El siguiente día lo empezamos con una visita al Parque Nacional Bundala, que son unas marismas con gran variedad de aves, endémicas de la región, como el Loriculo de Ceilán, que aparece en la foto.
También abundan los monos, cocodrilos y el Varano de Bengala. Con suerte, pueden verse también elefantes. El parque se extiende hasta la solitaria Playa de Bundala, lugar de nidificación de tortugas marinas.

Después de la visita del parque, pusimos rumbo hacia el centro de la isla, a la ciudad de Ella. La primera parte de la carretera, aún en la Región Sur, discurre por plantaciones de arroz, en medio de las cuales se podían ver blancas pagodas, como la Yatala Wehera, con su muro de elefantes y la Tissamaharama Raja Maha Vihara, ambas construidas en el siglo III a.C.

Paulatinamente, el paisaje se hace más montañoso, la carretera más sinuosa, con una vegetación exuberante y numerosas corrientes de agua que la cruzan.
Teníamos la idea de ir a las cascadas de Diyaluma, cercanas a Ella. Por recomendación de nuestro chófer, nos desviamos algo más hacia el norte y fuimos a ver la Cascada Dunhinda, que se encuentra a pocos kilómetros de la ciudad de Badulla y cuyo acceso es de pago.
Para llegar a ellas hay que hacer un sendero con vegetación selvática que parecía estar vigilado por monos que, para dejarnos pasar, nos conminaron a darles las mazorcas de maíz asadas que acabábamos de comprar.
El camino también está amenizado por la aparición de unas grandes arañas de color amarillo, que no son especialmente peligrosas pero que no son precisamente de los animales que más simpatías despiertan.
La cascada se ve desde un mirador al final del sendero y tiene la caida a una poza después de un salto de más de 60 metros de altura.

Terminada la excursión y después de comprar otras mazorcas para reponer las que nos requisaron los monos, tomamos la carretera de Badulla a Ella, para ir a nuestro hotel. En el trayecto paramos para ver la cascada de Kuda Ravana, uno de los ejemplos de los abundantes saltos de agua que existen en la Región de Uva.
Nos alojamos, en las afueras de Ella, en una de sus colinas cubiertas con una vegetación frondosa y variada que dan al paisaje aspecto de jardín botánico. La altitud (más de 1.000 metros sobre el nivel del mar) se deja notar: nos encontramos mantas en las camas y, realmente, no nos sobraron esa noche.



