A media mañana, el sol lucía en todo lo alto y el calor empezó a hacer mella. Entonces, pudimos imaginarnos lo que supondría estar aquí en pleno verano. Nos habían aconsejado bien. Al salir del Ark, seguimos en paralelo por el exterior de la muralla hasta la Plaza Persa, al fondo de la cual tuvimos una prometedora pista de lo que nos aguardaba después.



Al fin, llegamos hasta otra plaza, enorme, que nos dejó con la boca abierta, tal cual. Ni siquiera el gran número de personas allí congregado lograba desmerecer su magnificencia. La de Registan en Samarcanda me la imaginaba más o menos como la vi; esta, ni por asomo creí que fuese así. No sabía adónde mirar. Imposible fotografiar una panorámica completa con la cámara; tuve que utilizar el teléfono para recoger los dos lados, aunque incompletos. El sol también molestaba un poco.

Complejo Poi-Kalyam
Es el corazón de la Bujará antigua y se conformó a lo largo de varios siglos. Su nombre significa “a los pies de un minarete de gran tamaño” y está compuesto por tres edificios, el Minarete de Kalyam, la Madraza Mir-i-Ab y la Mezquita de Kalyam.

Minarete de Kalyam.
Da nombre al complejo y es el símbolo de la ciudad. Construido en 1127 con ladrillos cocidos, tiene una altura de 46 metros y, además de utilizarse para llamar a los fieles a la oración, en lo alto se encendían hogueras que hacían de faro para orientar a las caravanas que se dirigían a Bujara, ya que se ve a mucha distancia. Sus cimientos están a diez metros de profundidad, supuestamente para darle resistencia ante los terremotos. El diámetro de la base es de 9 metros y de 6 en la parte superior, que cuenta con una rotonda de 16 ventanas con arcos. Consta de 14 bandas ornamentales, todas diferentes. Un cinturón de azulejos esmaltados en color turquesa, representa uno de los primeros ejemplos de su empleo en la decoración arquitectónica de la zona.

Según cuenta la leyenda, desde lo alto se arrojaba al vacío a los condenados a pena de muerte. Y también se asegura que ni el mismísimo Gengis Khan se atrevió a derribarlo cuando destruyó el resto de la ciudad, quizás poseído por alguna superstición o fascinado por su belleza.


Madraza Miri-Arab.
Construida entre 1530 y 1536, en tiempos del emir Ubaydulla, lleva el nombre de Abdallah Yamani, su guía espiritual, cuyo lugar de enterramiento está en la cabecera del edificio. Se compone de un patio cuadrado, rodeado de dos pisos de celdas y dos grandes salas abovedadas en las esquinas. Las dos cúpulas externas están decoradas con tejas de azulejos azules que brillan al sol. Fue destruida varias veces, pero los trabajos de restauración la han dejado impecable.



En el interior, los paneles y enrejados se decoran mosaicos tallados con piedras de colores y las paredes y el interior del copete central con "ganch", un material similar al alabastro.


La madraza sigue en funcionamiento, por lo cual solo se puede traspasar el portal y acceder al imponente recibidor, desde donde también se vislumbra el patio interior a través de un enrejado.

Mezquita Kalyam.
Se cree que fue acabada en 1514. Con capacidad para 12.000 fieles, tenía un tamaño similar a la de Bibi Khanum, en Samarcanda, si bien su arquitectura es diferente. (Disculpad mi presencia a contraluz, pero no tengo otra foto con la mezquita completa
).


Se puede visitar el interior ateniéndose a las normas de vestuario establecidas: los hombros y las rodillas tapados y las mujeres tuvimos que cubrirnos el cabello con un velo o pañuelo.

Posee un gran patio rodeado por galerías abovedadas, sostenidas por 288 columnas. Se toman bonitas fotos, con el minarete de fondo.




Domos comerciales.
Estando en Bujara siempre se pasa varias veces por estos laberínticos lugares de puestos y tenderetes, que a veces se suceden unos a otros sin darnos cuenta. Al ser punto clave en la Ruta de la Seda, las tiendas de los comerciantes proliferaron en Bujara, tomando el centro de la ciudad a partir del siglo XVI. Para proteger a vendedores, compradores y mercancías del sol y del calor, se instalaban en domos, construcciones bajo cúpulas, de los que solo han sobrevivido cuatro, que están entre Poi-Kalyam y Lyabi-Hauz: Toki-Zargaron, Toki-Saforron, Telpak Furushon y Tim Abdullakhan.


Toki-Zargaron.
Es el bazar más antiguo y grande de Bujara. Se encuentra junto a Poi-Kalyam. Su nombre se relaciona con la orfebrería y llegó a tener 36 talleres dedicados a la venta joyas. En buena parte orientado a los turistas, hoy en día se puede comprar de todo: pañuelos, cojines, cuchillos, cerámica, bolsos, manijas de puertas, campanas, herraduras, ropa… Son muy vistosos los juegos de ajedrez, de calidad diversa, dependiendo del precio y del regateo, claro está.



Telpak Furushon
Es un complejo enorme, de estructura hexagonal, cuyo origen se remonta al siglo XVI. Durante un tipo estuvo especializado en libros, pero actualmente vende de todo. Hay una herrería donde se puede ver el proceso de fabricación de cuchillos siguiendo procedimientos casi medievales; o así lo aseguran.

Tim Abdullakhan
Se encuentra a lo largo de una calle, bajo un tejado cubierto que siempre lo mantiene fresco. La luz entra a través de pequeñas ventanas y aberturas en las cúpulas. Está especializado en la venta de alfombras.

Toki Sarrofon.
Un cruce de caminos corre bajo una cúpula, alrededor de la cual hay tiendas dispersas. En tiempos era donde estaba radicada la casa de cambios más grande de Asia Central. De ahí procede su nombre, pues los cambistas se llamaban “sarrafs”. Hoy ofrece alfombras y pañuelos.

Arroz Plov, el plato típico uzbeco.
Después de un rato recorriendo los bazares, fuimos al restaurante donde nos habían citado, una antigua casa de judíos, restaurada, muy bonita, donde nos ofrecieron el típico arroz “plov”, uno de los platos más famosos de Uzbekistán, cuyo nombre contiene las iniciales de todos sus ingredientes tradicionales (en uzbeco, claro): cordero, arroz, aceite, cebolla, zanahoria, comino, garbanzos, uvas pasas, pimienta negra, cabezas de ajo y sal. Lo cocinaron delante de nosotros, quizás menos especiado de lo que lo toman ellos para que no resultara picante –menos mal-, pero estaba muy rico, acompañado por ensalada de tomate y verduras aliñadas. También probamos empanadillas rellenas de carne y una especie de hojaldres rellenos de espinacas; de postre, un pastel de chocolate. Para beber, tomé una cerveza uzbeca, marca Sarbast. Y, naturalmente, el inevitable té verde.




Más tarde, ya con un sol de justicia (fue de lejos el día de más calor), seguimos trotando por el casco viejo de Bujara, que ha mantenido mucho mejor su antigua esencia que el de Samarcanda, con los monumentos más juntos e integrados, entre callejuelas estrechas, con casas de adobe y pavimento de tierra, donde todavía se pueden encontrar zapateros que hacen “arreglos de lujo”. Y al final de una de esas callejas nos topamos con una sorpresa.


Chor Minor.
En 1807, un rico comerciante turco quiso construir en la Ruta de la Seda una madraza inspirada en el Taj Majal, cuya arquitectura simbolizase que todos los pueblos del mundo eran iguales. Su deseo se cumplió en Bujara, pero del complejo solo se conserva la puerta de entrada, con cuatro minaretes de 17 metros de altura, cada uno con una decoración diferente y coronados por cúpulas de color azul turquesa. Hay varias interpretaciones del significado de los minaretes: las cuatro dinastías que reinaron en Bujara, las cuatro religiones, los cuatro puntos cardinales…

En el interior, ahora hay una tienda de recuerdos y se puede subir al piso superior previo pago. El caso es que ha quedado con la apariencia de una madraza en miniatura y es una auténtica monada.

