Salimos con bastante tiempo de Trieste en dirección a Venecia, donde tomaríamos el avión con destino a Madrid. Son unos 140 kilómetros y parece que pueden formarse bastante retenciones de tráfico en hora punta. Luego no fue para tanto y llegamos con mucho margen al aeropuerto Marco Polo. El avión de Iberia Express salió en hora y aterrizamos en Madrid sin ninguna incidencia digna de mención. Mientras tanto, aproveché para echar un vistazo a esas fotos que me gusta hacer en ruta, pero que pierden bastante al circular por autopista, como fue el caso la mayor parte de las veces.


En cuanto al viaje, poco puedo añadir a lo que ya he ido comentando: me ha gustado casi todo lo que he visto en Eslovenia, aunque creo que lo mejor son sus paisajes tan verdes; y sus sorprendentes cuevas. Así que tendré que volver en un futuro para recorrer lo que me falta y hacer las rutas de senderismo de las que tanto disfruto. De todas formas, el itinerario me dejó satisfecha, excepto la parada en Nova Gorika en la etapa de transición desde Liubliana a la costa.


Por lo demás, me pareció un país más avanzado de lo que me esperaba, buenas infraestructuras y con sus principales poblaciones unidas por autopistas. Hay bastante turismo de españoles, pero apenas se encuentran folletos o carteles en castellano, salvo las audio-guías en las principales atracciones (faltaría más, con esos precios
)


Aunque un viaje como este no es de lo más propicio para conocer a fondo su gastronomía, en los almuerzos (todos en restaurantes) pudimos probar algunas de sus especialidades, como las sopas de champiñón en pan de centeno, los guisos de vaca, cerdo o cordero, las pastas rellenas, los quesos... Y, por supuesto, sus famosos vinos blancos. Me llevé un par de botellitas para casa. No hice muchas fotos de los platos, pero algunas quedaron.

Sí que noté todo más caro de lo que esperaba, tanto la comida como las entradas a los monumentos y atracciones, sobre todo las Cuevas de Postojna, que tenían muchos visitantes, llegando a formarse largas colas. Mejor madrugar.

A principios de junio, tuvimos buen tiempo en general. En realidad, no saqué el paraguas del bolso, aunque hubo varias tormentas con aguaceros fuertes pero de poca duración, uno en Liubliana que nos pilló comiendo y otro en los lagos que vimos desde el autobús. Hubo algunos días de mucho calor (treinta grados), tanto en el interior como en la costa. Las playas no suelen tener arena, son de gravilla en el mejor de los casos; también las hay de cemento con escaleras para bajar al agua. En fin, no me pareció el mejor destino para disfrutar de la playa. Además, en pleno verano debe estar atestado de gente.
Bueno, pues solo me queda brindar por este bello país con su vino blanco de Maribor. ¡Hasta pronto, Eslovenia!
