Pues por fin llego a Pakistán. Un destino que siempre me llamó la atención pero nunca me imaginé visitar. La verdad que no es un destino al que hubiera venido solo. Pero al final se ha dado así. Es difícil encontrar no ya a alguien que se quiera venir a Pakistán, sino a alguien que se quiera venir el mes entero, así que son destinos que, como estés esperando ir con alguien, no irías. Si siguiera esperando a alguien para irse a Nepal como hace 10 años, no habría ido.
Llegar a Pakistán es tremendamente sencillo. La verdad que Turkish es probablemente la aerolínea más cómoda, con mejor comida y espacio entre asientos. Básicamente son 5 horas de Valencia a Estambul y otras cinco de Estambul a Islamabad. Lo malo es que no te da tiempo a dormir en condiciones en ninguno de los dos.
He llegado a Islamabad a las 3:30 de la noche. La aduana ha ido rapidísima, pero la recogida de la maleta me ha liado 40 minutos... Me veía que me quedaba sin la maleta. A las 4:30 he salido del aeropuerto y me he encontrado con dos chavales de la compañía. Me han puesto un collar de espumillón en la cabeza, me han saludado y han echado a andar. Yo como pollo sin cabeza los he seguido bajo un calor asfixiante a medio amanecer y destrozado. Nos hemos metido en un coche Suzuki microscópico reventado y 30 minutos de carretera hasta el alojamiento. En el camino hasta el hotel llama la atención las constantes banderas de Pakistán, alusiones al ejército, muchísimas motos y todo bastante hecho polvo. Pero me llama la atención que si esto fuera India estaría petadísimo de gente, y para nada: sin apenas tráfico hemos llegado al hotel a las 5:30.
Mi guía me ha dicho que me acueste a dormir, que con el calor que hace por la mañana no se puede hacer mucho, y que sobre las 13:00 vendrá a recogerme para visitar la ciudad.
Me he echado un sueño que es como si me hubiera acostado en España a las 3 de la mañana. He dormido 6 horas del tirón y me he despertado nuevo. Para comer me he sacado mi bocadillo de jamón con queso que llevaba desde España para este momento en concreto, especial.
A las 14:00 ha venido mi colega junto con su hermano y un pakistaní en un coche. El nivel de conversación con mis dos amigos nuevos es bastante básico, pero algo hemos podido hablar. Ellos son de Skardu, donde voy mañana, y entre ellos hablan un idioma que es el baltí. El hermano mayor es musulmán y el pequeño parece ser que le da bastante igual la religión. Lo primero que hemos hecho ha sido ir a cambiar dinero, y de ahí me han llevado al Museo de Pakistán. Un museo gigante sobre la cultura pakistaní que termina llamando más la atención por la gente que lo visita que por el contenido. El museo no está mal, tiene una zona de la ruta de la seda con un guerrero terracota de china original y espacios dedicados a todos los tanes, Irán y Turquía. Al ser mi primera inmersión en el país no puedo evitar que me llamen más la atención los grupos de escolares, jóvenes, las familias y demás. Además, es recíproco, porque de vez en cuando se me acerca un niño pequeño y me saluda. Los mayores me miran pero guardan respeto.
Fuera del museo se puede ver un análogo de mercado medieval en España, con su alfarero, pintores, tómbolas cutrisimas y demás. Todo lleno de monos que van rapiñando lo que puedan y la gente comprando mazorcas de maíz para darles. A 40 grados y una humedad escandalosa. Al ser todo tan nuevo se lleva bien.
Del museo hemos subido a un mirador en lo alto de la ciudad. Islamabad es una ciudad rarísima. Las calles no son manzanas de edificios, es como si las calles fueran por en medio del monte, todo verde y de vez en cuando asoma algún edificio o mezquita. Un puntazo son los camiones pakistaníes. Aquí tienen toda su propia cultura. Al igual que los autobuses guatemaltecos, cada camión va decorado de la forma más barroca posible. No recuerdo ver esto así de exagerado en la India. Están muy chulos.
Desde lo alto del mirador se ve Islamabad entera, y para nada parece una ciudad. Es como ver un bosque cuadriculado con edificios grandes salteados y algún bloque de viviendas. Se ve que la gran mayoría de la gente vive en la zona antigua, Rawalpindi, e Islamabad ha quedado como un centro político, de negocios y turístico. Nuevamente, aunque las vistas, con la gran mezquita a un lado, son muy bonitas, no puedo evitar flipar con la gente. Es el sitio más musulmán en el que he estado. Lo más parecido quizá sea Jordania, con la diferencia de que aquí hay mucha más gente. Aunque sea un ambiente muy musulmán, me lo esperaba más radical. Si bien se ven muchos niqabs y la gran mayoría de las mujeres van veladas, se ven muchas mujeres jóvenes y mayores sin velo. En los hombres yo diría que más de la mitad llevan atuendo tipico pakistaní, pero muchos visten totalmente occidentalizados. Como yo, vamos. Si doy el cante es porque soy el único imberbe en todo Islamabad, no por la vestimenta. En el mirador un hombrecillo se ha puesto a tocar una especie de guitarra con doscientas cuerdas, y al verme a mí se ha alegrado muchísimo y se ha puesto a cantar una especie de canción popular pakistaní a la que se han unido los que estábamos mirando. El hombre bien sabía que mi propina no son 20 míseras rupias.
Del mirador hemos ido ya al punto fuerte de Islamabad: la mezquita Faisal. La mezquita es un disparate de grande y de bonita. Es moderna, construida en los 70. Llama la atención que no es de cúpulas, sino que imita una gigantesca carpa beduina. Tiene capacidad para 300.000 personas y el ambiente es total. Miles de personas se juntan en los jardines de alrededor, en la explanada frente a la mezquita los críos corren, la gente se hace sus selfies y demás. Justo en la explanada ha comenzado el canto a la oración y cada vez más feligreses iban metiéndose dentro de la mezquita. Un río de gente. Muy bonito. Aquí también los niños pequeños se me acercan a darme la mano e incluso me piden que les haga una foto. Algún otro me habla y como no les entiendo nada, les doy la mano y se van contentísimos. Mi guía se ha echado su rezo mientras su hermano y yo hemos estado sentados en la explanada esperando. El fervor que genera el islam aquí es impresionante. En España, cualquier ritual cristiano suele tener una media de edad de 70 años. Aquí, en cambio, lo raro es ver a alguien mayor. Hay jóvenes y niños por todas partes. Entre los mayores de 50 es común ver la marca en la frente fruto de años de rezar, algo muy característico en países musulmanes.
De la mezquita, para las 19 hemos vuelto al hotel. El ambiente la verdad que si se parece a algo es a la India, pero no llega a ser ese agobio infernal de India. Se ve tráfico, también pobreza, pero nada exagerado. Es curioso que en los semáforos nos hemos encontrado con personas que a la vista parecen trans pidiendo, les llaman Hijras según me dice el chaval que me acompaña. Ya las había visto en India, pero me ha sorprendido encontrarlas también en Pakistán, un país tan conservador. Están, eso sí, en la marginalidad. También se ve pidiendo personas con secuelas de polio, aunque en mucha menor proporción que en India. Lo de la India es salvaje. Pakistan de momento no me ha resultado nada desbordante, bastante asumible.
En el hotel he descansado y me he animado a pillarme un Yango (el Uber pakistaní). Por apenas dos euros me ha llevado hasta la zona de los restaurantes en todo el centro de Islamabad y me he metido en uno que había leído que tenía fama: New Kabul Restaurant. En Pakistán hay una población afgana importante, refugiada de Afganistán de los talibanes. Se han asentado y su comida se ve que es famosa. Me he sentado y me he pedido unas brochetas de ternera estilo afgano y un arroz con albóndiga y carne que he cenado como un rey. Hay que decir que en todo el día solo había comido el bocadillo de jamón a las 12 del mediodía, por lo que el hambre que llevaba quizá haya influido en que me hayan sabido a gloria las brochetas afganas y el arroz. 7 euros que me ha costado con un trozo de pan afgano enorme, una Coca-Cola y un agua. Y viendo la gente que está en el restaurante, debe ser de los caros. Esto es como en India que por muy poco dinero puedes darte un auténtico festín.
Ya cenado, vuelta al hotel, diario, capitulito y a dormir. El día se ha dado perfecto y mañana, si tengo suerte, duermo ya en Skardu, lejos del calor. Y digo suerte porque el vuelo de Islamabad a Skardu tiene una tasa de cancelación del 40%. Se ve que el aeropuerto de Skardu depende de la visibilidad para aterrizar y no siempre es buena. Si no se pudiera volar es un fastidio porque toca carretera, y mejor ni pensarlo para no gafarlo.