Los árabes aglabíes, originarios del actual Túnez, ocuparon Malta en el año 870, desembarcando desde Sicilia, y establecieron su capital en Mdina hasta que fueron expulsados por los normandos a finales del siglo XI. El último rey normando murió sin herederos, lo que dio pasó a una época convulsa de varios siglos con la llegada sucesiva de suevos, angevinos, aragoneses y castellanos. Además, entre los siglos XIV y XV se establecieron en Malta numerosas orden religiosas (franciscanos, carmelitas, agustinos, dominicos, benedictinos…). Durante todo este periodo, Mdina continuó siendo la capital, el lugar donde residían el poder y los gobernantes. Pero todo cambió con la presencia de los Caballeros de la Orden de San Juan, que prefirieron quedarse cerca del mar, en Birgu.
Foto de un bonito plano de Mdina en un panel informativo. Lástima que no se distinga bien.


En 1571, La Valeta fue nombrada capital y Mdina pasó a ser la Ciudad Antigua. Aunque parte de la nobleza maltesa se trasladó a la nueva capital, muchos permanecieron en Mdina, razón por la que se han conservado gran número de casas y palacios de los siglos XIV y XV, si bien buena parte de sus calles y edificios son de estilo barroco.

A Mdina se la conoce también como la “Ciudad del Silencio”, aunque no es silencio precisamente lo que se percibe allí hoy en día, sobre todo por las mañanas, debido al gran número de turistas que la visitan. Supongo que al atardecer y por la noche será distinto. Me hubiera gustado comprobarlo, pero no cuadró.
Detalle de un panel informativo con plano turístico de Mdina.



Mdina está fortificada, así que hay que acceder por alguno de los tres pasos abiertos en la muralla, principalmente, la Puerta de Vilhena y la Puerta Griega; lo mejor, lógicamente, entrar por una y salir por otra, si bien casi todo el mundo prefiere la Puerta de Vilhena, famosísima por haber dado su imagen a la puerta de la capital de Poniente, Desembarco del Rey, en la serie “Juego de Tronos”, de la que fui seguidora fiel aunque no fanática (hay tours para conocer al completo los escenarios de la serie en Malta, pero mi interés no llega a tanto si bien es cierto que visité varios). La foto resulta casi obligada y se reúnen multitudes. El segundo día, cuando volvimos mi amiga y yo, como era más temprano, el asunto mejoró bastante.


Los musulmanes acometieron la fortificación de Mdina, más tarde completada por los caballeros. La puerta principal fue construida en 1724 por el gran maestre Manoel de Vilhena, que le dio su nombre. Se proyectó para sustituir a un puente levadizo que aún se puede adivinar a la derecha de la puerta, a la que se llega tras superar un foso de la época árabe a través de una pasarela de piedra adornada a cada lado por sendos escudos sujetos por dos leones. Desde el puente, se tiene una buena perspectiva de las fortificaciones.



En la parte interior de la puerta, están las esculturas de San Pablo, San Publio y Santa Ágata, los tres patronos de la ciudad.

A continuación, se accede a la Plaza de San Publio, que hubiera supuesto una perfecta estampa medieval de no ser por la gran cantidad de gente que ocultaba prácticamente la parte baja de los edificios. A la derecha, se ve el Palacio de Vilhena, de 1728 y estilo barroco francés, que sirvió de hospital en los siglos XIX y XX. Actualmente, alberga el Museo de Historia Natural de Malta.


Enfrente, se encuentra la Torre del Estandarte, en cuyo interior se ubica la Oficina de Turismo, donde me facilitaron información y un mapa, aunque me parecieron más útiles los planos de los paneles informativos callejeros.

Giramos a la izquierda, seguimos por una callejuela estrecha con bonitas fachadas y pasamos por la Iglesia de Santa Ágata (1694), el Monasterio de San Pedro (1625) y el Palacio Inguanez, cuyo origen se remonta al siglo XIV y en el que, según se afirma, se hospedaron el rey Alfonso V de Aragón en 1432 y el rey Alfonso XIII, en 1927.

Continuamos por la calle Villegaignon, alternando palacetes y casonas de fachadas marrones con coloridos balcones repletos de macetas con flores, y llegamos a la Plaza de San Pablo, rodeada por el Palacio del Arzobispo, el de Santa Sofía, el Seminario y otros edificios señoriales entre los que sobresale la mole de la Catedral.



Continuamos calle adelante, dejando a la derecha la Capilla de San Roque y a la izquierda la Iglesia de la Anunciación de Nuestra Señora (Priorato Carmelita), que estaba abierta, así que pudimos ver el interior.



Más adelante, a la izquierda, el Palacio Falson, del siglo XIII, uno de los mejor conservados de Mdina. Merece la pena no solo fijarse en las fachadas de las casas que flanquean toda la calle, sino también asomarse a las callejuelas que de ella salen, llenas de encanto y casi sin gente; ideales para recorrerlas con calma y tomar fotos de ambiente medieval. En una de ellas, se encuentra la antigua Sinagoga.


La calle Villegaignon desemboca en la Plaza del Bastión, que se asoma a los muros de la fortificación, cuyo adarve sirve de amplio mirador, que en un día claro, como era el caso, ofrece unas panorámicas fantásticas del interior y del norte de la isla, desde la Bahía de San Pablo hasta La Valeta; mucho mejores al natural que en foto.



Al final, tras dar varias vueltas por calles recónditas que no sabría identificar, salimos por la Puerta Griega, utilizada como acceso secundario a Mdina. Tras varias modificaciones llevadas a cabo durante los siglos XVII y XVIII, adquirió su aspecto barroco actual en 1724, si bien conserva la apertura original medieval con su arco apuntado.


Cuando volvimos mi amiga y yo por nuestra cuenta un par de días después, madrugamos más y se notó, pues la afluencia de gente era mucho menor y conseguí hacer fotos con perspectivas algo más amplias, aunque tuve que esquivar las furgonetas de reparto, muy numerosas a esa hora.

Aprovechamos también para entrar a ver la Catedral y el Museo, visita que nos llevó más tiempo del que habíamos previsto. La entrada combinada general cuesta 10 euros, pero nos cobraron 8 euros por “seniors”.
Catedral de San Pablo.
Según la leyenda, en el lugar que hoy ocupa la Catedral de San Pablo estaba el palacio de Publio, el gobernador romano a cuyo padre curó el apóstol y que se convirtió posteriormente en el primer obispo de Malta.

En este lugar se construyó la primitiva Catedral de Malta, dedicada a la Virgen María. Fue destruida por los árabes y reedificada en estilos románico y gótico entre los siglos XII y XIII por los normandos, que la dedicaron a San Pablo. Posteriormente, el templo se modificó y se amplió en numerosas ocasiones entre los siglos XV y XVII. Gran parte del edificio quedó destruido por un gran terremoto que tuvo lugar en Sicilia el 11 de enero de 1693, si bien se salvaron la Sacristía de principios del siglo XVII y el Coro de 1682, con varias pinturas murales de Mattia Preti.

Ocho meses después del terremoto, el Cabildo Catedralicio aprobó el proyecto del arquitecto maltés Lorenzo Galfá para la construcción de la nueva Catedral en estilo barroco, que se consagró en octubre de 1702. Desde el siglo XIX, la Catedral comparte su consideración como tal con la Concatedral de La Valeta.

La pintura del ábside representa el naufragio de San Pablo y fue pintada al óleo sobre piedra por Mattia Preti, autor también de otras de las más destacadas obras que conserva la Catedral, como el cuadro sobre la conversión de San Pablo y los murales del Coro.

Además, el interior está adornado con mármoles y otras pinturas, como la de la bóveda principal, un fresco con episodios de la vida del apóstol, pintado en 1792 por los sicilianos Vincenzo y Antonio Mano, también autores de los frescos de las bóvedas de las capillas laterales.


Los suelos presentan el mismo tipo de tumbas que la Concatedral de San Juan, en La Valeta, quizás no resultan tan espectaculares, pero también aportan mucho colorido al conjunto.


Museo de la Catedral.
A continuación, fuimos a ver el Museo de la Catedral, que se encuentra a pocos metros, en la Plaza del Arzobispo, instalado en un palacio barroco construido para Seminario en 1744.

El Museo, creado a finales del siglo XIX, ocupó unas salas anexas al templo hasta que en 1969 se trasladó a su actual ubicación. Alberga un gran repertorio de obras religiosas y seculares, datadas desde el siglo XV hasta principios del XX. También se realizan exposiciones temporales.


No me suelen atraer demasiado los museos catedralicios, pero en este caso lo que vi me resultó muy interesante, pues aparte de las piezas meramente religiosas, se expone una magnífica colección de obras de arte y arqueología: paneles medievales, vestimenta, mobiliario, objetos cotidianos de siglos pasados, monedas antiguas…


Y todo con el aliciente que supone recorrer el propio palacio, que ya merecería una visita por sí mismo: los salones, la escalera, el patio, la capilla… También se visita una zona subterránea. Me gustó.


Habíamos pensado entrar en el Palacio Falson, pero ya no nos dio tiempo porque nuestra reserva para el Hipogeo era a las tres y antes teníamos que comer y llegar a Paola, aunque eso lo contaré en su momento. Así que, tras unas fotos más por aquí y por allá, dimos por finalizado nuestro segundo paseo por Mdina, una ciudad pequeña y fácil de recorrer, pero muy bonita y que me pareció uno de los lugares imprescindibles en cualquier viaje a Malta,