas de “El ataque de los clones” del 2010. Desde entonces, el hotel se aprovecha de ellos, explotando de manera algo patética aunque comprensible, la idolatría a la saga, con algunos decorados, fotografías de los actores en las paredes, o atrezzo y vestuario de la película para hacerse alguna foto vestido de Darth Vader, o sentado en la mesa donde comía Luke Skywalker. Aunque no tengo ni idea de lo que hay de decorado y de vivienda original bereber, la visita al cráter bajo el suelo es simpáticamente agradable y el coso subterráneo bereber es interesante de ver.
Las viviendas subterráneas de Matmata, paradigma de este tipo de construcciones, curiosamente no fueron objeto de atención para el resto del mundo, hasta casi su práctica desaparición en 1967, por el excepcional diluvio de casi un mes en el desierto del Sahara, que inundó Matmata y casi todos los conjuntos de casas excavadas bajo el suelo, concebidas así con el fin de pasar desapercibidas para los enemigos, ya que con el soterramiento se conseguía que estos pasaran de largo, al ser invisibles a distancia.
Funcionalmente, las viviendas subterráneas permanecían protegidas del viento, los rayos solares y las tormentas de arena del desierto, además de que por la propia estructura enterrada, el espacio quedaba aislado térmicamente manteniendo una temperatura y humedad constantes a lo largo de todo el año. Un pozo en el patio central recogía la lluvia para abastecerlos de agua.
Otro importante porqué de estas viviendas, sería la facilidad de construcción en comparación con la edificación vertical, ya que el terreno calizo, blando y seco de la zona, era fácilmente trabajable, y tan solo había que vaciar un pozo circular o cuadrado a suficiente profundidad, al que una vez acabado, solo había que excavarle las habitaciones.
Cada una de estos cráteres vivienda trogloditas podía dar cobijo a unas 100 personas, que además de utilizar el patio como espacio comunitario lo podían hacer servir como zona de almacenamiento. Los patios centrales del cráter variaban lógicamente de tamaño en función de los habitantes o uso, siendo excavados a diámetros de entre 9 y 40 metros a profundidades de entre 6 y 12 metros, suficientes para disponer de habitaciones y estancias de una altura de unos 2 metros y medio. De los patios, salía el túnel en rampa que llegaba hasta arriba, por el que entraban y salían haciendo rodar una gran piedra que taponaba la entrada.
Aunque la mayor parte de la población abandonó estas viviendas tras las inundaciones, para construirse casas en la “Nueva Matmata”, estos cráteres convierten la zona en una auténtica superficie lunar. Actualmente, las únicas familias que quedan en las viviendas troglodíticas viven de los ingresos que proporciona el turismo, lo que obviamente hace que la mayoría de las pocas cuevas visitables que quedan, estén “preparadas” para recibir al turista.
Al acabar la visita al hotel Star Wars, el chófer arranca y sale disparado de Matmata, pasando de la visita a una vivienda cueva incluida en nuestro tour, mientras Nader el guía nos señala con la mano el rugoso relieve que vamos dejando atrás, hablándonos de las catastróficas e inusitadas inundaciones de finales de los 60. A 12 kms por la carretera, pese a tener también una visita incluida al Museo Bereber de Tamezret, el vehículo pasa de largo, y se detiene medio kilómetro más allá del pueblo en una cafetería de la carretera llamada Portail Sahara, para hacer la
Tercera parada: foto de TAMEZRET
Mientras tomamos un té con almendras, me subo a la azotea de la cafetería para poder al menos ver Tamezret, uno de los pocos pueblos de Túnez donde todavía se habla bereber. Desde la terraza, se tiene una buena vista de la villa enfundando la colina, un laberinto de casas del color de la tierra recorridas por callejuelas sinuosas casi invisibles, que ascienden hasta la mezquita en la cima.
Tamezret, menos turístico que Matmata, también es un queso gruyere, agujereado con antiguos túneles y pasadizos secretos horaradados por los bereberes para escapar o esconderse de los ataques de otras tribus, y con viviendas trogloditas excavadas en la montaña, como el visitable Museo Bereber que no pudimos ver por las prisas para calzar los kilómetros extras de la inesperada e interesada nueva ruta en el tour.
Diez minutos después, volvemos a meternos en el cohete para recorrer los desérticos 95 kms de distancia hasta el punto de destino del tour, donde haremos la comida del día
Cuarta parada: el turistoasis de Ksar Ghilane
El oasis más al sur de Túnez, llegando por la carretera que baja desde Douz al norte, es el portal del Sahara tunecino. Aunque el testimonio más antiguo del lugar son las cercanas ruinas romanas de la antigua Tisavar, quizás parte de las limas tripolitanas, o sea los límites fortificados del Imperio Romano de África, la historia del Ksar Ghilane actual empieza con la llegada a principios del siglo XIX del nómada bereber que da nombre al sitio, atraído por la fuente al borde de las arenas del desierto. Encantado, Monsieur Ghilane se construyó un chalet fortificado con vistas a las dunas, el Ksar, donde vivió hasta su muerte. Abandonado y en ruinas durante años tras la desaparición del patriarca, el fuerte fue recuperado por los franceses en los tiempos del protectorado para convertirlo en su cuartel militar más avanzado.
Tras verse inmerso en la batalla de Túnez durante la segunda guerra mundial, tal como testimonia un obelisco y una placa que conmemoran la victoria en 1943 del ejército francés sobre las tropas del África Korps del Mariscal Rommel, en los años 50 fue ofrecido a los nómadas que quisieron establecerse en el lugar, y como parte de un proyecto de desarrollo del gobierno tunecino, se plantaron los palmerales datileros.
En la actualidad en Ksar Ghilane viven unas cincuenta familias de nómadas que se ganan la vida con los dátiles, los rebaños de cabras y ovejas, y principalmente, con el turismo, tal como demuestran las cafeterías, restaurantes, campings, resorts, campamentos, ranchos, y el hotel de lujo con tiendas con aire acondicionado, erigidos alrededor del estanque piscina de aguas termales que le da vida al pueblo y a los palmerales. A las puertas de los establecimientos, hileras de quads y camellos esperan su turno para saciar las ansias de aventura de los visitantes sobre las dunas, que se extienden desde el oasis, machacando a cualquiera de los muchos escarabajos del desierto que dejan sus huellas en la arena.
Descartando quads y camellos, gastamos una hora en pisar la arena del Sahara y en aprovechar que es la temporada del dátil para recorrer los palmerales, en los que palmereros y recolectores se afanan en recoger los racimos de frutos dorados de las palmeras. Dedicamos otra hora a la comida en uno de los restaurantes del estanque, con una buena tajine, un brik de espinacas y huevo duro, y unas cervezas; y retomamos la doble ruta del día.
La conclusión de la visita es que si no eres mayorista de dátiles, tienes intención de pegarte un paseo por la arena del desierto en camello o quad, o pasar una noche disfrutando del sublime cielo del Sahara al calor de una hoguera, a uno no se le ha perdido nada en Ksar Ghilane.
Por la pista de 70 kms de tierra y baches que enlaza el oasis con Chenini, llegamos cocteleados al bar restaurante Mabrouk en la carretera, para hacer la
Quinta parada: foto de Chenini
a los pies de la montaña de la ciudad antigua. Aprovechamos el cuarto de hora de la parada para utilizar los servicios del local, hacer un par de contrapicados de la fantástica antigua fortaleza troglodítica de Chenini con su mezquita blanca en la cumbre, y gastar unos minutos fumando un cigarro y observando como un mecánico local hurga bajo el capó de un todoterreno con pegatinas españolas y matrícula de Murcia. Al acabar el hombre le dice algo en árabe a otro, y este se lo traduce al español al conductor del vehículo: “es necesario pedir una pieza y hay que esperar”. Le deseo suerte, y arrancamos de nuevo rumbo a la próxima parada, a 20 kms de allí.
Sexta parada: un granero de Tataouine
capital de la región de mismo nombre del sur de Túnez, cuya semilla se encuentra en la instalación por el ejército francés en 1892 del cuartel general del Batallón de Infantería Ligera de África. La construcción seis años después de una mezquita, devino inmediatamente en la progresiva aparición de viviendas a su alrededor.
La presencia de viviendas trogloditas subterráneas y ksours típicos de los bereberes de la zona; la fama que le proporcionó George Lucas al otorgarle el nombre de Tatooine al planeta de Luke Skywalker en La Guerra de las Galaxias; la caída en el pueblo en 1931 de un extraño meteorito que dejó 12 kilos de fragmentos; el hallazgo de un campo petrolífero en las inmediaciones del pueblo; y el colorido Festival de los Ksour que celebran los bereberes anualmente en primavera, con carreras y luchas de camellos, danzas y música folklórica, etcétera, son algunos de los acontecimientos que han puesto o ponen a Tataouine en el mapa.
En el platillo negativo de la balanza, la información lanzada por la cadena de televisión norteamericana CNN, de la que se hizo eco la prensa mundial, a raíz del atentado en el museo del Bardo de la capital tunecina en marzo del 2015 que costó la vida a 22 turistas, entre ellos 2 españoles, en la que informaban que el ISIS usaba Tataouine como campamento base para los combatientes que iban y venían de los campos de entrenamiento de Libia, 90 kilómetros al este, y que se habían encontrado en la zona grandes depósitos de armamento y municiones. A pesar de que el gobierno tunecino tachó tajantemente estas informaciones de falsas y sin fundamento, un segundo atentado en el mes de julio en la playa de Sousa que dejó 38 muertos, y un tercero suicida en noviembre del mismo año en un autobús de la capital que costó 13 víctimas más, provocaron el desplome del turismo en el país y el cierre de multitud de hoteles, o que JJ Abrahams director de la séptima entrega de la saga de Star Wars, “El despertar de la fuerza”, cambiara las localizaciones de rodaje habituales en el sur de Túnez, por otras en Irlanda, Reino Unido y Abu Dhabi.
Entramos en el núcleo urbano de Tataouine, y tras coger una calle que asciende hacia la parte alta en el norte del pueblo, llegamos a la entrada de un granero abandonado entre las últimas casas de la población, parte del Ksar Mguebla. A pesar del abandono, el granero todavía mantiene su bonita estructura de pisos de gorfas, las estancias abovedadas de almacenaje con las escaleras de piedra para acceder a las de los pisos superiores.
Es nuestra primera visita a uno de estos graneros, y a pesar de encontrarse olvidado y abandonado en medio del pueblo, el lugar nos parece espectacular. El paseo circular por entre los silos oscuros de pocos metros de longitud; las escaleras de subida a los pisos, algunas de ellas rematadas con alas de piedra; el tono dorado de las ruinas a esa hora de la tarde; el silencio del lugar; y la recreación mental de un día de actividad en su época de apogeo, nos hacen irnos del granero del Ksar Mguebla, con la sensación de que ha merecido la pena visitarlo.
Una hora y 77 kilómetros después, ya con la luz anaranjada de la puesta del sol, hacemos la última y breve parada de la ruta,
Séptima parada: foto del lago salado de Sebkhet el Melah
cerca de la población de Zarzis, camino de vuelta a Djerba. Sebkhet el Melah es un pequeño lago salado de 150 kms cuadrados que se encuentra por debajo del nivel del mar. Las sebkhas o sebkhets son típicos de las zonas áridas norteafricanas, donde el agua salina queda atrapada en una depresión y se seca durante el verano. En ocasiones, el agua del mar se infiltra en la cuenca costera, transportando minerales disueltos que luego posan cuando el agua se evapora. Por eso, la gente de la zona ha perforado numerosos pozos a lo largo de los años, con el fin de conseguir especialmente potasa, utilizada para hacer jabón, fertilizantes e incluso vidrio.
Justo en una entrada, donde se encuentra un chamizo que servía de puesto de venta de sal en bruto, en el punto estrecho donde la carretera cruza entre el lago y una extensión del mismo en forma de brazo, paramos unos minutos a hacer una fotos y fumar un cigarro. Las orillas repletas de sal, relucen todavía blancas con el último rayo del sol que desaparece en el horizonte, y al otro lado de la carretera, pegados a la choza, unos neumáticos tirados guardan en su interior los restos de unas cuantas bolsitas llenas de sal.
Reemprendemos la marcha para hacer los 50 y pico kilómetros hasta el puente de Al Kántara de entrada a Djerba, y pasado el puente, dejamos a los franceses en su zona turística, y nos dejan a nosotros en nuestro pueblo de Erriadh. La primera excursión se ha acabado, y el resultado de comprimir dos rutas diferentes contratadas por dos clientes diferentes, para aprovechar el día, ha sido un agotador tour rodante de 600 kilómetros en 12 horas, en los que hemos visto lugares de 2 tours distintos, algunos a la distancia justa para hacer una foto.
Cierro el día, porque además he pillado un buen resfriado, me duele la garganta, y no paro de sonarme y de toser.
A las 6 o’clock, un todoterreno para en la puerta y Nader el guía nos saluda, y tras un breve charla en inglés nos informa que seremos 4 en total, nosotros dos y una pareja de franceses, a los que hay que ir a recoger a la “zona turística”. Media hora más tarde, entramos en la calzada romana de 7 kms que conecta la isla con el continente, acompañados siempre por la tubería que abastece de agua a Djerba.

EL TOUR
Nada más pisar el continente, el guía y el conductor paran en una cafetería a tomar un café y sorpresivamente desplegan un mapa de la zona encima de la mesa, comunicándonos una variante del tour que habíamos contratado, y ofreciéndonos una ruta alternativa por Chenini y Tataouine, lugares para los que ya teniamos un tour contratado dos días después. Cuando pregunta a los franceses, que les habían pagado el tour directamente a ellos en la puerta de su hotel, y responden que Chenini y Tataouine, nos damos cuenta de que tratan de calzar dos rutas con un montón más de kilómetros en un tour de 1 día. Informamos que ya tenemos una excursión dos días después para ver exclusivamente Chenini y Tataouine, y nos ceñimos a las visitas reflejadas en nuestro tour. A pesar de ello, ya en ruta y sin posibilidad de renuncia, acabamos concediendo el paso por Chenini y Tataouine, si se cumplen todas nuestras visitas.
Unos 100 kms de carreteras después, observando continuamente a izquierda y derecha puestos de familias de la zona vendiendo bidones de plástico de gasolina libia, sobre los que las autoridades tunecinas hacen la vista gorda, entramos en la tierra de

LOS KSARS
Visita obligada del áspero, ocre, pedregoso y desértico “Gran Sur”. Los Ksar son ciudades de adobe fortificadas, normalmente construídas en las cimas de las montañas por cuestiones defensivas, aunque también las hay de llanura, que contenían básicamente las viviendas de la gente del pueblo más edificaciones comunitarias como granero, mezquita, baños, horno y tiendas, y a las que generalmente tan solo se podía acceder por una puerta de entrada. Construídos en origen por bereberes que huyeron hacia las montañas desde las llanuras al ser invadidas por los árabes, o por seminómadas con el fin de guardar sus pertenencias y enseres durante la trashumancia, se abandonaron al perder su razón de ser al convertirse al sedentarismo.

Las edificaciones más atrayentes de los Ksars de montaña son los graneros formados por varios pisos de cuevas abovedadas con sencillas y empinadas escaleras interiores o exteriores de acceso, que constan de nichos apilados que constituyen una estructura llamada “gorfa”, cuya unión vendría a constituir en conjunto el granero, y por extensión los Ksars, si se le suman las casas cueva situadas alrededor.
Las 200 estancias de almacenamiento, o sea gorfas, que tenían de promedio los Ksars, se ubicaban en un patio al que se accedía por un pasillo que partía de la única puerta de entrada del Ksar, aunque algunos más grandes, como el famoso Ksar Ouled Soltane, que disponían de un segundo patio, llegaban hasta las 400. Abovedadas y con unas dimensiones de unos 5 metros de profundidad por 2 metros de alto y 2 de ancho, construídas en piedra y yeso y revocadas de barro, mantenían un interior seco y fresco que permitía almacenar comida para los periodos de sequía. Los cereales se almacenaban en la parte inferior separados por muretes, y en estantes o colgadas en “perchas” de madera de olivo en las paredes, y ventiladas por agujeros, quesos, olivas, etcétera. Las estancias no se comunicaban, excepto que fueran propiedad de un mismo propietario y, en ocasiones, disponían de algún compartimento o espacio secreto, para guardar objetos de valor o bienes más preciados.

Las “gorfas”, en castellano algorfas, cuya definición académica es “Cámara alta, para recoger y conservar granos”, servían de despensa y en ocasiones de dormitorio, y a pesar de la propia protección de los Ksar con su natural camuflaje, -mismo relieve y tono que la montaña-, altura, y difícil accesibilidad, eran vigiladas por guardias contratados por la comunidad cuando los vecinos debían pasar días fuera para comerciar, pastorear, etcétera. En los Ksar, en plural Ksour, también se socializaba y se comerciaba, especialmente durante los mercados semanales, e incluso se adecuaban para realizar celebraciones y festejos.

Primera parada: foto de TOUJANE
Pasamos Toujane, y en una curva elevada de la carretera, el conductor aparca para que echemos un cigarro, un vistazo y unas fotos al pintoresco pueblo bereber, colgado en las ladera de una montaña sobre el wadi, el valle. Con la mitad del pueblo en ruinas, la villa todavía se mimetiza más con la ladera de la montaña sobre la que se asienta, que domina una garganta de palmeras datileras. No volvemos atrás para entrar a este pueblo que parece olvidado del mundo, aunque hubiera estado bien una visita para recorrer sus calles y ver las alfombras bereberes artesanas que tejen las aldeanas, que le dan un poco de fama a este bonito y semifantasmal pueblo.

Segunda parada: el hotel de La Guerra de las Galaxias de MATMATA
En el vale de nuestro tour constaba incluida la entrada para visitar una vivienda troglodita de Matmata, sea o no turística o auténtica, y la entrada para visitar el Hotel Sidi Idriss, en origen vivienda subterránea bereber, que fue transformada posteriormente en el hotel en el que George Lucas rodó escenas de la primera película de La Guerra de las Galaxias, convirtiendo alguna de sus estancias en la casa cueva de la familia del niño Luke Skywalker del planeta Tatooine, un polvoriento planeta perdido de la galaxia, cobijo de traficantes, mercenarios, chatarreros, maleantes galácticos y solitarios, cuyo nombre está extraído del cercano pueblo de Tataouine. También, algunas costumbres, prendas, arquitectura y paisajes de la zona, le sirvieron de inspiración a Lucas para el rodaje de la mítica película, como por ejemplo la simbólica capa marrón con capucha de los caballeros Jedi, similar a la de los campesinos de la zona.

Al finalizar el rodaje, los decorados se retiraron, pero se volvieron a reconstruir para las secuelas de “El ataque de los clones” del 2010. Desde entonces, el hotel se aprovecha de ellos, explotando de manera algo patética aunque comprensible, la idolatría a la saga, con algunos decorados, fotografías de los actores en las paredes, o atrezzo y vestuario de la película para hacerse alguna foto vestido de Darth Vader, o sentado en la mesa donde comía Luke Skywalker. Aunque no tengo ni idea de lo que hay de decorado y de vivienda original bereber, la visita al cráter bajo el suelo es simpáticamente agradable y el coso subterráneo bereber es interesante de ver.

Las viviendas subterráneas de Matmata, paradigma de este tipo de construcciones, curiosamente no fueron objeto de atención para el resto del mundo, hasta casi su práctica desaparición en 1967, por el excepcional diluvio de casi un mes en el desierto del Sahara, que inundó Matmata y casi todos los conjuntos de casas excavadas bajo el suelo, concebidas así con el fin de pasar desapercibidas para los enemigos, ya que con el soterramiento se conseguía que estos pasaran de largo, al ser invisibles a distancia.
Funcionalmente, las viviendas subterráneas permanecían protegidas del viento, los rayos solares y las tormentas de arena del desierto, además de que por la propia estructura enterrada, el espacio quedaba aislado térmicamente manteniendo una temperatura y humedad constantes a lo largo de todo el año. Un pozo en el patio central recogía la lluvia para abastecerlos de agua.

Otro importante porqué de estas viviendas, sería la facilidad de construcción en comparación con la edificación vertical, ya que el terreno calizo, blando y seco de la zona, era fácilmente trabajable, y tan solo había que vaciar un pozo circular o cuadrado a suficiente profundidad, al que una vez acabado, solo había que excavarle las habitaciones.

Cada una de estos cráteres vivienda trogloditas podía dar cobijo a unas 100 personas, que además de utilizar el patio como espacio comunitario lo podían hacer servir como zona de almacenamiento. Los patios centrales del cráter variaban lógicamente de tamaño en función de los habitantes o uso, siendo excavados a diámetros de entre 9 y 40 metros a profundidades de entre 6 y 12 metros, suficientes para disponer de habitaciones y estancias de una altura de unos 2 metros y medio. De los patios, salía el túnel en rampa que llegaba hasta arriba, por el que entraban y salían haciendo rodar una gran piedra que taponaba la entrada.

Aunque la mayor parte de la población abandonó estas viviendas tras las inundaciones, para construirse casas en la “Nueva Matmata”, estos cráteres convierten la zona en una auténtica superficie lunar. Actualmente, las únicas familias que quedan en las viviendas troglodíticas viven de los ingresos que proporciona el turismo, lo que obviamente hace que la mayoría de las pocas cuevas visitables que quedan, estén “preparadas” para recibir al turista.

Al acabar la visita al hotel Star Wars, el chófer arranca y sale disparado de Matmata, pasando de la visita a una vivienda cueva incluida en nuestro tour, mientras Nader el guía nos señala con la mano el rugoso relieve que vamos dejando atrás, hablándonos de las catastróficas e inusitadas inundaciones de finales de los 60. A 12 kms por la carretera, pese a tener también una visita incluida al Museo Bereber de Tamezret, el vehículo pasa de largo, y se detiene medio kilómetro más allá del pueblo en una cafetería de la carretera llamada Portail Sahara, para hacer la

Tercera parada: foto de TAMEZRET
Mientras tomamos un té con almendras, me subo a la azotea de la cafetería para poder al menos ver Tamezret, uno de los pocos pueblos de Túnez donde todavía se habla bereber. Desde la terraza, se tiene una buena vista de la villa enfundando la colina, un laberinto de casas del color de la tierra recorridas por callejuelas sinuosas casi invisibles, que ascienden hasta la mezquita en la cima.

Tamezret, menos turístico que Matmata, también es un queso gruyere, agujereado con antiguos túneles y pasadizos secretos horaradados por los bereberes para escapar o esconderse de los ataques de otras tribus, y con viviendas trogloditas excavadas en la montaña, como el visitable Museo Bereber que no pudimos ver por las prisas para calzar los kilómetros extras de la inesperada e interesada nueva ruta en el tour.

Diez minutos después, volvemos a meternos en el cohete para recorrer los desérticos 95 kms de distancia hasta el punto de destino del tour, donde haremos la comida del día

Cuarta parada: el turistoasis de Ksar Ghilane
El oasis más al sur de Túnez, llegando por la carretera que baja desde Douz al norte, es el portal del Sahara tunecino. Aunque el testimonio más antiguo del lugar son las cercanas ruinas romanas de la antigua Tisavar, quizás parte de las limas tripolitanas, o sea los límites fortificados del Imperio Romano de África, la historia del Ksar Ghilane actual empieza con la llegada a principios del siglo XIX del nómada bereber que da nombre al sitio, atraído por la fuente al borde de las arenas del desierto. Encantado, Monsieur Ghilane se construyó un chalet fortificado con vistas a las dunas, el Ksar, donde vivió hasta su muerte. Abandonado y en ruinas durante años tras la desaparición del patriarca, el fuerte fue recuperado por los franceses en los tiempos del protectorado para convertirlo en su cuartel militar más avanzado.

Tras verse inmerso en la batalla de Túnez durante la segunda guerra mundial, tal como testimonia un obelisco y una placa que conmemoran la victoria en 1943 del ejército francés sobre las tropas del África Korps del Mariscal Rommel, en los años 50 fue ofrecido a los nómadas que quisieron establecerse en el lugar, y como parte de un proyecto de desarrollo del gobierno tunecino, se plantaron los palmerales datileros.

En la actualidad en Ksar Ghilane viven unas cincuenta familias de nómadas que se ganan la vida con los dátiles, los rebaños de cabras y ovejas, y principalmente, con el turismo, tal como demuestran las cafeterías, restaurantes, campings, resorts, campamentos, ranchos, y el hotel de lujo con tiendas con aire acondicionado, erigidos alrededor del estanque piscina de aguas termales que le da vida al pueblo y a los palmerales. A las puertas de los establecimientos, hileras de quads y camellos esperan su turno para saciar las ansias de aventura de los visitantes sobre las dunas, que se extienden desde el oasis, machacando a cualquiera de los muchos escarabajos del desierto que dejan sus huellas en la arena.

Descartando quads y camellos, gastamos una hora en pisar la arena del Sahara y en aprovechar que es la temporada del dátil para recorrer los palmerales, en los que palmereros y recolectores se afanan en recoger los racimos de frutos dorados de las palmeras. Dedicamos otra hora a la comida en uno de los restaurantes del estanque, con una buena tajine, un brik de espinacas y huevo duro, y unas cervezas; y retomamos la doble ruta del día.

La conclusión de la visita es que si no eres mayorista de dátiles, tienes intención de pegarte un paseo por la arena del desierto en camello o quad, o pasar una noche disfrutando del sublime cielo del Sahara al calor de una hoguera, a uno no se le ha perdido nada en Ksar Ghilane.
Por la pista de 70 kms de tierra y baches que enlaza el oasis con Chenini, llegamos cocteleados al bar restaurante Mabrouk en la carretera, para hacer la

Quinta parada: foto de Chenini
a los pies de la montaña de la ciudad antigua. Aprovechamos el cuarto de hora de la parada para utilizar los servicios del local, hacer un par de contrapicados de la fantástica antigua fortaleza troglodítica de Chenini con su mezquita blanca en la cumbre, y gastar unos minutos fumando un cigarro y observando como un mecánico local hurga bajo el capó de un todoterreno con pegatinas españolas y matrícula de Murcia. Al acabar el hombre le dice algo en árabe a otro, y este se lo traduce al español al conductor del vehículo: “es necesario pedir una pieza y hay que esperar”. Le deseo suerte, y arrancamos de nuevo rumbo a la próxima parada, a 20 kms de allí.

Sexta parada: un granero de Tataouine
capital de la región de mismo nombre del sur de Túnez, cuya semilla se encuentra en la instalación por el ejército francés en 1892 del cuartel general del Batallón de Infantería Ligera de África. La construcción seis años después de una mezquita, devino inmediatamente en la progresiva aparición de viviendas a su alrededor.

La presencia de viviendas trogloditas subterráneas y ksours típicos de los bereberes de la zona; la fama que le proporcionó George Lucas al otorgarle el nombre de Tatooine al planeta de Luke Skywalker en La Guerra de las Galaxias; la caída en el pueblo en 1931 de un extraño meteorito que dejó 12 kilos de fragmentos; el hallazgo de un campo petrolífero en las inmediaciones del pueblo; y el colorido Festival de los Ksour que celebran los bereberes anualmente en primavera, con carreras y luchas de camellos, danzas y música folklórica, etcétera, son algunos de los acontecimientos que han puesto o ponen a Tataouine en el mapa.

En el platillo negativo de la balanza, la información lanzada por la cadena de televisión norteamericana CNN, de la que se hizo eco la prensa mundial, a raíz del atentado en el museo del Bardo de la capital tunecina en marzo del 2015 que costó la vida a 22 turistas, entre ellos 2 españoles, en la que informaban que el ISIS usaba Tataouine como campamento base para los combatientes que iban y venían de los campos de entrenamiento de Libia, 90 kilómetros al este, y que se habían encontrado en la zona grandes depósitos de armamento y municiones. A pesar de que el gobierno tunecino tachó tajantemente estas informaciones de falsas y sin fundamento, un segundo atentado en el mes de julio en la playa de Sousa que dejó 38 muertos, y un tercero suicida en noviembre del mismo año en un autobús de la capital que costó 13 víctimas más, provocaron el desplome del turismo en el país y el cierre de multitud de hoteles, o que JJ Abrahams director de la séptima entrega de la saga de Star Wars, “El despertar de la fuerza”, cambiara las localizaciones de rodaje habituales en el sur de Túnez, por otras en Irlanda, Reino Unido y Abu Dhabi.

Entramos en el núcleo urbano de Tataouine, y tras coger una calle que asciende hacia la parte alta en el norte del pueblo, llegamos a la entrada de un granero abandonado entre las últimas casas de la población, parte del Ksar Mguebla. A pesar del abandono, el granero todavía mantiene su bonita estructura de pisos de gorfas, las estancias abovedadas de almacenaje con las escaleras de piedra para acceder a las de los pisos superiores.

Es nuestra primera visita a uno de estos graneros, y a pesar de encontrarse olvidado y abandonado en medio del pueblo, el lugar nos parece espectacular. El paseo circular por entre los silos oscuros de pocos metros de longitud; las escaleras de subida a los pisos, algunas de ellas rematadas con alas de piedra; el tono dorado de las ruinas a esa hora de la tarde; el silencio del lugar; y la recreación mental de un día de actividad en su época de apogeo, nos hacen irnos del granero del Ksar Mguebla, con la sensación de que ha merecido la pena visitarlo.
Una hora y 77 kilómetros después, ya con la luz anaranjada de la puesta del sol, hacemos la última y breve parada de la ruta,

Séptima parada: foto del lago salado de Sebkhet el Melah
cerca de la población de Zarzis, camino de vuelta a Djerba. Sebkhet el Melah es un pequeño lago salado de 150 kms cuadrados que se encuentra por debajo del nivel del mar. Las sebkhas o sebkhets son típicos de las zonas áridas norteafricanas, donde el agua salina queda atrapada en una depresión y se seca durante el verano. En ocasiones, el agua del mar se infiltra en la cuenca costera, transportando minerales disueltos que luego posan cuando el agua se evapora. Por eso, la gente de la zona ha perforado numerosos pozos a lo largo de los años, con el fin de conseguir especialmente potasa, utilizada para hacer jabón, fertilizantes e incluso vidrio.

Justo en una entrada, donde se encuentra un chamizo que servía de puesto de venta de sal en bruto, en el punto estrecho donde la carretera cruza entre el lago y una extensión del mismo en forma de brazo, paramos unos minutos a hacer una fotos y fumar un cigarro. Las orillas repletas de sal, relucen todavía blancas con el último rayo del sol que desaparece en el horizonte, y al otro lado de la carretera, pegados a la choza, unos neumáticos tirados guardan en su interior los restos de unas cuantas bolsitas llenas de sal.

Reemprendemos la marcha para hacer los 50 y pico kilómetros hasta el puente de Al Kántara de entrada a Djerba, y pasado el puente, dejamos a los franceses en su zona turística, y nos dejan a nosotros en nuestro pueblo de Erriadh. La primera excursión se ha acabado, y el resultado de comprimir dos rutas diferentes contratadas por dos clientes diferentes, para aprovechar el día, ha sido un agotador tour rodante de 600 kilómetros en 12 horas, en los que hemos visto lugares de 2 tours distintos, algunos a la distancia justa para hacer una foto.

Cierro el día, porque además he pillado un buen resfriado, me duele la garganta, y no paro de sonarme y de toser.