Domingo, 29 de septiembre de 2019
Llegamos al mismo aparcamiento del D´z, ahora más desierto aún que la noche anterior para dedicar un rato al entorno, coche de policía “decorativo”, el depósito de agua, la señal del suelo, el propio edificio del restaurante y sus adornos, de nuevo sacando fotos, ahora con luz diurna.

Desde allí quedaba muy cerca el parque donde tienen aparcada la locomotora Santa Fé, grande, grande, más fotos.

Iniciamos la última etapa rodada de nuestro viaje, para llegar hasta el océano Pacífico, si fuera posible, antes del anochecer, para disfrutar de las últimas luces del día en la playa, aunque sería otra vez imposible, no estábamos muy afortunados con esto de los atardeceres.
Salimos a la carretera, la I-40, para desviarnos hacia la Outman Hwy enseguida. A visitar el pueblo de los burros.
Outman
El pueblo es otro tenderete para turistas. Otra calle única bordeada por sus correspondientes porches de edificios del antiguo oeste. Incluso queda algo de auténtico, visible en el Durlin Hotel, con su fachada de adobe y aire mejicano, o, mejor, español.
Muy propia yo por aquellos lares con mi sombrero de la tierra. Hoy el sol apretaba bastante.
Buscamos nuestro café mañanero con regular fortuna y nos paseamos entre las tiendas y los burros que campan salvajes por este antiguo pueblo de mineros que los dejaron atrás cuando los filones se fueron agotando.
Incluso presenciamos una especie de encierro a toda velocidad que se marcaron entre lo que parecían dos bandas rivales y un buen ejemplo de agresividad asnal con el coro de rebuznos a todo volumen y coreografía completa de coces y mordiscos.


La carretera nos llevaba (mejor dicho, nuestro Arizono) hacia la frontera. Pero la frontera de dos estados. Íbamos a dejar Arizona, con todo lo que nos había ofrecido para regresar a la dorada California.
Needles
No estaba en la lista de lugares a visitar, pero ya que el río Colorado se nos mostraba azul y brillante en una mañana tan luminosa, paramos en Topock primero y cruzamos a Needles, ya en suelo californiano, en busca de alguna panorámica fronteriza. Poco más que el río y el carromato del cartel del pueblo.
Siguiendo la I-40 de nuevo la idea era desviarnos hacia el sur para recorrer otro tramo original de la 66, pero decidimos saltarnos este paso y continuamos hacia el Bagdag Café, en la Interestatal.
Buscábamos un sitio para parar pero ni con estas vistas panorámicas era posible distinguir alguna estación de servicio o similar.
Bagdag Café
Es el mismo edificio de la película y, ahora, más que bar, es otro puesto de souvenirs. Te dejan pasar tras la barra para hacerte fotos y el batiburrillo de recuerdos acumulados es agobiante. Pero el sitio sigue siendo visitado, había bastante gente porque llegó un autobús de turistas.
El siguiente tramo se nos hizo pesado. El paisaje monótono, las rectas eternas y tras cada cambio de rasante, otra aún más larga. Pero para la hora de comer (algo más tarde de lo habitual en esos días) llegamos a Barstow para desviarnos a Yermo, a otra visita ineludible de todo buen rutero.
Peggy Sue's 50's Diner
Otro restaurante de “época”. Pero, seguramente, el rey entre ellos. Enorme, muchas mesas y sus camareras vestidas como en las pelis. Gran aparcamiento con un precioso Corvette entre los coches de los clientes.
Un muñeco de esos que no me gustan en el baño de las chicas, representando a un vaquero de espaldas y “apuntando” a la pared.
También había otras imágenes, tanto di- como tridimensionales de personajes tipical americanos, Elvys, Marilyn, los Blues Brothers, etc.
Otra buena hamburguesa, batido y café aguachirri recargable.
Estábamos a más de 120 millas de Los Ángeles pero nos encontramos las primeras retenciones nada más salir a la I-15. Nos parecía increíble y luego la cosa se despejaría a ratos, porque lo que teníamos delante no era normal. Una cosa son los atascos de entrada a una gran ciudad un domingo por la tarde y otra cosa era tenerlos más de 200 kms antes.
Con todo ello, obviamos hacer más paradas si no era imprescindible. Mi hermano tomó el volante y yo el mapa en el móvil para intentar acertar a la primera en nuestra ruta hacia el último hotel del viaje.
No fue fácil, pero conseguimos (aun con algún renuncio rápido en algún cambio de carril) acertar en los vericuetos de las autopistas de hasta seis carriles de acceso a esta desparramada ciudad.
Los Ángeles
No entraba en nuestros planes dedicarle nada de tiempo a Los Ángeles. Había preferido organizar los días disponibles en todo lo anterior y, materialmente, no había más días para dejar espacio a Hollywood y todo lo demás.
Solo íbamos a dormir cerca el aeropuerto desde el que despegaría nuestro avión. En el Sea Horse Inn, cerca de Manhattan Beach.
Llegamos ya de noche, sin posibilidad de ver el sol ocultándose en el Pacífico, se había escondido hacía rato.
Hicimos una pequeña compra en un Target cercano (cerca en coche, fuimos andando y el paseo no fue tan corto) para cenar y nos retiramos a nuestro aposento.
Uno de los mejores moteles del viaje, aunque no daba desayunos.