Nota: éste es nuestro segundo viaje por la zona, si quieres consultar el primero puedes visitar el anterior diario: www.losviajeros.com/ ...hp?b=16363
26 de agosto de 2019
Síntomas de que, según te acercas a los 40 años de edad, estás pegando "la viejá": te duelen partes del cuerpo que ni siquiera sabías que existían, te cuesta mucho más que antes perder peso y dormir ocho horas está mucho más arriba en tu lista de prioridades. Y otro más: ves con muy buenos ojos repetir destinos de vacaciones con tal de no tener que investigar y planificar lugares hasta entonces inéditos.
Nosotros estamos ya en plena "viejá" y por eso cada vez que aparece una interesante oferta de vuelos a un destino que hayamos visitado -y nos haya gustado, faltaría más- nos surgen las dudas. Este 2019 estaba ya parcialmente cubierto con otra revisita a los Picos de Europa pero todavía nos quedaban otras dos semanas para invertir en nosotros. Y cuando llegó a nuestros monitores esa oferta de Air France con vuelos de ida y vuelta a Vancouver operados por KLM por poco más de 400 euros por persona, el recuerdo de ese magnífico viaje a las Montañas Rocosas de Canadá de hace tan solo tres años se nos vino encima. Desde el preciso instante en que terminamos aquella primera visita teníamos claro que volveríamos y, aunque no entrase en nuestros planes hacerlo tan solo tres años después, la ocasión estaba puesta en bandeja. Así que poco después estábamos rellenando el formulario de reserva con los datos de nuestra tarjeta de crédito, y ya estaba decidido. En verano de 2019 reeditaríamos uno de nuestros viajes favoritos con permiso de la inevitable Islandia.
Unas semanas después y tras una cantidad de horas dedicadas a la planificación mucho menor que las que requerimos cuando se trata de un nuevo destino, ya teníamos la agenda confeccionada. Sabiendo que el aterrizaje en Vancouver nos obligaría a conducir de ida y vuelta varios centenares de kilómetros hasta la verdadera meta -lo ideal sería aterrizar en Calgary pero allí las ofertas ni se han visto ni se les espera-, fuimos reservando gradualmente el coche de alquiler y los distintos alojamientos para volver a recaer en los paraísos de Jasper, Yoho, Banff y Glacier National Park, ya que recorrer las rocosas canadienses no está reñido con regresar a uno de nuestros National Park estadounidenses favoritos. Y así llegamos a este 26 de agosto, pistoletazo de salida de nuestro segundo viaje del año y día en el que nuestro único objetivo consiste en desplazarnos hasta Madrid para estar mañana ya mucho más cerca del avión que nos llevará a Canadá con una escala previa en la holandesa Amsterdam. Para ello reservamos también durante los primeros días de toma de decisiones un vuelo de ida y vuelta con Iberia incluyendo el equipaje.
Son las 15:00 en el Aeropuerto de Palma de Mallorca cuando, tras una jornada laboral algo reducida y que nos podemos permitir gracias a la naturaleza de nuestro trabajo -L tiene flexibilidad horaria y yo trabajo desde casa y puedo planificarme la semana con bastante libertad-, estamos ya listos en la puerta de embarque en la que un avión nos engullirá para despegar rumbo a Madrid a las 16:50. Es mi primer vuelo con una Nintendo Switch y, tal y como imaginaba, disponer de un entretenimiento portátil de calidad como este hace los viajes mucho más amenos cuando no tienes un libro a medio leer o no te apetece dedicar el vuelo a ver una película o una serie en una postura incómoda. Oigo en la distancia los llantos de un niño pero los derrapes del Mario Kart o la música del Zelda en mis auriculares los amortiguan.
Madrid nos recibe con un cielo totalmente cubierto, lluvia abundante y un apagón en la T4 del Aeropuerto de Barajas. Pese al apagón vemos aliviados como nuestras pesadas maletas aparecen enseguida por la cinta. Tras 20 minutos esperando la llegada del shuttle que nos tiene que recoger para llevarnos a nuestro hotel, nos alejamos del aeropuerto entre los gritos del conductor recriminando una maniobra al chófer de un autocar de Alsa. Llegamos al Hotel Nuevo Boston (reservado a través de centraldereservas.com) cuyos exteriores vienen acompañados del fresquete que hace en Madrid, recordándonos que debemos dejar atrás nuestra ropa veraniega cuando salgamos a cenar con unos amigos dentro de un par de horas.
Nos dirigimos a la habitación 344 que nos han asignado pero en la que nos espera un inesperado contratiempo. L introduce la tarjeta, y la puerta no abre. Nada raro hasta aquí, ella y las puertas de hotel siempre han tenido sus diferencias. Lo intento yo y obtengo el mismo resultado. Y durante el tercer intento, la puerta se abre desde dentro y aparece tras ella un señor ¿francés? con cara de confusión. Tras comprobar que en su portatarjetas figura también el número 344 -cosa de esperar, si él había conseguido entrar...- me dirijo a la recepción con la sospecha de que nos han informado incorrectamente del número de habitación. Y así es: por escribir un 3 en lugar de un 2 estábamos intentando colarnos en la habitación de ese pobre señor. Bajando una planta conseguimos entrar en la habitación 244 y solo nos queda por delante descansar en la amplia cama escuchando la copiosa lluvia del exterior hasta que llegue la hora de cenar.

Nuestro refugio de la lluvia
Cuando volvemos a la entrada del hotel donde nuestros amigos están esperando con su coche nos sorprende la riada que ocupa toda la calle. Con el bajo de los pantalones mojado, nos ponemos en marcha para dirigirnos al Centro Comercial Plenilunio donde nos espera un local de la franquicia Tommy Mel's. Porque aunque nos queden por delante dos semanas de comida norteamericana nunca es demasiado pronto para comenzar a engordar a base de jugosas hamburguesas y ofensivos postres. Salimos rodando, regresamos al hotel y nos despedimos de nuestros colegas madrileños. A la entrada conseguimos ganar media hora de sueño gracias debido a que, dada la alta demanda, el hotel ha habilitado un shuttle al aeropuerto a las 7:30 del día siguiente. Hasta ahora los únicos turnos disponibles que se ajustaban a nuestro horario eran los de las 7:00 y las 8:00, estando este último completo cuando hemos llegado a media tarde.
Solo queda darnos una ducha, dejar el equipaje lo más preparado posible y apagar las luces a medianoche. Y cerrar los ojos con el fuerte deseo de descansar lo suficiente para sobrevivir al día de mañana, en el que una maratoniana jornada de vuelos, escalas y diferencias horarias nos llevarán hasta prácticamente las orillas el Océano Pacífico tras lo que son demasiadas horas para dos energúmenos que están en plena "viejá".
