Cuando llegamos a Veliko Tarnovo hacía calor, mucho calor. Previamente, habíamos parado en Arbanasi, pero eso prefiero contarlo después para mantener un orden más lógico, puesto que fue nuestro lugar de alojamiento y, por tanto, volvimos más tarde.
Desde Veliko Tarnovo, vista, arriba, a la izquierda de Arbanasi y de nuestro hotel.


Ya en Veliko Tarnovo, el guía local hizo lo que siempre te dicen que no se debe hacer: ponerse de pie y de espaldas en el autobús. El conductor dio un frenazo imprevisto cuando se le cruzó un peatón y el guía cayó para atrás, hacia el hueco entre los asientos, dándose un trastazo tremendo. Menudo susto, pensábamos que se había abierto la cabeza. Afortunadamente, el impacto le afectó al hombro y el brazo izquierdos.

Mientras el conductor le trasladaba a un centro sanitario, aprovechamos para dar una vuelta. La Oficina de Turismo estaba enfrente y abierta, así que pedí un mapa. También me explicaron dónde cambiar dinero. Lo hicimos en un banco, formando grupos, ya que de ese modo nos repartimos la comisión que cobran por operación (no recuerdo si eran 2,5 o 5 levas). Me llamó la atención que las monedas de 1 y 2 levas tienen un formato muy parecido a las nuestras de 1 y 2 euros; aunque valen la mitad. Así que ojito con las confusiones.


Veliko Tarnovo fue la capital de los antiguos zares del II Imperio durante los siglos XII y XIII, un lugar que retrotrae a los búlgaros a tiempos de auge de su historia y su cultura; también fue donde proclamaron su independencia en 1908. Tiene un emplazamiento muy pintoresco, entre colinas cubiertas de espesos bosques y ocupando las dos orillas del río Yantra, cuyos meandros la envuelven como un lazo. Actualmente, cuenta con una población de unos 87.000 habitantes.

Los comentarios que había leído sobre el casco antiguo de esta ciudad (el nuevo no tiene mayor interés) no eran muy positivos, así que llevaba unas expectativas bajas. Quizás por eso, no me pareció tan mal; sobre todo las vistas panorámicas que ofrecen los diversos miradores que se asoman a las orillas del meandro, lo que me evitó tener que dar una buena caminata hasta el río para cruzar el puente, pues me quedé satisfecha con lo que divisé desde arriba: aparte del paisaje, el Monumento Asenevsti, un gigantesco obelisco dedicado a los cuatro reyes medievales búlgaros y la Galería de Arte Boris Denev,entre otras cosas. De todas formas, que nadie espere una villa medieval al uso.



Durante un rato, recorrí las calles del centro, todas cuesta arriba o cuesta abajo, que parecían más empinadas por el intenso calor. Además de iglesias, fuentes y edificios administrativos, destacan un buen número de tradicionales casas de madera de finales del siglo XVIII y principios del XIX, precursoras del estilo conocido como renacimiento nacional búlgaro.

También abundan las tiendas de recuerdos y de artesanía, las terrazas, los restaurantes y unas tabernas típicas llamadas “mehanas”. Igualmente, vi murales en las paredes de algunos edificios. Acabé frente a la Catedral Sveta Bogoritsa, de mediados del siglo XIX, que fue reconstruida un siglo después tras un terremoto. Desde lejos se la ve muy resultona con sus cúpulas azul turquesa; de cerca, pierde bastante.


Me reuní con el resto del grupo, la mayoría refugiados bajo una de las escasas sombras que había, junto a una salvadora fuente de varios caños que brindaba un buen caudal de agua, potable y sorprendentemente fresquita. Poco después, nos comunicaron que el guía se había roto un brazo y estaba de baja desde ese momento. Al cabo de un rato, nos enviaron para sustituirle a otra guía local, una señora que se encargó de hacernos la visita guiada a la antigua Fortaleza de Tsárevets, en la colina donde se encontraban antaño los palacios del gobierno, el complejo patriarcal y varias iglesias y residencias.
Lo malo era que tal destino, como no podía ser menos, se encuentra en un alto, dominando Veliko Tarnovo, por lo cual, bajo el inclemente sol de aquella tarde tórrida, había que armarse de valor para emprender un recorrido todo hacia arriba y sin una mala sombra. Algunos desistieron y se quedaron junto a la fuente; el resto, fuimos al asadero con la guía, si bien más “efectivos” fueron quedándose paulatinamente por el camino. Yo tuve la precaución de coger el paraguas que suelo llevar en la mochila y conseguí llegar más o menos sana y salva hasta la iglesia, sita en lo más alto.

El origen de la fortaleza, a la que se accede por un arco tras atravesar unos tornos para el control de entradas, se remonta al siglo XII, si bien fue restaurada a mediados de los años 80 del pasado siglo, con motivo de la conmemoración del 1300 aniversario de la fundación de Bulgaria.

Una Puerta Monumental da acceso al recinto, cuya muralla se extiende a derecha e izquierda, sumando un perímetro de más de un kilómetro. En el interior se han encontrado restos arqueológicos de unos 450 edificios residenciales, así como restos de palacios, iglesias y monasterios, de los que solo quedan los cimientos. La Torre de Balduino es la más famosa y debe su nombre a que allí estuvo preso el Emperador Balduino I de Constantinopla, ejecutado en 1204.



Arriba del todo, se yergue la Catedral Patriarcal de la Santa Ascensión de Dios, cuyo aspecto impresiona más desde lejos que a corta distancia, cuando, tras subir un buen número de escaleras, se descubre que no es lo que parece.

El templo original era una basílica tardorromana del siglo XI, sede del patriarcado búlgaro, que resultó muy dañada por los otomanos en 1393. Reconstruida a finales del siglo XX, su interior se decoró con pinturas del artista Theophanes Sokerov que representan escenas de la historia medieval búlgara. Sin discutir su mérito, este tipo de pinturas no me suelen gustar demasiado en comparación con los frescos antiguos y en este caso, además, me parecieron demasiado oscuras.


A los pies de la fortaleza, junto al río, se asienta el barrio de los artesanos, llamado Asenova, donde se encuentran tres iglesias: la de la Asunción, la de San Pedro y San Pablo y la de los 40 mártires. Nos ofrecieron la posibilidad de acercarnos a verlas, pero tras valorar la situación, decidimos unánimemente que no merecía la pena correr el riesgo de achicharrarnos del todo y nos conformamos con las panorámicas que divisábamos desde las almenas.


Ya en la carretera, de camino hacia Arbanasi, contemplamos varias panorámicas muy vistosas de las montañas y de Veliko Tarnovo asentado entre ellas, aunque no tan chulas como las que veríamos desde el propio hotel.

