Dormimos de un tirón, o casi. La lluvia había ido y venido durante la noche, por rachas, pero cuando abrimos la tienda nos encontramos con un cielo completamente despejado, de un azul limpio, sin una sola nube. Aunque es verdad que duró poco. Desde nuestra parcela se veía el brazo de mar del inlet adentrándose entre las montañas, mientras el sol recién salido arrancaba destellos a la madera todavía mojada.
La noche anterior habíamos llegado a Haines casi a oscuras, sin tiempo para apreciar el lugar. A la luz del día, el camping era otra cosa: una parcela amplia, árboles de buen porte, una mesa enorme y su correspondiente anillo para hacer fuego. Desayunamos Chips Ahoy con café y chocolate preparado con leche en polvo. Después de tantos días de avena, aquello fue poco menos que una rebelión alimentaria.
Nuestro primer destino era el Chilkoot River. Al fin y al cabo, esa era una de las razones principales por las que habíamos venido hasta Haines: los osos.
Tomamos Lutak Road y, a medida que nos acercábamos al río, empezamos a encontrar minibuses aparcados y gente caminando por la carretera. No hacía falta llegar al agua para intuir lo que estaba pasando. Allí estaba el famoso weir, una barrera metálica que atraviesa el río de orilla a orilla y obliga a los salmones a pasar por un estrecho canal. De ese modo, un técnico del Departamento de Pesca de Alaska puede contarlos desde una pequeña plataforma situada sobre el agua.
Desde finales de los años noventa, cuando las osas empezaron a bajar al río con sus crías para pescar a plena luz del día, este tramo, de apenas un par de kilómetros hasta el mar, se ha convertido en uno de los lugares de Alaska donde resulta relativamente fácil observar osos pardos.
Y, nada más llegar, tuvimos una de esas escenas que justifican un viaje entero: sobre la plataforma metálica había una osa grizzly acompañada de cuatro crías.
Cuatro.
No eran recién nacidas. Calculé que tendrían alrededor de un año y que seguirían con su madre otro más. Hasta entonces ni siquiera se me había pasado por la cabeza que una osa pudiera llevar cuatro crías de la misma camada. La imagen era extraordinaria, y nosotros estábamos allí, a pocos metros, intentando aprovechar cada segundo para hacer fotografías y vídeos.
La noche anterior habíamos llegado a Haines casi a oscuras, sin tiempo para apreciar el lugar. A la luz del día, el camping era otra cosa: una parcela amplia, árboles de buen porte, una mesa enorme y su correspondiente anillo para hacer fuego. Desayunamos Chips Ahoy con café y chocolate preparado con leche en polvo. Después de tantos días de avena, aquello fue poco menos que una rebelión alimentaria.
Nuestro primer destino era el Chilkoot River. Al fin y al cabo, esa era una de las razones principales por las que habíamos venido hasta Haines: los osos.
Tomamos Lutak Road y, a medida que nos acercábamos al río, empezamos a encontrar minibuses aparcados y gente caminando por la carretera. No hacía falta llegar al agua para intuir lo que estaba pasando. Allí estaba el famoso weir, una barrera metálica que atraviesa el río de orilla a orilla y obliga a los salmones a pasar por un estrecho canal. De ese modo, un técnico del Departamento de Pesca de Alaska puede contarlos desde una pequeña plataforma situada sobre el agua.
Desde finales de los años noventa, cuando las osas empezaron a bajar al río con sus crías para pescar a plena luz del día, este tramo, de apenas un par de kilómetros hasta el mar, se ha convertido en uno de los lugares de Alaska donde resulta relativamente fácil observar osos pardos.
Y, nada más llegar, tuvimos una de esas escenas que justifican un viaje entero: sobre la plataforma metálica había una osa grizzly acompañada de cuatro crías.
Cuatro.
No eran recién nacidas. Calculé que tendrían alrededor de un año y que seguirían con su madre otro más. Hasta entonces ni siquiera se me había pasado por la cabeza que una osa pudiera llevar cuatro crías de la misma camada. La imagen era extraordinaria, y nosotros estábamos allí, a pocos metros, intentando aprovechar cada segundo para hacer fotografías y vídeos.



El problema era que no había un solo hueco libre para aparcar.
Dejé a mi sobrino junto al río para que empezara a fotografiar y grabar, por si los osos decidían desaparecer antes de que yo encontrara sitio. Seguí conduciendo carretera adelante, buscando un lugar donde dejar el coche. Nada. Di la vuelta y regresé. Tampoco. Al final tuve que aparcar bastante lejos y volver andando hasta el punto donde había dejado a mi sobrino.
Pero mi sobrino ya no estaba.
Estuve diez o quince minutos subiendo y bajando por la carretera, cada vez más cabreado. Lo lógico era que me hubiera esperado donde lo había dejado. No teníamos móviles ni ninguna forma de llamarnos, así que solo quedaba recorrer la zona mirando las caras de la gente. Después de buscarlo sin éxito, regresé al coche y volví a conducir hacia el lago.
Y allí apareció, cerca ya de Chilkoot Lake, caminando por el arcén.
Resulta que me había visto pasar de largo con el coche, había echado a andar detrás de mí y, en algún punto del trayecto, nos habíamos cruzado sin darnos cuenta. Una búsqueda absurda, de esas que solo ocurren cuando uno no tiene manera de comunicarse y cada cual interpreta por su cuenta lo que está haciendo el otro.
Por fin nos reunimos y continuamos juntos hasta el lago.
Al menos, el susto había merecido la pena. Chilkoot Lake era precioso: el agua tenía un color casi irreal, las montañas del fondo lucían glaciares colgados y las nubes bajas se deshilachaban por las laderas, creando una luz cambiante que transformaba el paisaje a cada momento. En los árboles junto al río había águilas calvas inmóviles, contemplando el movimiento de la gente como si aquello no fuera con ellas.
Había bastantes visitantes, pero el lugar era lo suficientemente hermoso como para soportar la multitud. El lago toma su nombre de los tlingit chilkoot, y su orilla perteneció tradicionalmente al clan L’uknax Adi, cuyo emblema es el salmón rojo.
Dejé a mi sobrino junto al río para que empezara a fotografiar y grabar, por si los osos decidían desaparecer antes de que yo encontrara sitio. Seguí conduciendo carretera adelante, buscando un lugar donde dejar el coche. Nada. Di la vuelta y regresé. Tampoco. Al final tuve que aparcar bastante lejos y volver andando hasta el punto donde había dejado a mi sobrino.
Pero mi sobrino ya no estaba.
Estuve diez o quince minutos subiendo y bajando por la carretera, cada vez más cabreado. Lo lógico era que me hubiera esperado donde lo había dejado. No teníamos móviles ni ninguna forma de llamarnos, así que solo quedaba recorrer la zona mirando las caras de la gente. Después de buscarlo sin éxito, regresé al coche y volví a conducir hacia el lago.
Y allí apareció, cerca ya de Chilkoot Lake, caminando por el arcén.
Resulta que me había visto pasar de largo con el coche, había echado a andar detrás de mí y, en algún punto del trayecto, nos habíamos cruzado sin darnos cuenta. Una búsqueda absurda, de esas que solo ocurren cuando uno no tiene manera de comunicarse y cada cual interpreta por su cuenta lo que está haciendo el otro.
Por fin nos reunimos y continuamos juntos hasta el lago.
Al menos, el susto había merecido la pena. Chilkoot Lake era precioso: el agua tenía un color casi irreal, las montañas del fondo lucían glaciares colgados y las nubes bajas se deshilachaban por las laderas, creando una luz cambiante que transformaba el paisaje a cada momento. En los árboles junto al río había águilas calvas inmóviles, contemplando el movimiento de la gente como si aquello no fuera con ellas.
Había bastantes visitantes, pero el lugar era lo suficientemente hermoso como para soportar la multitud. El lago toma su nombre de los tlingit chilkoot, y su orilla perteneció tradicionalmente al clan L’uknax Adi, cuyo emblema es el salmón rojo.



Justo allí se encuentra también el camping estatal de Chilkoot Lake, una de las opciones que habíamos barajado para pasar la noche. Al final la descarté porque funciona por orden de llegada, sin posibilidad de reservar, y el día anterior habíamos llegado a Haines con las últimas luces. No sabíamos cuánta gente habría y preferí no arriesgarme.
Ahora, al verlo, comprobamos que había muchísimas parcelas libres. El camping estaba metido en un bosque precioso, pegado al lago, con treinta y dos plazas y unas instalaciones bastante buenas, incluidas las letrinas. Costaba menos de la mitad que Salmon Run, el camping privado donde nos alojábamos, aunque este último tenía la ventaja de estar vallado y disponer de duchas.
Eso sí, había un detalle que me hacía pensar. El camping estaba a apenas doscientos metros del lugar donde acabábamos de ver a los osos, y no tenía ninguna valla. Casi todos los alojados eran usuarios de autocaravanas; solo vimos una tienda de campaña. El entorno era magnífico, pero dormir allí en una tienda, tan cerca de un lugar frecuentado por grizzlies, imponía cierto respeto.
Volvimos a aparcar algo más cerca del río y estuvimos un rato adicional intentando ver algún oso. Pasadas las once y media decidimos que, por el momento, ya habíamos tenido suficiente con la madre y sus cuatro crías. Tocaba estirar las piernas y conocer algo más de los alrededores.
Antes de marcharnos, recorrimos el resto de Lutak Road, la carretera que bordea el inlet. A ambos lados aparecían casas situadas junto al agua, con vistas directas a las montañas. Y, entre unas propiedades y otras, águilas calvas por todas partes. Había siete u ocho posadas sobre las rocas de la orilla y otras tantas revoloteando alrededor. Era un espectáculo.
En los alrededores de Haines viven durante todo el año entre doscientas y cuatrocientas águilas calvas. Cuando llega el otoño, entre octubre y diciembre, más de tres mil pueden reunirse en el río para alimentarse del salmón tardío. Nosotros estábamos allí en agosto, todavía lejos de esa gran concentración, y aun así teníamos aves suficientes como para pasarnos la mañana observándolas.
Ahora, al verlo, comprobamos que había muchísimas parcelas libres. El camping estaba metido en un bosque precioso, pegado al lago, con treinta y dos plazas y unas instalaciones bastante buenas, incluidas las letrinas. Costaba menos de la mitad que Salmon Run, el camping privado donde nos alojábamos, aunque este último tenía la ventaja de estar vallado y disponer de duchas.
Eso sí, había un detalle que me hacía pensar. El camping estaba a apenas doscientos metros del lugar donde acabábamos de ver a los osos, y no tenía ninguna valla. Casi todos los alojados eran usuarios de autocaravanas; solo vimos una tienda de campaña. El entorno era magnífico, pero dormir allí en una tienda, tan cerca de un lugar frecuentado por grizzlies, imponía cierto respeto.
Volvimos a aparcar algo más cerca del río y estuvimos un rato adicional intentando ver algún oso. Pasadas las once y media decidimos que, por el momento, ya habíamos tenido suficiente con la madre y sus cuatro crías. Tocaba estirar las piernas y conocer algo más de los alrededores.
Antes de marcharnos, recorrimos el resto de Lutak Road, la carretera que bordea el inlet. A ambos lados aparecían casas situadas junto al agua, con vistas directas a las montañas. Y, entre unas propiedades y otras, águilas calvas por todas partes. Había siete u ocho posadas sobre las rocas de la orilla y otras tantas revoloteando alrededor. Era un espectáculo.
En los alrededores de Haines viven durante todo el año entre doscientas y cuatrocientas águilas calvas. Cuando llega el otoño, entre octubre y diciembre, más de tres mil pueden reunirse en el río para alimentarse del salmón tardío. Nosotros estábamos allí en agosto, todavía lejos de esa gran concentración, y aun así teníamos aves suficientes como para pasarnos la mañana observándolas.

Para el resto del día habíamos barajado un par de excursiones por los alrededores de Haines: Mount Riley y Mount Ripinski. El primero suponía unos doce kilómetros entre ida y vuelta y más de 450 metros de desnivel; el segundo, también en torno a doce kilómetros, estaba clasificado como difícil.
Después de los más de 82 kilómetros que acabábamos de completar en cuatro días de backpacking, ninguno de los dos tenía el cuerpo para otra paliza. Así que optamos por Battery Point, una ruta mucho más sencilla que yo ya había recorrido parcialmente con mi mujer en 2019.
A la entrada del sendero encontramos una señal que advertía de un avistamiento de oso exactamente un mes antes. Una forma bastante directa de recordarnos que, en Alaska, hasta los paseos más sencillos discurren por territorio de osos.
Comenzamos a caminar sin prisa. El primer kilómetro descendía suavemente por un bosque húmedo de enormes piceas de Sitka. Los troncos estaban cubiertos de musgo y el sendero, ancho y acondicionado, permitía avanzar cómodamente. Era una ruta accesible para casi cualquiera, muy distinta de los caminos que habíamos recorrido durante los últimos días.
Después de los más de 82 kilómetros que acabábamos de completar en cuatro días de backpacking, ninguno de los dos tenía el cuerpo para otra paliza. Así que optamos por Battery Point, una ruta mucho más sencilla que yo ya había recorrido parcialmente con mi mujer en 2019.
A la entrada del sendero encontramos una señal que advertía de un avistamiento de oso exactamente un mes antes. Una forma bastante directa de recordarnos que, en Alaska, hasta los paseos más sencillos discurren por territorio de osos.
Comenzamos a caminar sin prisa. El primer kilómetro descendía suavemente por un bosque húmedo de enormes piceas de Sitka. Los troncos estaban cubiertos de musgo y el sendero, ancho y acondicionado, permitía avanzar cómodamente. Era una ruta accesible para casi cualquiera, muy distinta de los caminos que habíamos recorrido durante los últimos días.

A poco menos de dos kilómetros, el bosque desembocó en la costa de Kelgaya Bay. Allí encontramos una playa de guijarros y, a un lado, Kelgaya Point, con un banco situado frente al agua. Desde el banco se contemplaban las montañas, los glaciares y las manchas de nieve que permanecían colgadas de las cumbres.
Era uno de esos lugares que le bajan a uno la voz sin necesidad de que nadie se lo pida.
Era uno de esos lugares que le bajan a uno la voz sin necesidad de que nadie se lo pida.

Seguimos adelante. El bosque volvió a cerrarse, pero esta vez tenía un carácter mucho más salvaje. Había menos señales de intervención humana, más vegetación y árboles enormes. A nosotros, después de tantos kilómetros por senderos a veces demasiado frecuentados, aquel ambiente nos gustó incluso más que la primera parte.
Desde allí dejamos de encontrar gente. Nos habíamos cruzado con un par de grupos al principio, pero ahora caminábamos solos, entre árboles gigantes y pequeñas playas que aparecían de vez en cuando a lo largo de la costa. El bosque y el mar parecían haberse repartido el terreno sin preocuparse demasiado por facilitarnos el paso.
Un poco más adelante, los árboles volvieron a abrirse y nos encontramos con otra playa, aún más salvaje y solitaria que la anterior. No había bancos ni rincones acondicionados, ni rastro de aquella costa más amable por la que habíamos pasado antes. Solo guijarros, vegetación y el agua extendiéndose al pie de las montañas. Para continuar, tuvimos que abandonar la orilla casi a la brava. Buscamos un punto por el que ganar altura y empezamos a trepar por la ladera como pudimos, apartando ramas y tanteando el terreno hasta encontrar de nuevo el sendero. Aunque llamarlo sendero era concederle demasiado: aquello era poco más que un camino de cabras, una traza estrecha e irregular, medio perdida entre la vegetación. Nos tocó avanzar con cuidado, ganándonos a pulso cada metro hasta recuperar el recorrido.
Desde allí dejamos de encontrar gente. Nos habíamos cruzado con un par de grupos al principio, pero ahora caminábamos solos, entre árboles gigantes y pequeñas playas que aparecían de vez en cuando a lo largo de la costa. El bosque y el mar parecían haberse repartido el terreno sin preocuparse demasiado por facilitarnos el paso.
Un poco más adelante, los árboles volvieron a abrirse y nos encontramos con otra playa, aún más salvaje y solitaria que la anterior. No había bancos ni rincones acondicionados, ni rastro de aquella costa más amable por la que habíamos pasado antes. Solo guijarros, vegetación y el agua extendiéndose al pie de las montañas. Para continuar, tuvimos que abandonar la orilla casi a la brava. Buscamos un punto por el que ganar altura y empezamos a trepar por la ladera como pudimos, apartando ramas y tanteando el terreno hasta encontrar de nuevo el sendero. Aunque llamarlo sendero era concederle demasiado: aquello era poco más que un camino de cabras, una traza estrecha e irregular, medio perdida entre la vegetación. Nos tocó avanzar con cuidado, ganándonos a pulso cada metro hasta recuperar el recorrido.


Al otro lado nos esperaba un bosque húmedo, cerrado y cubierto de musgo, de esos en los que la vegetación parece querer recuperar cada palmo de terreno. El sendero se internaba entre los árboles y descendía poco a poco, alejándonos de la costa abierta y conduciéndonos hacia el final de la ruta. Después de la pequeña aventura de la playa, volvimos a caminar bajo aquella bóveda verde, entre troncos enormes y una humedad que parecía formar parte del propio bosque.

Casi sin darnos cuenta llegamos a Battery Point, un saliente rocoso sobre Chilkoot Inlet, en el Lynn Canal. Nos encontrábamos en uno de los tramos más estrechos de este brazo de mar, con las montañas de enfrente levantándose al otro lado del agua.


Nos entretuvimos haciendo fotografías y disfrutando de las vistas. Para nuestra sorpresa, allí hacía más calor que en cualquier otro momento de la mañana, aunque no sabría decir por qué. Después emprendimos el regreso por un pequeño camino diferente al de la ida. Un poco más adelante, ambos senderos volvieron a juntarse y completamos la vuelta por la ruta principal.
En total, unos seis kilómetros. Justo lo que necesitábamos para estirar las piernas después de la travesía, sin exigirle demasiado a un cuerpo que todavía estaba recuperándose.
En total, unos seis kilómetros. Justo lo que necesitábamos para estirar las piernas después de la travesía, sin exigirle demasiado a un cuerpo que todavía estaba recuperándose.
Battery Point Trail


Llegamos a Haines pasadas las dos de la tarde y empezó la búsqueda de un sitio donde comer. Dimos varias vueltas por el pueblo. Habíamos localizado por internet un restaurante con buenas valoraciones, pero cuando llegamos ya estaba cerrado. Después de las dos, como tantas otras veces en Estados Unidos, la cosa se complica si uno pretende comer a la hora española.
Mientras aparcábamos, se detuvo a nuestro lado una ranchera enorme. De ella bajó una mujer que llevaba una pistolera con un revólver que parecía sacado directamente de una película de Harry el Sucio.
Nos quedamos de piedra.
Sabemos que llevar armas forma parte de la realidad cotidiana en muchos lugares de Estados Unidos y, especialmente, en zonas como Alaska. Pero una cosa es saberlo y otra encontrarse con una mujer que baja de su camioneta con semejante artilugio a la cintura. Por mucho que uno esté acostumbrado a verlo en las películas, la escena sigue llamando la atención.
Al final terminamos en el Pioneer Bar, junto al Bamboo Room. Era un establecimiento muy americano, de esos en los que uno no necesita demasiadas explicaciones para entender qué se come y cómo funciona el lugar. Pedimos un par de hamburguesas y una quesadilla gigantesca cuyo tamaño no habíamos sabido calcular al verla en la carta.
Salimos de allí completamente reventados. La comida estaba bien, pero las raciones eran enormes y, por supuesto, pagamos a precio americano.
Mientras aparcábamos, se detuvo a nuestro lado una ranchera enorme. De ella bajó una mujer que llevaba una pistolera con un revólver que parecía sacado directamente de una película de Harry el Sucio.
Nos quedamos de piedra.
Sabemos que llevar armas forma parte de la realidad cotidiana en muchos lugares de Estados Unidos y, especialmente, en zonas como Alaska. Pero una cosa es saberlo y otra encontrarse con una mujer que baja de su camioneta con semejante artilugio a la cintura. Por mucho que uno esté acostumbrado a verlo en las películas, la escena sigue llamando la atención.
Al final terminamos en el Pioneer Bar, junto al Bamboo Room. Era un establecimiento muy americano, de esos en los que uno no necesita demasiadas explicaciones para entender qué se come y cómo funciona el lugar. Pedimos un par de hamburguesas y una quesadilla gigantesca cuyo tamaño no habíamos sabido calcular al verla en la carta.
Salimos de allí completamente reventados. La comida estaba bien, pero las raciones eran enormes y, por supuesto, pagamos a precio americano.

Después de comer dimos otra vuelta por el pueblo y acabamos entrando en Alaska Sport Shop, una tienda gigantesca especializada en caza y pesca que nos encantó. Dentro había animales disecados de todo tipo: osos negros, grizzlies, un moose, pumas, una cabra montés y un carnero de Dall. También vendían armas, material de camping y equipo de senderismo.
Nos pasamos un buen rato recorriendo los pasillos. La tienda parecía condensar buena parte de la vida al aire libre de Alaska: animales, herramientas, ropa técnica y todo lo necesario para desenvolverse en un territorio donde salir al campo no es simplemente dar un paseo.
Después fuimos a un supermercado para reponer provisiones, porque empezábamos a andar escasos de comida. Entre otras cosas, compramos unos filetes de salmón con la intención de prepararlos en la fogata del camping aquella misma noche. La idea sonaba estupendamente, sobre todo después de haber visto durante la mañana a los osos pescando en el Chilkoot River. Aquello sí que era una forma de abrir el apetito.
Pero lo mejor del día todavía estaba por llegar.
Regresamos a Lutak Road, aparcamos de nuevo y sacamos las sillas plegables. Nuestro destino era un pequeño altillo junto al tótem del Chilkoot River Lodge, situado a unos dos o tres metros por encima del río. Desde allí teníamos una vista privilegiada del agua y de las montañas. Era, literalmente, el mejor palco posible para observar a los osos.
Nos pasamos un buen rato recorriendo los pasillos. La tienda parecía condensar buena parte de la vida al aire libre de Alaska: animales, herramientas, ropa técnica y todo lo necesario para desenvolverse en un territorio donde salir al campo no es simplemente dar un paseo.
Después fuimos a un supermercado para reponer provisiones, porque empezábamos a andar escasos de comida. Entre otras cosas, compramos unos filetes de salmón con la intención de prepararlos en la fogata del camping aquella misma noche. La idea sonaba estupendamente, sobre todo después de haber visto durante la mañana a los osos pescando en el Chilkoot River. Aquello sí que era una forma de abrir el apetito.
Pero lo mejor del día todavía estaba por llegar.
Regresamos a Lutak Road, aparcamos de nuevo y sacamos las sillas plegables. Nuestro destino era un pequeño altillo junto al tótem del Chilkoot River Lodge, situado a unos dos o tres metros por encima del río. Desde allí teníamos una vista privilegiada del agua y de las montañas. Era, literalmente, el mejor palco posible para observar a los osos.

No tuvimos que esperar demasiado.
La osa con sus cuatro crías apareció de nuevo. Esta vez cruzaron el río entero, de izquierda a derecha, pasando ante nosotros mientras aprovechábamos cada oportunidad para hacer fotografías. Las crías se movían con una mezcla de curiosidad y torpeza, siempre cerca de la madre, que parecía tenerlas controladas sin necesidad de estar encima de ellas a cada segundo.
Justo cuando pensábamos que se habían marchado definitivamente, apareció un oso macho.
El ambiente cambió de inmediato. Sabíamos que los machos pueden atacar a las crías, así que la situación nos puso en alerta. Las pequeñas, que hasta entonces habían estado moviéndose de un lado a otro con bastante libertad, regresaron corriendo junto a su madre y se incorporaron sobre las patas traseras.
Durante unos instantes nos quedamos pendientes de lo que pudiera ocurrir. Pero el macho no les hizo ningún caso. Siguió su camino y desapareció entre los árboles, dejando atrás una tensión que se disipó tan deprisa como había aparecido.
La osa con sus cuatro crías apareció de nuevo. Esta vez cruzaron el río entero, de izquierda a derecha, pasando ante nosotros mientras aprovechábamos cada oportunidad para hacer fotografías. Las crías se movían con una mezcla de curiosidad y torpeza, siempre cerca de la madre, que parecía tenerlas controladas sin necesidad de estar encima de ellas a cada segundo.
Justo cuando pensábamos que se habían marchado definitivamente, apareció un oso macho.
El ambiente cambió de inmediato. Sabíamos que los machos pueden atacar a las crías, así que la situación nos puso en alerta. Las pequeñas, que hasta entonces habían estado moviéndose de un lado a otro con bastante libertad, regresaron corriendo junto a su madre y se incorporaron sobre las patas traseras.
Durante unos instantes nos quedamos pendientes de lo que pudiera ocurrir. Pero el macho no les hizo ningún caso. Siguió su camino y desapareció entre los árboles, dejando atrás una tensión que se disipó tan deprisa como había aparecido.


Pasó un rato sin que ocurriera nada más. Después vimos otra osa, esta vez acompañada de una sola cría. También disfrutamos de aquella escena, con el río como telón de fondo y las montañas al otro lado del agua.

Finalmente regresó la familia de los cuatro osos. Esta vez se acercaron por nuestro lado y pasaron bastante cerca. Para entonces habían llegado más personas, todas apostadas en el mismo lugar, observando el río y esperando que los animales volvieran a aparecer. Yo tenía la réflex pegada a la cara, concentrado en conseguir las mejores fotografías.
Y entonces di un paso atrás.
O, mejor dicho, creí que daba un paso atrás sobre terreno firme.
Estaba mirando por el visor y había calculado mal dónde terminaba el altillo. Mi pie se desplazó hacia atrás y encontró el vacío. No había suelo. Caí de espaldas sobre la vegetación de la ribera.
Y allí, a unos cinco metros, estaba una de las crías. La madre se encontraba a unos veinte metros, y el resto de las pequeñas también andaban por las inmediaciones.
Pensé que iba a morir de la forma más tonta imaginable.
Había caído de espaldas, con los pies por encima de la cabeza, y no conseguía levantarme. Tenía que darme la vuelta para ponerme de pie, pero durante aquellos segundos la operación se me hizo interminable. Lo único que pensaba era que estaba perdiendo un tiempo precioso, con una osa y sus crías a escasos metros.
Cuando por fin conseguí incorporarme, los animales ya se habían alejado, asustados por el movimiento y el ruido. Mi sobrino y varias de las personas que estaban observando la escena me ayudaron a subir de nuevo hasta la parte alta.
Por suerte, salí de allí con apenas un par de rasguños. La vegetación de la ribera había amortiguado la caída y no sufrí ninguna lesión importante. Podría haber acabado bastante peor, pero todo quedó en un susto monumental.
Supongo que mi sobrino se llevó también un buen susto al verme tirado ahí abajo. Y no era para menos. Una cosa es fotografiar osos desde un lugar seguro y otra muy distinta terminar en la ribera, a escasos metros de una cría, por no calcular bien dónde termina el suelo.
Sin duda, aquella caída se convirtió en la anécdota del viaje. No todos los días se pierde pie mientras se fotografía una familia de grizzlies, y mucho menos se sale del trance con tan pocas consecuencias. Aquel día aprendí, de la manera más tonta posible, que por muy extraordinaria que sea una fotografía nunca merece la pena perder de vista el terreno que uno pisa.
Y entonces di un paso atrás.
O, mejor dicho, creí que daba un paso atrás sobre terreno firme.
Estaba mirando por el visor y había calculado mal dónde terminaba el altillo. Mi pie se desplazó hacia atrás y encontró el vacío. No había suelo. Caí de espaldas sobre la vegetación de la ribera.
Y allí, a unos cinco metros, estaba una de las crías. La madre se encontraba a unos veinte metros, y el resto de las pequeñas también andaban por las inmediaciones.
Pensé que iba a morir de la forma más tonta imaginable.
Había caído de espaldas, con los pies por encima de la cabeza, y no conseguía levantarme. Tenía que darme la vuelta para ponerme de pie, pero durante aquellos segundos la operación se me hizo interminable. Lo único que pensaba era que estaba perdiendo un tiempo precioso, con una osa y sus crías a escasos metros.
Cuando por fin conseguí incorporarme, los animales ya se habían alejado, asustados por el movimiento y el ruido. Mi sobrino y varias de las personas que estaban observando la escena me ayudaron a subir de nuevo hasta la parte alta.
Por suerte, salí de allí con apenas un par de rasguños. La vegetación de la ribera había amortiguado la caída y no sufrí ninguna lesión importante. Podría haber acabado bastante peor, pero todo quedó en un susto monumental.
Supongo que mi sobrino se llevó también un buen susto al verme tirado ahí abajo. Y no era para menos. Una cosa es fotografiar osos desde un lugar seguro y otra muy distinta terminar en la ribera, a escasos metros de una cría, por no calcular bien dónde termina el suelo.
Sin duda, aquella caída se convirtió en la anécdota del viaje. No todos los días se pierde pie mientras se fotografía una familia de grizzlies, y mucho menos se sale del trance con tan pocas consecuencias. Aquel día aprendí, de la manera más tonta posible, que por muy extraordinaria que sea una fotografía nunca merece la pena perder de vista el terreno que uno pisa.

Casi a las nueve de la noche decidimos regresar al camping. Habíamos pasado horas junto al río, disfrutando de una de las mejores experiencias de observación de fauna de todo el viaje, aunque mi caída había añadido un capítulo que nadie habría elegido.
Mi sobrino se encargó de encender la fogata. No resultó sencillo. La madera estaba empapada y, aunque habíamos comprado al anfitrión un bundle —un paquete de palos finos para prender el fuego y troncos más gruesos—, costó bastante conseguir que aquello ardiera. Tardamos un buen rato, pero al final logramos encenderlo.
Entonces llegó el momento del salmón.
Habíamos comprado los filetes con la ilusión de preparar una cena memorable, imaginando algo parecido al pescado que habíamos visto perseguir a los osos durante toda la tarde. Pero la realidad fue bastante menos gloriosa. El salmón quedó duro y reseco, y la cena resultó un fracaso culinario.
Nos lo comimos con unas tortillas de maíz. No estaba incomestible, pero desde luego no era lo que esperábamos. Aquel salmón de supermercado no tenía nada que ver con los salmones que los osos del Chilkoot sacaban del río.
La ironía no se nos escapó: habíamos pasado el día contemplando a los grandes expertos de Alaska pescando su cena y, cuando nos tocó a nosotros, ni siquiera fuimos capaces de cocinarla decentemente.
Aun así, no podíamos quejarnos. Habíamos visto una osa con cuatro crías, otra con una sola, un macho que apareció entre ellas, decenas de águilas calvas y un paisaje extraordinario. Habíamos caminado por bosques húmedos, visitado playas y descubierto un rincón de Alaska en el que la vida salvaje parecía formar parte de la rutina diaria.
Y yo, además, había tenido ocasión de comprobar que el verdadero peligro no siempre viene de los osos. A veces basta con un paso mal calculado y una cámara pegada a la cara.
La fogata terminó de consumir los últimos troncos mientras nos preparábamos para dormir. Al día siguiente seguiríamos explorando Haines, aunque después de lo ocurrido con la osa y las crías, me parecía difícil que nada pudiera superar aquella jornada.
Mi sobrino se encargó de encender la fogata. No resultó sencillo. La madera estaba empapada y, aunque habíamos comprado al anfitrión un bundle —un paquete de palos finos para prender el fuego y troncos más gruesos—, costó bastante conseguir que aquello ardiera. Tardamos un buen rato, pero al final logramos encenderlo.
Entonces llegó el momento del salmón.
Habíamos comprado los filetes con la ilusión de preparar una cena memorable, imaginando algo parecido al pescado que habíamos visto perseguir a los osos durante toda la tarde. Pero la realidad fue bastante menos gloriosa. El salmón quedó duro y reseco, y la cena resultó un fracaso culinario.
Nos lo comimos con unas tortillas de maíz. No estaba incomestible, pero desde luego no era lo que esperábamos. Aquel salmón de supermercado no tenía nada que ver con los salmones que los osos del Chilkoot sacaban del río.
La ironía no se nos escapó: habíamos pasado el día contemplando a los grandes expertos de Alaska pescando su cena y, cuando nos tocó a nosotros, ni siquiera fuimos capaces de cocinarla decentemente.
Aun así, no podíamos quejarnos. Habíamos visto una osa con cuatro crías, otra con una sola, un macho que apareció entre ellas, decenas de águilas calvas y un paisaje extraordinario. Habíamos caminado por bosques húmedos, visitado playas y descubierto un rincón de Alaska en el que la vida salvaje parecía formar parte de la rutina diaria.
Y yo, además, había tenido ocasión de comprobar que el verdadero peligro no siempre viene de los osos. A veces basta con un paso mal calculado y una cámara pegada a la cara.
La fogata terminó de consumir los últimos troncos mientras nos preparábamos para dormir. Al día siguiente seguiríamos explorando Haines, aunque después de lo ocurrido con la osa y las crías, me parecía difícil que nada pudiera superar aquella jornada.
