Hoy salimos de excursión al Parque Nacional de Gorkhi-Terelj. Es el mismo viaje que hicieron ayer nuestros compañeros del hostal. Mi tobillo está mucho mejor aunque tengo un buen morado que parece indicar que fue una buena torcedura. A pesar de que sigo teniendo molestias por el golpe, no tengo el dolor que tenía en días anteriores.
Salimos en dos coches. En uno, la que escribe y la madre que la parió, y en otro los tres amigos que conocí ayer. Nosotras vamos con Buggi, el conductor que nos trajo de la estación el primer día. Me cae bien, así que me alegra que sea él quien nos lleve al parque.
Paramos en un supermercado fuera de la ciudad para comprar agua y algunos snacks. Buggi ha de comprar gasolina para la familia que nos alojara, así que hemos parado en una gasolinera. M y yo no necesitamos comprar demasiadas cosas, pero aún así algo cae al carro de la compra.
Buggi es un poco tímido y habla poco inglés, pero aún así tenemos muy pequeñas conversaciones sobre lo que pasa a nuestro alrededor. La carretera está mal asfaltada y eso cuando lo está. La circulación fuera de la ciudad es igual de mala que dentro del casco urbano y las reglas de circulación brillan por su ausencia. No ayuda, que en la carretera haya peatones cruzándola, con paso parsimonioso, de un lado a otro.
La entrada al parque la hacemos por caminos de tierra. Se ve a un lado que están arreglando el asfalto de lo que fué o será la carretera. La entrada al parque nacional son 3000 T por persona.
Las vistas son fabulosas: caballos, cabras, yaks, águilas e incluso algún camello. Las formaciones rocosas que rodean el parque son también muy impresionantes y aunque me recuerdan a nuestra Montaña de Montserrat, esto es muchísimo más impresionante.
Llegamos al campamento Buveit, dónde una familia local tiene 3 gerds a modo de pequeño motel para turistas. De uno de los gerds salen los 4 finlandeses que teníamos en la habitación de al lado. El chico del grupo estudió en Valladolid y habla un poquito de español, así que desde el primer día hemos intercambiado algunas conversaciones alternando inglés y español. Ellos llegaron ayer y se quedan una noche más en el Parque. De otro de los gerds, que será el que ocupemos nosotras, sale el chico de Singapur, nuestro amigo colombiano y una chica coreana. Los tres nos avisan de que han pasado mucho frío esta noche y que no tenían leña para la estufa del Gerd. El américo-colombiano parece que ha pasado hambre porque nos comenta la escasez de los platos que les han servido.
Llevamos ropa de abrigo para el frío y además, algunas galletas con las que de seguro combatiremos el hambre.
Compartiremos el gerd con el alemán, el canadiense y el sueco. No vamos a comer hasta las 14h y el alemán se cae casi del susto. Tiene ya mucha hambre y son sólo las 12 de la mañana.
Los recién llegados nos vamos a hacer una pequeña excursión en dos grupos. M y yo hemos escogido un camino difícil con la esperanza de encontrar en la cima de la montaña, unas bonitas vistas del valle. Una vez arriba el corazón nos va a mil. No en vano la pendiente de la montaña es bastante grande, así que aunque disfrutamos de su coronación, decidimos no ir demasiado lejos ya que hemos de bajar para comer en un plis.
Regresamos más o menos todos al mismo tiempo. Parece que nos hayamos puesto de acuerdo y mientras el otro grupo se va a jugar a cartas al gerd, M y yo nos sentamos en la mesa a tomar el sol y contemplar el paisaje.
Como estamos ya puestas, somos las primeras en recibir nuestro plato de comida consistente en unos fideos gordos que aquí se empeñan en llamar macarrones, un poco de carne, algo de verdura y patata. En un acto de compasión, voy a avisar al alemán de que por fin tiene la comida. Me mira con ojos de pena y alegría a la vez, mientras le doy la buena nuevas. No puede creerse que haya llegado el momento tan esperado. Al poco el grupo de finlandeses sale de su gerd para unirse a nosotros.
M no ha acabado su plato, así que se lo da al alemán que ha devorado su plato en un santiamén y ha informado que sigue teniendo un hambre voraz. Éste ha agradecido enormemente el plato de comida y por tanto M ya se ha ganado su simpatía. Después de comer nos han dicho que iremos a montar a caballo durante una hora los recién llegados. Los veteranos hacen una ruta de 4 horas a caballo hasta un templo budista que hay en el parque.
A ellos les toca primero y nosotros hasta que no regresen no podemos hacer nuestra hora. Hemos intentado convencerles que lo óptimo es invertir el orden, pero no ha habido manera de entenderse.
M y yo nos vamos a leer al gerd, aunque yo caigo rendida a una corta siesta al poco de empezar. Nuestros compañeros juegan a cartas durante unas buenas 3 horas.
Salgo a hacer fotos y acabo hablando con el que yo pensaba cuidaba de los caballos, pero que resulta ser el padre de la familia. Le pregunto por el nombre de los dos caballos que tengo delante y aunque me los dice, los olvido tan pronto como he conseguido repetírselos. Me dice que son los “strong horse”, así que supongo que son los que cargan más fardos cuando tiene que ir a la ciudad aunque bien podrían ser los sementales. Como viene siendo habitual últimamente, lo primero que hace es preguntarme mi edad. Habla poquito inglés, pero conseguimos intercambiar una corta conversación hasta que finaliza su cigarrillo y ha de volver al trabajo.
El otro grupo acaba llegando cerca de las siete de la tarde. El sol ya está muy bajo pero salimos igualmente.
El padre de familia insiste a su hijo a que me dé a mi uno de los caballos que antes me ha presentado. Es muy grande y aunque yo le insisto que me de uno más chiquitito acorde a mi altura, acabo montando el que me dicen.
La silla es una simple tela con un cojín encima, las riendas unas cuerdas y los estribos una pieza de hierro que no consigo enganchar correctamente en mi pié derecho.
Para mi es la segunda vez que monto a caballo, pero para los tres amigos es la primera. Comparto lo poco que recuerdo de cuando monté por primera vez a esa cabrona de yegua llamada Thelma durante un fin de semana que no paraba de correr porque quería ir primera a todas partes. ¡Hay nombres que no se olvidan!
Bordeamos la colina del valle en el que estamos alojados. Trotamos hacía el sol y pasamos por en medio de algunas ganaderías de otras familias. Me da un poco de respeto cuando pasamos entre los yaks, sobretodo porque mi caballo, decide pararse justo en medio de la manada a comer hierba. Nos acompaña en todo momento el hijo mediano de la familia. Es un pillo que se pone detrás de mi caballo a atusarlo cada vez que yo le hago bajar la velocidad. Me hace trotar cuando quiere, aunque al final desiste porque consigo dominar siempre al caballo para que pare. No voy muy segura encima y el terreno es absolutamente irregular con lo que no me importa ir a paso lento admirando el paisaje.
Los caballos conocen bien la ruta. Aunque el chaval ha decidido pararse a charlar con una familia vecina, nosotros hemos ido avanzando hacia el lugar de destino.
A la llegada me duele un poco la rodilla, pero nada más.
Nos ponen enseguida el plato de la cena. Los finlandeses deben haber cenado mientras nosotros íbamos a caballo porque en la mesa acabamos únicamente nosotros 5. Esta vez cenamos arroz con algunas patatas fritas y algo de carne. M quiere compartir enseguida ya su cena con los chicos, pero ellos le piden que primero coma ella y que se quedaran con lo que decida dejar en el plato.
Después de la cena reclamo que nos enciendan el fuego del gerd y nos den algo para alumbrar. Los chicos traen leña para la noche mientras nos encienden el fuego y colocan dos velas a modo de lumbre.
Una vez la estufa prende hace un calor horroroso dentro del gerd. Parece una sauna, así que dejamos la puerta abierta para que se vaya el calor. Tanto el sueco, como el alemán como el canadiense dicen que tienen chimenea en sus casas, así que acaban debatiendo cual es la mejor opción para quemar combustible y que dure más. Si hace demasiado calor y nos ponemos poca ropa para dormir, acabaremos despertándonos con frío si nadie alimenta el fuego. Yo me he puesto mi ropa interior de invierno y la verdad es que no noto ni el calor. Acabo durmiendo mientras conversan y lo que no tiene perdón es que he dejado cinco miserables página para acabar finalmente el libro.
Salimos en dos coches. En uno, la que escribe y la madre que la parió, y en otro los tres amigos que conocí ayer. Nosotras vamos con Buggi, el conductor que nos trajo de la estación el primer día. Me cae bien, así que me alegra que sea él quien nos lleve al parque.
Paramos en un supermercado fuera de la ciudad para comprar agua y algunos snacks. Buggi ha de comprar gasolina para la familia que nos alojara, así que hemos parado en una gasolinera. M y yo no necesitamos comprar demasiadas cosas, pero aún así algo cae al carro de la compra.
Buggi es un poco tímido y habla poco inglés, pero aún así tenemos muy pequeñas conversaciones sobre lo que pasa a nuestro alrededor. La carretera está mal asfaltada y eso cuando lo está. La circulación fuera de la ciudad es igual de mala que dentro del casco urbano y las reglas de circulación brillan por su ausencia. No ayuda, que en la carretera haya peatones cruzándola, con paso parsimonioso, de un lado a otro.
La entrada al parque la hacemos por caminos de tierra. Se ve a un lado que están arreglando el asfalto de lo que fué o será la carretera. La entrada al parque nacional son 3000 T por persona.
Las vistas son fabulosas: caballos, cabras, yaks, águilas e incluso algún camello. Las formaciones rocosas que rodean el parque son también muy impresionantes y aunque me recuerdan a nuestra Montaña de Montserrat, esto es muchísimo más impresionante.
Llegamos al campamento Buveit, dónde una familia local tiene 3 gerds a modo de pequeño motel para turistas. De uno de los gerds salen los 4 finlandeses que teníamos en la habitación de al lado. El chico del grupo estudió en Valladolid y habla un poquito de español, así que desde el primer día hemos intercambiado algunas conversaciones alternando inglés y español. Ellos llegaron ayer y se quedan una noche más en el Parque. De otro de los gerds, que será el que ocupemos nosotras, sale el chico de Singapur, nuestro amigo colombiano y una chica coreana. Los tres nos avisan de que han pasado mucho frío esta noche y que no tenían leña para la estufa del Gerd. El américo-colombiano parece que ha pasado hambre porque nos comenta la escasez de los platos que les han servido.
Llevamos ropa de abrigo para el frío y además, algunas galletas con las que de seguro combatiremos el hambre.
Compartiremos el gerd con el alemán, el canadiense y el sueco. No vamos a comer hasta las 14h y el alemán se cae casi del susto. Tiene ya mucha hambre y son sólo las 12 de la mañana.
Los recién llegados nos vamos a hacer una pequeña excursión en dos grupos. M y yo hemos escogido un camino difícil con la esperanza de encontrar en la cima de la montaña, unas bonitas vistas del valle. Una vez arriba el corazón nos va a mil. No en vano la pendiente de la montaña es bastante grande, así que aunque disfrutamos de su coronación, decidimos no ir demasiado lejos ya que hemos de bajar para comer en un plis.
Regresamos más o menos todos al mismo tiempo. Parece que nos hayamos puesto de acuerdo y mientras el otro grupo se va a jugar a cartas al gerd, M y yo nos sentamos en la mesa a tomar el sol y contemplar el paisaje.
Como estamos ya puestas, somos las primeras en recibir nuestro plato de comida consistente en unos fideos gordos que aquí se empeñan en llamar macarrones, un poco de carne, algo de verdura y patata. En un acto de compasión, voy a avisar al alemán de que por fin tiene la comida. Me mira con ojos de pena y alegría a la vez, mientras le doy la buena nuevas. No puede creerse que haya llegado el momento tan esperado. Al poco el grupo de finlandeses sale de su gerd para unirse a nosotros.
M no ha acabado su plato, así que se lo da al alemán que ha devorado su plato en un santiamén y ha informado que sigue teniendo un hambre voraz. Éste ha agradecido enormemente el plato de comida y por tanto M ya se ha ganado su simpatía. Después de comer nos han dicho que iremos a montar a caballo durante una hora los recién llegados. Los veteranos hacen una ruta de 4 horas a caballo hasta un templo budista que hay en el parque.
A ellos les toca primero y nosotros hasta que no regresen no podemos hacer nuestra hora. Hemos intentado convencerles que lo óptimo es invertir el orden, pero no ha habido manera de entenderse.
M y yo nos vamos a leer al gerd, aunque yo caigo rendida a una corta siesta al poco de empezar. Nuestros compañeros juegan a cartas durante unas buenas 3 horas.
Salgo a hacer fotos y acabo hablando con el que yo pensaba cuidaba de los caballos, pero que resulta ser el padre de la familia. Le pregunto por el nombre de los dos caballos que tengo delante y aunque me los dice, los olvido tan pronto como he conseguido repetírselos. Me dice que son los “strong horse”, así que supongo que son los que cargan más fardos cuando tiene que ir a la ciudad aunque bien podrían ser los sementales. Como viene siendo habitual últimamente, lo primero que hace es preguntarme mi edad. Habla poquito inglés, pero conseguimos intercambiar una corta conversación hasta que finaliza su cigarrillo y ha de volver al trabajo.
El otro grupo acaba llegando cerca de las siete de la tarde. El sol ya está muy bajo pero salimos igualmente.
El padre de familia insiste a su hijo a que me dé a mi uno de los caballos que antes me ha presentado. Es muy grande y aunque yo le insisto que me de uno más chiquitito acorde a mi altura, acabo montando el que me dicen.
La silla es una simple tela con un cojín encima, las riendas unas cuerdas y los estribos una pieza de hierro que no consigo enganchar correctamente en mi pié derecho.
Para mi es la segunda vez que monto a caballo, pero para los tres amigos es la primera. Comparto lo poco que recuerdo de cuando monté por primera vez a esa cabrona de yegua llamada Thelma durante un fin de semana que no paraba de correr porque quería ir primera a todas partes. ¡Hay nombres que no se olvidan!
Bordeamos la colina del valle en el que estamos alojados. Trotamos hacía el sol y pasamos por en medio de algunas ganaderías de otras familias. Me da un poco de respeto cuando pasamos entre los yaks, sobretodo porque mi caballo, decide pararse justo en medio de la manada a comer hierba. Nos acompaña en todo momento el hijo mediano de la familia. Es un pillo que se pone detrás de mi caballo a atusarlo cada vez que yo le hago bajar la velocidad. Me hace trotar cuando quiere, aunque al final desiste porque consigo dominar siempre al caballo para que pare. No voy muy segura encima y el terreno es absolutamente irregular con lo que no me importa ir a paso lento admirando el paisaje.
Los caballos conocen bien la ruta. Aunque el chaval ha decidido pararse a charlar con una familia vecina, nosotros hemos ido avanzando hacia el lugar de destino.
A la llegada me duele un poco la rodilla, pero nada más.
Nos ponen enseguida el plato de la cena. Los finlandeses deben haber cenado mientras nosotros íbamos a caballo porque en la mesa acabamos únicamente nosotros 5. Esta vez cenamos arroz con algunas patatas fritas y algo de carne. M quiere compartir enseguida ya su cena con los chicos, pero ellos le piden que primero coma ella y que se quedaran con lo que decida dejar en el plato.
Después de la cena reclamo que nos enciendan el fuego del gerd y nos den algo para alumbrar. Los chicos traen leña para la noche mientras nos encienden el fuego y colocan dos velas a modo de lumbre.
Una vez la estufa prende hace un calor horroroso dentro del gerd. Parece una sauna, así que dejamos la puerta abierta para que se vaya el calor. Tanto el sueco, como el alemán como el canadiense dicen que tienen chimenea en sus casas, así que acaban debatiendo cual es la mejor opción para quemar combustible y que dure más. Si hace demasiado calor y nos ponemos poca ropa para dormir, acabaremos despertándonos con frío si nadie alimenta el fuego. Yo me he puesto mi ropa interior de invierno y la verdad es que no noto ni el calor. Acabo durmiendo mientras conversan y lo que no tiene perdón es que he dejado cinco miserables página para acabar finalmente el libro.
