Purmamarca con su plaza principal inundada de artesanías y los colores de su paisaje nos guían al Cerro de Siete Colores principal atractivo de la localidad e ícono de la Quebrada de Humahuaca.


No pudimos resistir la tentación de ir al famoso Cerro, no sabíamos bien donde estaba el mirador. De repente apareció una nena seguida de un pequeño corderito y otro que tenía en brazos y le estaba dando un biberón, Jalena enseguida se preparó para sacarle una foto pero ella nos dijo muy amable:
-Si quiere sacar la foto primero hay que pagarla.
Le dimos un vuelto que teníamos en el bolsillo. Y nos sonreímos por lo pícara que resultó.
-¿Porqué le das vos la leche? le preguntó Jalena.
- Su mamá no la quiere. Por eso yo la alimento. Si no hago esto se moriría.
-Jalena la miró con ternura. Y le preguntó su nombre.
-Me llamo María y ella se llama Luna señalando al bultito con rulitos blancos que tenía en su regazo. Seria y poco conversadora casi sin despedirse empezó a subir el escarpado terreno.
Nos despedimos y como el día estaba tan lindo y la vista era espectacular nos sentamos en un recodo del camino. Con los ojos entrecerrados y Jalena recostada sobre mi hombro disfrutamos ese maravilloso paisaje.
Comenzamos a caminar hacia pueblo aspirando la pureza del aire y el perfume de las plantas que crecían por todos lados.

Su arquitectura colonial, el Paseo de los Colorados, el minúsculo Cabildo del siglo XIX con su galería de arcos y la vieja casa de adobe de la Biblioteca Municipal nos remontaron a un pasado con nostalgia.

El algarrobo histórico, enorme árbol con una edad de 620 años indica el lugar donde el último cacique de los Purmamarcas, Viltipoco, acogió con un vaso de chicha al primer evangelizador castellano.
Al no estar directamente sobre la Ruta, Purmamarca conservó su estilo y arquitectura más que Humahuaca y Tilcara.

Si viajás en omnibus prestá atención a su recorrido, no todos entran en el pueblo y te dejarán en la Ruta. Si te gusta caminar, el paisaje es imperdible, pero si tu mochila está pesada te cansarás un poco.
Esta es la magia de la Puna argentina. Raíces y costumbres de los pueblos originarios que aún se conservan. Un cielo celeste y diáfano, el sol fuerte, los cerros y la tierra con formaciones imposibles.
Los colores recorren la Quebrada y decidieron quedarse aquí.
