Plaza Lyabi-Hauz.
Esta plaza lleva el nombre del complejo que allí se encuentra, compuesto por tres edificios: la Madraza Kukeldash, del siglo XVI, la Madraza Nadir Divanbegi y la Khanaka de Nadir Divan Begi, ambas del siglo XVII. Significa “cerca del estanque”, pues en su centro, hay un estanque artificial, cuyo mirador principal está ocupado por la terraza de un restaurante. También hay cafés, casas de té y puestos donde preparan zumos de frutas variadas al instante. Y muchas tiendas de recuerdos, naturalmente. Es un lugar muy concurrido por lugareños y forasteros, refugiándose todos del sol cerca del agua y a la sombra de las moreras. Otra atracción es la escultura de Khodja Nasrudin sobre su caballo, una especie de Robin Hood del siglo XIII a la uzbeca. No hubo forma de sacarle una foto sin nadie encima, así que, como no me gusta retratar turistas subiéndose a las estatuas, pues me quedé sin foto.



Si bien la Madraza Kukeldash (1568) fue en su momento la más grande de Asia Central, actualmente no es de las más destacadas. Tampoco era fácil de fotografiar por su situación, muy cerca de la calzada, con lo cual siempre sale algún coche en medio. La Khanaka de Nadir Divan Begi, que era el lugar de reunión de los sufíes, ahora alberga un museo. No visité el interior de ninguno de estos dos monumentos.




Madraza Nadir Divan Begi (1622).
En un principio, el edificio estaba destinado a ser un caravansarai, pero su belleza hizo que el visir quisiera dedicarlo a madraza, por lo cual se le añadieron las celdas del primer piso y el portal de entrada con las torres laterales, revestidos con mosaicos tallados y dibujos de ramos de flores. Sin embargo, su principal atractivo son las dos aves de la mitología persa que aparecen a cada lado del portal, dirigiéndose hacia el sol (con rostro humano) y llevando sendos gamos en sus garras. Aquí se repite el hecho infrecuente en la arquitectura islámica de representar seres vivos en la decoración de sus edificios.


Hay una leyenda relacionada con esta madraza, según la cual Nadir Divan Begi dio a su prometida un par de pendientes como único regalo de boda. A ella le pareció muy poco, dada la enjundia de su marido, y se lo reprochó. Al cabo del tiempo, el visir construyó la madraza. Su mujer se quejó de que hubiera gastado tantísimo dinero en eso mientras que a ella solo le había regalado unos pendientes para su boda. El visir la invitó, entonces, a buscarlos en su joyero. Cuando encontró solo uno, el visir le explicó que el otro lo había empleado para pagar la construcción de la madraza, con lo cual le demostró el inmenso valor de un regalo que ella no había sabido apreciar.


En el interior, además de los típicos tenderetes de recuerdos para los turistas, hay un restaurante; también se celebran bailes y conciertos. Solo pasé a echar un rápido vistazo, ya que por la tarde iba a asistir a uno de esos espectáculos.

En una esquina vimos una tienda donde fabrican y venden marionetas y entramos a echar un vistazo. Eran muy bonitas y de calidad, tenían incluso algunas que se parecían a políticos españoles. En fin, que los vendedores se lo saben todo para atraer a los turistas de cada país y los del nuestro son cada vez más numerosos. Mi amiga compró una parejita para regalársela a su hija. Muy chulas.

El calor se había vuelto asi un suplicio y mi amiga regresó al hotel junto con la mayor parte de compañeros de viaje. Solo tres decidimos quedarnos en el centro para ver más cosas, por ejemplo, algunos restos arqueológicos que están en las proximidades de la plaza Lyabi-Hauz.

Seguimos después hasta la Plaza donde está el mercado Toki-Zargaron, que habíamos visitado anteriormente y que nos volvió a ofrecer unas panorámicas fantásticas, si bien los reflejos del sol molestaban bastante.


Tras un paseo no muy largo y unas cuantas fotos, casi derretidos por el sol, decidimos ir a tomar un refresco en la cafetería Ulugbek, ya que nos habían comentado que su terraza superior tiene unas vistas excelentes. Cierto: las fachadas de las madrazas Ulugbek y, sobre todo, Abdulazid Khan lucían estupendas desde arriba, con Toki-Zargaron de fondo.

Es difícil encontrar sitio durante la puesta de sol y por la noche, pero a las cinco de la tarde apenas había siete u ocho personas allí, incluidos nosotros tres. Estuvimos muy a gusto, a la sombra, charlando. Lo curioso fue que, de pronto, nos dijeron que teníamos que irnos porque se nos había pasado el tiempo de estancia en la terraza. ¿Cómo? Pues sí, resulta que ponen un tiempo máximo, pasado el cual te tienes que marchar. Bueno, quizás a una hora de máxima afluencia tenga justificación para que no se les eternice la gente, pero a esa hora la terraza estaba prácticamente vacía…

En fin, una anécdota más. Desde luego, no teníamos intención de discutir, entre otras cosas porque ya habíamos pensado en marcharnos para seguir viendo otras cosas por el entorno.

Madraza de Ulugbek.
Construida entre 1417 y 1420, es una de las madrazas más antiguas de Bujara. En ella no solo se estudiaba el Corán, sino también astronomía, matemáticas, filosofía y geografía. Destacados científicos dieron clases allí, incluido el propio Ulugbek. El portal está decorado con mosaicos esmaltados, imitando el cielo con sus dibujos de estrellas. Además de ver unos tenderetes, me fijé en que tenía que pagar entrada, pero no me pareció que hubiese nada destacado dentro, así que lo dejé.




Madraza de Abdulazid Khan.
Data de 1652. Me gustó mucho la fachada, sobre todo los colores de los mocárabes del portal, que está cubierto de mosaico mayólica. Los toques de amarillo me parecieron espectaculares. Se nota el desarrollo en las técnicas de decoración y que el emir contrató a los mejores artistas de la época en Bujará. La iconografía es muy bonita, con jarrones, aves míticas, paisajes…



Lamentablemente, el interior no tiene tan buen aspecto como el exterior, pues no ha sido restaurado. Hay partes de las fachadas con mosaicos en muy mal estado y otras en las que han desaparecido. Sin embargo, se conserva la decoración interior de las cúpulas de las mezquitas de verano e invierno y es realmente preciosa. Como dato curioso, decir que la madraza contaba con hornos, una novedad en la época.






En el patio, no faltan los típicos tenderetes que venden de todo. También algunos artesanos trabajando en el mismo sitio; recuerdo a un señor confeccionando los gorros típicos con su máquina de coser.



Mezquita de Magoki Attori.
Significa “la mezquita en el foso”, tiene su origen en el siglo IX y es una de las primeras mezquitas de la ciudad. Hace dos mil años, en el lugar había un templo de fuego y un bazar dedicado a la luna, donde se vendían especias y medicamentos. Después, las imágenes de las deidades de la fertilidad relacionadas con el Zoroastrismo. Al llegar el Islam, se construyó una mezquita, que fue destruida por un incendio en el siglo X. Doscientos años después, se reconstruyó siguiendo el mismo diseño. Cuando se derrumbó, en el siglo XV, solo quedó en pie el portal sur, que cuenta con una decoración monocromática única. Estaba cerrada cuando pasamos por allí, aunque creo que hay un museo en su interior.


A punto de derretirnos, llegó la hora de asistir al espectáculo de la madraza Nadir Divan Begi. No creo que hubiese ido de no haber tenido la entrada pagada. Nuestras mesas reservadas contaban con un servicio de té gratuito. Si queríamos algo más había que abonarlo. La actuación mezclaba música en directo con los instrumentos típicos, bailes de muchachas ataviadas con los trajes regionales y un desfile de moda de una diseñadora uzbeca muy conocida.



Aunque la sesión se hizo un poco larga (duró una hora), tampoco estuvo mal. Los diseños me sorprendieron. Algunos de los modelos me parecieron muy elegantes y estilosos, si bien eran discretos, lejos de los que se ven en las atrevidas pasarelas occidentales y poco ponibles a diario. No pregunté los precios

Ya casi de noche, fuimos a cenar a un restaurante del casco histórico. No recuerdo cuál era, pero lo que tomamos nos gustó.
