Hoy es el día de la excursión por la península de Connemara. El tour parte a las 10:00 del Centro de Galway, pero estamos citados 15 minutos antes en el Galway Coach Station.
Cuando llegábamos a la estación, nos encontramos al mismo personaje que el día anterior nos intentaba vender un tour y, como podréis imaginar después de este rollo, ¡es nuestro guía conductor en la excursión!
Así que, después de acompañarnos al mini-bus (más mini que bus), empezamos la ruta.
La Región de Connemara se extiende al oeste de la ciudad de Galway y está encajada entre el Atlántico y los lagos Corrib y Mask, que son dos de los mayores lagos de Irlanda. Es una región agreste, con inmensas extensiones de páramos azotados por el viento y la lluvia. La costa de Connemara está salpicada de pequeños pueblos pesqueros, pero el interior se encuentra prácticamente despoblado. Y las escasas localidades que hay, sólo son cuatro casas a los lados de la carretera. Y a pesar de todo esto que estoy diciendo, es un lugar fascinante del que hemos vuelto enamorados.
La primera parada del tour es en Spiddal donde iniciamos un paseo hasta cerca de Rossaveal. Pasamos por algunos cotagges, algunos con animales y otros que hacía tiempo que estaban abandonados. Nos explican que esta aldea se vio afectada por la hambruna y muchos de sus habitantes la abandonaron.

De regreso al minibús nos recomienda entrar en la tienda de suéteres y recuerdos de Standúns, para hacer una parada “técnica”.
Seguimos hacia Screeb. Ahora estamos en la zona de habla irlandesa, donde el idioma hablado mayoritariamente es el gaélico o el irlandés. Según nos explica nuestro guía, él mismo no aprendió a hablar inglés hasta los 14 años. Esta zona es preciosa, con pequeñas cabañas de pescadores en las islas que salpican los lagos. Junto al verde de la vegetación y el azul de los lagos, aparecen toques amarillos de las aliagas (el famoso “gorse”).

Y la cascada de Screeb completa el panorama.

La siguiente parada es en Recess, para admirar otro bello lago, a cuya orilla nos anima a acercarnos. Cuando pisamos parece que caminas sobre un trampolín, el suelo es elástico. Estamos caminando sobre una turbera. No podemos estar parados porque la turbera es una ciénaga de evolución muy lenta, es como una esponja y con nuestro peso el agua que ha absorbido nos moja los pies.
Hasta hace poco se utilizaba mucha turba en la generación de energía eléctrica, pero debido al cambio climático el gobierno está reduciendo su uso.

Seguimos nuestro camino. Disminuye la marcha y, tras una curva de la carretera, aparece, majestuosa la Abadía de Kylemore, un castillo convertido en abadía.

Nos deja en el aparcamiento. Tenemos dos horas y media por delante para visitar todo el recinto.
Como todo castillo que se precie, éste tiene su historia. En por 1852 Mitchell Henry y su esposa Margaret Vaughan estaban pasando su luna de miel en Connemara. Margaret estaba embelesada por el lugar y le comentó a su marido que le encantaría poder vivir en aquel lugar. Y como los deseos de su amada eran órdenes se empezó a construir un precioso castillo al que se trasladarían a vivir 13 años después del inicio de las obras. Y aquí tuvieron nueve hijos.
Pero como todo no puede ser felicidad, en 1875, durante un viaje a Egipto, Margaret contrae unas fiebres y fallece. Su marido evita ir al castillo porque le trae muchos recuerdos. Decide construir una pequeña iglesia en recuerdo de su esposa.
Mitchell falleció en 1910. Ambos están enterrados en un mausoleo junto al lago.
En 1920 las monjas se hicieron cargo del castillo y lo convirtieron en un internado para niñas (aquí estudió la hija de Madonna), si bien recientemente decidieron cerrarlo. No obstante, sólo se puede visitar la planta baja, donde se encuentran las habitaciones más importantes, que se encuentran en perfecto estado (lástima que no dejaran hacer fotos).
Una de las mayores cualidades de la Kylemore Abbey es su situación en la base de la montaña Duchruach, a orillas del lago Pollacappul, donde se ve reflejada su silueta. No me extraña que Margaret se enamorara de este lugar.

Después de visitar la Abadía decidimos comprar la comida en la tienda, en lugar de comer en el restaurante. Así que con nuestros wraps y sándwiches nos dirigimos a los Jardines Victorianos que hay a 1,5 km. Nuestro guía nos había avisado de que la lanzadera se había averiado y que no merecía la pena subir caminando. Está claro que no nos conoce: un 1,5 km, aunque sea en subida, no es nada.
El jardín está formado por dos partes claramente diferenciadas. En una parte está el jardín de flores, con los invernaderos y la casa del jardinero jefe. En la otra parte está el huerto, los árboles frutales, las hierbas aromáticas,… Además, fuera del jardín hay una plantación de robles.

Después de comer, es el momento de visitar la iglesia neogótica. El camino a ella se hace por un bello sendero a orillas del lago Pollacappul. Fue construida en 1881 por encargo de Henry Mitchell en honor de su difunta esposa Margaret. Hay que mirar atentamente para ver las flores talladas, los pájaros… Es una catedral en miniatura

Regresamos. Todavía queda mucho tiempo y desde luego lo empleamos en hacer fotos por doquier, porque enfoques donde enfoques, el panorama es bellísimo.

Tras conseguir salir de la Abadía, porque había cola hasta para salir del parking, nuestra siguiente parada es Leenane y el impresionante Fiordo de Kilarry, considerado el único fiordo de Irlanda. Con sus 16 km de longitud sirve de frontera entre los condados de Galway y Mayo.

En Maam Cross, el “cruce de caminos” de Connemara, hay una réplica de la cabaña utilizada en la película “The Quiet Man” (el hombre tranquilo) de John Wayne y Maureen O'Hara de los años 50, filmada localmente.
Desde aquí regresamos a Galway. Nuestra última noche en Galway.