Después de desayunar en el hotel, iniciamos nuestra primera jornada completa en tierras eslovenas trasladándonos en el bus hasta su capital, que nos recibió con buena temperatura, nubes y claros en el cielo y un gran atasco. Así que tardamos un buen rato en llegar a Miklosicev Park, donde nos esperaba el guía local que nos acompañó en una visita a pie que se prolongó casi toda la mañana. El centro histórico está cerrado al tráfico y solo se permite la circulación de vehículos autorizados y de unos minibuses eléctricos gratuitos, que se pusieron porque los residentes de la zona se quejaron por la dificultad de moverse por su propio barrio. Cualquiera puede utilizar estos minibuses. De todas formas, resulta muy agradable pasear por el casco antiguo, ya que tampoco es demasiado extenso.

Según había leído en Wikipedia, las marismas de Liubliana (Ljubljana en esloveno) ya estaban habitadas hace cuatro mil años por pueblos que vivían en casas de madera sobre pilotes, pero su origen cierto se remonta al siglo I a.C., cuando los romanos instalaron primero un campamento militar y luego un asentamiento permanente denominado Emona, al que dotaron de murallas y cuya población llegó a sobrepasar los cinco mil habitantes. Atila destruyó la ciudad en el año 452 y con el paso de los siglos fue hostigada por los magiares y ocupada por ostrogodos y francos. El nombre de Luvigana apareció por primera vez en 1144 y en 1220 ya tenía categoría de ciudad y acuñaba su propia moneda. A finales del siglo XIII, cayó en manos de la Casa de Habsburgo, que la mantuvo en su poder hasta 1797.

Tras el intervalo napoleónico, volvió a formar parte del Imperio Austrohúngaro hasta su desaparición tras la Gran Guerra, cuando Eslovenia pasó a formar parte del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, convertido en el Reino de Yugoslavia en 1929. Finalizada la II Guerra Mundial, Liubliana era la capital de la República Socialista de Eslovenia, integrada en la República Socialista Federativa de Yugoslavia, de la que se independizó en 1991 después de un breve conflicto bélico.

Liubliana se encuentra a 295 metros de altitud sobre el nivel del mar, a medio camino entre los Alpes Julianos y la región del Karst, en el valle del río Ljblanica, que vierte sus aguas al Sava en el norte de la ciudad. Situada en una zona sísmica bastante activa, ha sufrido varios terremotos, los más importantes en 1511 y 1895, realizándose reconstrucciones de los edificios destruidos en estilo renacentista y Art Nouveau, respectivamente. En la actualidad, la capital eslovena cuenta con cerca de 300.000 habitantes.

Todas estas explicaciones y otras muchas nos las dio el guía local, que nos llevó a la calle Miklosiceva para empezar el recorrido por la zona peatonal. Y fue un excelente comienzo, ya que esta calle ofrece una panorámica encantadora a la luz del sol, con unas fachadas preciosas, especialmente la del Palacio de Justicia, muy bien complementadas por la de la Cooperativa Agropecuaria y las de lo que hoy en día son un par de hoteles.





Al fondo, pudimos divisar la Iglesia Franciscana de la Anunciación, construida a mediados del siglo XVII en estilo barroco temprano, que ya se encuentra en Presernov Trg (plaza Preseren), una de las más importantes y bulliciosas de la ciudad, presidida por la escultura de France Preseren, uno de los poetas eslovenos más importantes y que le da nombre. Otros edificios destacados allí son la Biblioteca y el Monasterio Franciscano, la Farmacia Central, el Palaca Urbanc y la Casa Hauptmann. Ni que decir tiene que, al igual que otros cientos de turistas, permanecimos en este lugar un buen rato, escuchando la historia, las leyendas y las anécdotas de los distintos edificios por parte del guía local. Menos mal que, previamente, nos habían entregado un artilugio con auriculares –para todo el viaje- con el que escuchar al guía sin tener que permanecer a su lado como lapas. De ese modo puedes campar a tus anchas unos cuantos metros alrededor sin perder el hilo.




Además, la plaza se abre a otro de los lugares imprescindibles de Liubliana, el Puente Triple sobre el río Ljblanica, y cuyo nombre se refiere al conjunto que forman sus tres pasarelas. Al otro lado del puente, se encuentra la Oficina de Turismo, donde me facilitaron un plano en inglés, que tampoco me aclaró demasiado. Sin embargo, viene bien saber que en esloveno calle es “ulica” o “cesta”, la abreviatura de plaza es “Trg” y la de puente, “Brv”. En la calle, también hay paneles informativos con mapas e itinerarios turísticos.



Tras asomarnos a un mirador sobre el Puente Ribja, cuya panorámica ya nos mostró, en alto, la imagen medieval del Castillo, nos dirigimos hacia la Plaza del Congreso, donde se asoman varios museos, la Universidad, la Filarmónica y la Iglesia de las Ursulinas, frente a la cual se halla el fotogénico Pilar de la Santísima Trinidad. Desde aquí, mirando hacia el río, aparece otra bonita vista del Castillo.





Desde esta zona, con frecuencia nos acompaña la silueta del castillo en todo lo alto. El Parque Zvezda cuenta con varios detalles históricos, como la réplica de la estatuilla dorada de Emonian, hallada en 1836 entre las ruinas de la necrópolis romana, la fuente de agua y el ancla que conmemora la anexión de Primorska a Eslovenia en 1954. Justo al lado, también entramos al Pasaje Chopin, dentro del cual se ven unas maquetas muy interesantes de cómo era la Emona romana. El acceso es gratuito y cuenta con baños públicos.


Seguimos después por la calle Suviceva hasta la Plaza de la República, con el moderno edificio de la Asamblea Nacional, para luego retroceder hasta la Universidad y seguir por Vegova Ulica, viendo las fachadas de diversos edificios, algunos relacionados con la música, pero cuyo significado se me ha olvidado porque ya me empezaban a fallar los “circuitos” con las explicaciones tan profusas que nos daba el guía local.




Sí que recuerdo el monumento a la Revolución Francesa, con especial referencia a Napoleón, personaje por el que sienten una especial simpatía en Eslovenia debido a que por un tiempo les liberó del dominio austriaco, convirtiendo a Liubliana en la capital de las Provincias Llirias entre 1809 y 1813.


Pasamos junto a varios museos y galerías para volver después a la orilla del río, vislumbrando de nuevo el Castillo en lo alto, así como la hermosa fuente de la Plaza Novi, muy fotogénica desde todos sus ángulos.



Ya junto al río, llegamos al Puente de los Zapateros, donde en la Edad Media se cobraba la tasa de acceso a la ciudad. Según se cuenta, los zapateros esperaban a sus clientes a la entrada para evitarles ese gasto adicional. El puente actual data de 1931, cuenta con columnas dóricas y desde su pasarela se contemplan buenas vistas del río, las calles que lo flanquean y de las barcas que pasean a los turistas.




Tocaba, por fin, cruzar el río hacia la antigua zona medieval, que se conserva bien. Por la orilla del río llegamos a un pasadizo que nos condujo hasta Staro Mesto, el barrio más antiguo de Liubliana con sus tres plazas más conocidas: Mestni, Gornji y Stari.



En la plaza Mestni, que se halla frente por frente al Puente Triple, destacan el Ayuntamiento y la Fuente Robba, con esculturas alegóricas, creada en 1751 por Francesco Robba, el escultor más importante de Eslovenia del siglo XVIII. Es una zona muy interesante y concurrida, con edificios de bonitas fachadas de colores.



Entramos en el Ayuntamiento, edificio que data del siglo XV, aunque su aspecto actual es de principios del siglo XVIII. Vimos una exposición de escultura y los dos patios interiores con sus respectivos pozos. Merece la pena echar un vistazo. Es gratis.



Seguimos hasta la Catedral de San Nicolás, con cúpula verde y dos torres gemelas. El templo actual data de 1701, ya que los anteriores (románico y gótico) fueron destruidos por incendios. Es de estilo barroco. Cerraba ese día, así que no entramos, si bien nos comentaron que no supone una visita imprescindible en Liubliana, más aún al ser de pago; pero no puedo opinar. A su altura, junto al río, está el Puente de los Carniceros, donde se ha puesto de moda el asunto de los “candados de enamorados”.



Pasamos por el Palacio del Seminario, con su robusta puerta, y continuamos hasta el Mercado Central, en el exterior del cual, en la Plaza Voznikov, hay instalados muchos tenderetes ofreciendo flores, frutas, verduras, ropa… En fin, de todo un poco.



Un poco más adelante, está el Puente de los Dragones, construido en 1919 para sustituir a otro anterior de madera que resultó dañado. Fue el primer puente de hormigón armado de la ciudad y uno de los primeros de Europa. Su estilo es modernista y conserva las lámparas de gas originales. Está presidido por las esculturas de cuatro dragones, cada una en una esquina. El dragón es el emblema de Liublina, conocida también como “la ciudad del dragón”; así, su imagen de color verde figura en su escudo, representando la fuerza, el valor y la sabiduría.



Allí nos despedimos del guía local y seguimos por nuestra cuenta hasta la hora de comer. Entre otros lugares, recorrimos la pintoresca calle Stari hasta llegar a su Plaza, donde, frente a la Mansión Stits, se encuentra la Fuente de Hércules. Esta zona es también muy atractiva y agradable para pasear, lo mismo que la Plaza Gornji.





Llegamos hasta la Iglesia de San Jaime, junto a la cual hay una fuente y un monumento que ignoro a qué alude. En ese punto, había ya mucho tráfico y dimos la vuelta, regresando por la orilla del río hasta la Plaza Preseren, donde habíamos quedado con el resto del grupo para ir a comer.



Almorzamos en un restaurante situado en lo que parecían unas antiguas cavas. Salvando las distancias, le encontré cierto parecido a las Cuevas de Luis Candelas, de Madrid, aunque sin tantos vericuetos. A estas alturas, no me acuerdo qué comimos, y solo tengo una foto que no me aclara mucho. Sí recuerdo que allí probamos nuestra primera cerveza eslovena, de la marca Unión, con su correspondiente dragón en la etiqueta, como no podía ser menos estando en Liubliana. Cuando salimos de la “caverna”, nos encontramos con la sorpresa de que el cielo estaba negro y el suelo empapado. Había caído una señora tormenta mientras estuvimos comiendo. Por fortuna, lo peor había pasado y ya apenas llovía. ¡Uff, qué suerte! Regresamos al centro y allí nos separamos del grupo, pues no nos habíamos apuntado a una excursión opcional al castillo, que visitaríamos por libre a mucho mejor precio, evidentemente; y no fuimos las únicas. Además, le dijimos al guía que no nos esperase para el bus, ya que regresaríamos más tarde al hotel por nuestra cuenta.