Despegamos de Oslo mientras anochece y tras 3 horas aterrizamos en Svalbard de día. Ya desde la ventana del avión vemos las cumbres inhóspitas y heladas del vasto territorio deshabitado.


El pequeño aeropuerto está encajado entre las montañas y el mar. Solo hay una cinta para recoger maletas. Bajas del avión y entras en la nevera. El paisaje se atisba prometedor.
Nada más salir del aeropuerto una señal de "peligro osos" nos da la bienvenida.

En la calle, a pie del fiordo y junto al mar nos esperan 2 autobuses para recoger a los pasajeros del vuelo y llevarlos a sus hoteles. Subimos y antes de partir pasa con el conductor con datáfono a cobrar. Son 170 NOK (17euros) por persona para ida y vuelta.
En apenas 10 minutos nos dejan en el hotel que hemos reservado para los primeros dos días: Gjestehuset 102. Está en Nybyen en la periferia de la ciudad. Es una zona apartada pero preciosa.


Mientras nos dirigimos a la entrada vemos a un pequeño zorro ártico paseando por la calle.
Son cerca de las 2.00h AM y no hay nadie en recepción. Han dejado las llaves de las habitaciones para los huéspedes en la entrada, pero para nosotros no hay llave. Empezamos bien....
Nos disponemos a llamar, pero el teléfono no da línea. Nos miramos y aparecen los sudores fríos.
Al final nos ayuda un cliente del hotel y llama por nosotros. Tardan menos de 5 minutos en venir y finalmente podemos irnos a dormir.
El día siguiente lo dedicamos a explorar Longyearbyen a pie por nuestra cuenta.
Aquí viven unas 2000 personas. Es la población de más de 1000 habitantes más septentrional del mundo.
La zona de Nybyen nos parece ideal. Solo se escucha el ruido del agua y del viento. Y desde nuestra ventana tenemos una vista idílica del valle y de los glaciares.
Bajamos por la carretera hasta el centro observando las viejas y destartaladas cabañas de colores, la verde tundra y las flores de algodón.


Vemos renos pastando. Más pequeños y gorditos que los de Noruega. Nos acercamos y no se van. Se dejan fotografiar.

El colegio está protegido con una gran valla anti-osos.
No podemos salir de la zona segura de la ciudad sin un arma o un acompañante armado.
Hay varias tiendas de material deportivo de inverno y souvenirs, una Iglesia, un hospital, una farmacia, una Universidad, una biblioteca, una oficina de correos, restaurantes, un gran Supermercado (con sección de comida preparada) y una tienda separada donde se vende el alcohol (donde nos pedirán la tarjeta de embarque para poder comprarlo).

También hay un pequeño cementerio en una colina del valle. Pero aquí nadie puede ser enterrado de forma tradicional ya que el permafrost hace salir todo a la superficie. Si vas a descansar aquí debe ser en formato ceniza.
En la oficina de información turística se pueden pedir prestadas bicicletas para 3 días. Sin coste. Ni siquiera te piden el pasaporte.
Si os alojáis en Nyben es bueno saber que hay una media hora de caminata al centro. Bajar está muy bien pero subir ya no tanto. Y con la bici si no estás muy en forma no llegas...Hay taxis que te suben y cuestan entre 10 y 15 Euros al cambio.
Contamos alrededor de una decena de hoteles en el centro. Mucho más caros que en Nyben.
Nos sorprende la cantidad de motos de nieve que hay por todos lados, que las casas estén sobre pilotes debido al permafrost y que las tuberías no vayan por dentro de los edificios sino que estén expuestas.
De camino hacia el mar nos paramos a fotografiar las casas de colores típicas de todas postales de Svalvard.

Al llegar al mar nos empieza a perseguir un pájaro, una especie de gaviota pequeñita. Nos revolotea y nos intenta picar en la cabeza. Me pongo la mochila en la cabeza para poder avanzar y se lanza en plancha a picotearla mientras me da la risa e intento huir. Luego sabremos que el pobre pájaro ha cruzado el globo, desde la Antártida hasta el Ártico para poner un huevo y solo intenta protegerlo. Eso bien vale un buen picotazo
Islandia e Islas Svalbard