Viaje.
El vuelo fue con la compañía Bulgaria Air. Teníamos que tomar un avión procedente de Sofía, que llegó con treinta minutos de retraso, lo que produjo un efecto dominó en nuestro vuelo. Embarcamos más tarde de lo previsto y, luego, tuvimos que esperar dentro del avión otros cuarenta minutos hasta que nos dieron pista para el despegue. En total, una hora larga de demora. Tampoco nos podíamos quejar, teniendo en cuenta que era día de regreso del puente de agosto, con el aeropuerto de Barajas petado de gente y aviones.
Durante el vuelo, nos dieron una botellita de agua, un refresco a escoger, un bocadillo con pan calentito, una chocolatina y café. Nada del otro mundo, pero gratis, y comparable al “menú” que te ofrecen otras aerolíneas pagando.
Durante el vuelo, nos dieron una botellita de agua, un refresco a escoger, un bocadillo con pan calentito, una chocolatina y café. Nada del otro mundo, pero gratis, y comparable al “menú” que te ofrecen otras aerolíneas pagando.
Una vista de Sofía desde el avión.


Unos pocos datos sobre Bulgaria.
Como suelo hacer habitualmente para entretenerme durante el vuelo, consulté algunos datos sobre la historia de Bulgaria, un país que ha pasado por muchas vicisitudes y que incluso dejó de existir durante siglos.


La actual República de Bulgaria se encuentra en el sudeste de Europa, ocupando las partes central y oriental de la Península Balcánica. Limita al norte con Rumania, al este con el Mar Negro, al sur con Turquía y Grecia, y al oeste con Macedonia y Serbia. Tiene una superficie de 110.879 km2 y una población de unos 6.445.000 habitantes, que no ha dejado de disminuir anualmente desde 1988, cuando llegó a rozar los nueve millones. La religión predominante es la cristiana ortodoxa de rito búlgaro, mientras que los musulmanes alcanzan el 10 por 100 de la población. Las tres ciudades principales son Sofia (la capital), Plovdiv y Varna.


Los hallazgos arqueológicos milenarios han probado la presencia humana y de antiguas civilizaciones en estas tierras, destacando la herencia dejada por los tracios. Después, vendrían Roma y Bizancio.
Yacimientos neolíticos en Bulgaria (foto de mapa en el Museo Nacional de Historia).


En el siglo VII, se creó el I Imperio Búlgaro, que dominó gran parte de los Balcanes y se extendió desde 681 hasta 1018, en que cedió ante el Imperio Bizantino. La cristianización de Bulgaria fue obra del rey Boris, en el año 864, fecha a partir de la cual se empezaron a construir basílicas y monasterios como garantes de la Fe.


Una característica de las iglesias ortodoxas es que no utilizan estatuas, así que las esculturas que decoran las iglesias católicas fueron sustituidas por iconos y frescos, utilizados para relatar gráficamente escenas bíblicas que pudieran comprender y asimilar los fieles, la mayor parte de cuales en aquella época no sabían leer ni escribir. Por eso, muchas de las iglesias semejan un detallado y colorido tebeo religioso (dicho con todo respeto).



El II Imperio Búlgaro se prolongó desde 1185 hasta 1396, cuando comenzó a declinar por el avance del Imperio Otomano, que en 1426 ya había ocupado todo su territorio y sobre el que mantuvo su supremacía durante casi cinco siglos, hasta la Guerra Ruso-Turca de 1877-1878, una de cuyas consecuencias fue la proclamación del Principado Autónomo de Bulgaria en 1878, que obtuvo su plena soberanía en 1908.



En 1945, tras la II Guerra Mundial, se convirtió en un estado socialista, bajo influencia soviética, hasta 1990, en que se llevaron a cabo elecciones libres y comenzó el proceso de transición hacia un estado democrático y de economía de mercado. Se adhirió a la OTAN en 2004 y a la Unión Europea en 2007.

Llegada a Sofía.
Tras unas tres horas y cuarto de vuelo sin ninguna incidencia digna de mención, llegamos a la capital búlgara sobre las cinco de la tarde, hora local. En Bulgaria, hay que sumar una hora a la española, es decir, las cinco de allí, eran las cuatro de aquí. Rápidamente, pasamos a recoger el equipaje, pero estuvimos más de cuarenta y cinco minutos esperando las maletas. Bueno, nada que no suceda en Barajas de vez en cuando.
Aeropuerto de Sofía desde la pista de aterrizaje.


El aeropuerto de Sofía es más grande de lo que me imaginaba y se encuentra a unos ocho kilómetros del centro, unos quince minutos en coche. Para aterrizar, los aviones sobrevuelan la capital, casi rozando la Catedral de Alejandro Nevski (bueno, no tanto, pero casi). Lástima que la ventanilla no me pillase de ese lado para hacerle una foto. Luego, ya junto a la Catedral, me llamó mucho la atención ver los aviones pasar tan cerca de las cúpulas. Al despegar, los aviones pasan algo más alejados.

En un autobús, nos llevaron directamente al Hotel Marinela, donde nos alojamos esa noche. Sin embargo, para no desperdigar la información, todo lo referente a la capital búlgara lo contaré en su etapa correspondiente. Solo un anticipo de las panorámicas de la ciudad, que eran impresionantes.
