Lunes, 30 de septiembre de 2019
Tocaba hacer el equipaje ya de forma definitiva. Deshacernos de nuestra querida nevera de corcho y de las botellas de agua sobrante. Avisamos en recepción de lo que quedaba en la habitación por si alguien lo podía aprovechar. Al regresar a por las maletas, vimos la neverita en un cuarto de mantenimiento sirviendo para guardar cervezas, nos dio casi pena.
Nuestro vuelo salía por la tarde y, aun teniendo en cuenta que nos gusta llegar al aeropuerto (y más a uno desconocido) con tiempo de sobra, el caso es que teníamos la mañana libre.
No nos aventuramos hacia el centro por si surgía algún imprevisto que nos impidiese regresar a la zona del hotel con tiempo, así que cogimos el coche para un trayecto corto (pero con cuestas) y nos limitamos a dar una vuelta por la playa cercana, no era Santa Mónica, bastante alejada, ni siquiera Venice, pero Manhattan Beach nos dio una idea de cómo son las playas californianas. Blanca y enorme.
Teníamos un muelle bonito con un acuario en su parte final, una bonita pasarela de madera desde la que observar a los surfistas y un paseo marítimo al estilo americano, sin terrazas ni chiringuitos donde tomar algo mirando el mar.


De Los Ángeles a Madrid
Antes, teníamos que devolver el coche en las oficinas de Álamo. Le habíamos dado un repaso de limpieza a base de toallitas húmedas y sacudir algo el polvo y esperábamos no tener problemas con la entrega, ya que, sobre todo yo, había fumado todos los días dentro, cosa que está prohibida. Después de la experiencia de la Toscana, donde nos descubrieron un arañazo en el paragolpes delantero que supuso la friolera de más de 400,00 € (que luego pagó el seguro, sí) no las tenía todas conmigo. Principalmente porque el recorrido por Monument Valley y la subida a Muley Point había sido por carreteras sin asfaltar y circular por pistas de tierra no está permitido con coches de alquiler, ni siquiera con los SUV, como nuestro Arizono.
Pero no hubo ningún problema, nos dijeron que el coche estaba perfecto y nos llevaron en un minibús de la compañía hasta nuestra terminal, la B, o Tom Bradley Terminal.
Allí tocó esperar, picoteando algo de merienda de nuestras sobras y haciendo tiempo viendo pasar a la gente, fumando como una descosida para enfrentarme a otro largo trayecto en que sabía que lo echaría de menos.
A la hora de facturar (por cierto todo a través de máquinas automáticas para sacar la tarjeta de embarque), mi maravillosa flecha navajo era un problema. No estaba permitida en el equipaje de mano y no cabía en ninguna de las dos maletas. Decidí, en el mostrador de facturación, partirla por la mitad y meterla en la maleta, como ya había pensado hacer si no quedaba más remedio.
Ya en casa, pude pegarla y la herida queda tapada por las cuentas de colores que lleva enrolladas en el centro del asta.
El vuelo, otra vez con Norwegian como el de Nueva York, esta vez, por el tipo de billete, supongo, estuvo algo mejor. No nos tocó en la fila del medio, si no en una lateral, con un chico español en la ventanilla con el que charlamos bastante, sobre todo al principio, luego, suerte él, se durmió la mayor parte del viaje.
Yo apenas descabezo algún ratito en estos trayectos tan largos y se me hace muy pesado, pero se pasó viendo pelis, haciendo solitarios, cenando y desayunando con lo que nos dieron.
Llegada a Madrid sin incidencias, taxi a casa y, al día siguiente, sin tiempo ni para ver las fotos, vuelta al trabajo.