Almorzamos en el antiguo mercado, hoy reconvertido a punto turístico con numerosos bares y restaurantes, una especie de Mercado de San Miguel a la maltesa; bueno, no exactamente, pero parecido. Estuvo bien. Y recuerdo que me pusieron un vino blanco semidulce que estaba buenísimo (qué pesada estoy con los vinos blancos
)


Casa Rocca Piccola.
Después, fuimos a visitar la Casa Rocca Piccola, un palacio maltés del siglo XVI que todavía está habitado. Propiedad durante nueve generaciones de la familia del Marqués de Piro, muestra el mobiliario original y los objetos cotidianos de la aristocracia maltesa a lo largo del tiempo.


Las visitas son guiadas, de pago (nosotros la teníamos incluida, así que no sé cuánto cuesta) y en inglés, pero nos hicieron un recorrido adaptado, con nuestra guía local haciendo la traducción. La casa me gustó, tiene estancias resultonas y rincones con encanto. Sin embargo, he visto bastantes palacetes parecidos en España y en Europa. En fin, que está bien, pero tampoco lo considero un sitio imprescindible para ver en La Valeta salvo que se disponga de suficiente tiempo libre.


Museo Nacional de Arqueología.
Aunque seguía haciendo bastante calor, el cielo se había nublado un poco. El autobús regresó al hotel con los pocos que quisieron volver. Nosotras cinco, naturalmente, nos quedamos y continuamos por nuestra cuenta. Para que nos diese tiempo antes del cierre, tuvimos que decidir entre el Palacio del Gran Maestre o en el Museo de Arqueología. El Museo ganó por goleada, pues uno de los puntos fuertes del Palacio es la Armería, cuestión que no nos interesaba demasiado. El precio es de 5 euros por persona, aunque nos cobraron 3,5 por ser mayores de 60 años.

Y no nos arrepentimos, porque el Museo, aunque es pequeño, nos encantó, sobre todo la primera planta, dedicada a las excavaciones arqueológicas de los templos megalíticos malteses. Está ubicado en la calle de la República, en un edificio de 1571, de estilo barroco, que fue Albergue de los Caballeros de Provenza.

Reconozco que disfruté mucho examinando las vitrinas, los paneles informativos y las piezas recuperadas de los templos, que se muestran por orden cronológico. Empieza con la aparición del hombre en el año 5200 a.C., incluye la reconstrucción de una tumba cortada en la roca y muestra objetos de obsidiana.
Cronología y esquema del templo de Ggantija


Hay también numerosas representaciones de animales, maquetas de templos y varias figuritas humanas que me dejaron pasmada: qué bonitas y qué detalles.


Igualmente, me encantó ver los altares megalíticos del Templo de Tarxien, que habíamos visitado anteriormente, pero aquí no se trataba de réplicas sino de las piezas originales, con los espirales en bajorrelieve y las decoraciones con animales. Y no digamos la sensación de contemplar la auténtica estatua monumental del templo, cuya copia habíamos visto en el lugar donde apareció.


Para completar el gustazo arqueológico, me dediqué a contemplar las figuras de la Dama Durmiente del Hipogeo Hal Saflieni y la Venus de Malta de Hagar Qim. Una maravilla. ¿Cómo podían aquellas personas hacer algo así hace más de cuatro mil años? Son muy pequeñitas, pero preciosas.



También se exhiben elementos funerarios de los periodos púnico y romano. El resto del museo está bien, pero no alcanza el nivel de lo que ya he relatado. Amantes de la arqueología, no os lo perdáis. Resulta imprescindible como complemento de los templos megalíticos, pues aquí se ven los objetos originales y es posible comprender mucho mejor su evolución.

Ya no podíamos ver más interiores porque estaban cerrados y, de todas formas, ya habíamos visitado lo que más nos interesaba. Así que nos dedicamos a recorrer tranquilamente La Valeta, si bien los lugares que cito a continuación no están en el orden que los visitamos.


Cuando te mueves por la ciudad antigua sin destino concreto es cuando te das cuenta de sus contrastes, de las calles turísticas de fachadas arregladas y balcones recién pintados, y otras, justamente al lado, con paredes desconchadas, cristales rotos, maderas astilladas e interiores abandonados. Según nos comentaron, muchos residentes dejan el centro porque no pueden afrontar los gastos ni los escollos burocráticos que se les exige para reparar unas casas en las que vivían desde hace generaciones, pero que se han convertido en edificios Patrimonio de la Humanidad. Ya sé que esto no es nuevo ni exclusivo de La Valeta, pero aquí se percibe en cada rincón y a simple vista. O esa impresión me dio.

Lower Barrakka.
Bajamos por la calle de la República casi hasta el final, en busca del Memorial de la Campana, un monumento que recuerda la participación de Malta en la II Guerra Mundial. Cuenta con columnas y una campana, y sirve de mirador sobre el Gran Puerto. Con decepción, comprobamos que estaba cubierto de andamios, cerrado y en obras. Lo habíamos visto desde el barquito, el día que fuimos a las tres ciudades, pero no lo habíamos identificado.



Poco después, divisamos la galería con arcos y el templo de estilo griego donde habíamos estado la noche que nos quedamos a cenar en La Valeta.



Solo entonces nos percatamos de que eran los Jardines Bajos de Barrakka (Lower Barrakka). Volvimos a contemplar las espectaculares panorámicas del Gran Puerto y de las Tres Ciudades, esta vez de día, aunque con el cielo algo nublado impresionaban un poco menos que por la mañana, en Upper Barrakka. De todas formas, es un lugar al que hay que llegar sí o sí en La Valeta.



Al cabo de un rato, continuamos unos metros por la calle de la parte baja, hasta volver a tomar otra que nos llevó a la calle del Mercado. En fin, que estuvimos subiendo y bajado casi todo el tiempo. Cosas de La Valeta.

Basílica de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
Casi desafiando a la gravedad (que no, que no exagero), conseguimos llegar a esta iglesia, cuya enorme cúpula nos había llamado la atención al divisarla entre las calles. La iglesia primitiva data de 1570, aunque fue remodelada en el siglo XIX. En 1895, el Papa León XIII la elevó a basílica menor. Fue bombardeada durante la II Guerra Mundial y se reconstruyó a mediados del siglo XX con una cúpula de 42 metros de altura. En su interior, destacan juegos de columnas de color rojo.

Se encuentra muy cerca de la Catedral Anglicana (Procatedral) de San Pablo, frente al Puerto de Marsamxett, donde habíamos estado el primer día, de camino al Fuerte de San Telmo y al Malta Experience. Resulta muy complicado fotografiar el exterior porque las calles son muy estrechas.


Jardines Hastings.
Ya de retirada hacia la estación de autobuses, junto a la Fuente del Tritón, paseamos por este pequeño parque, situado sobre las murallas y el bastión de San Juan. Suele estar muy poco concurrido y nos sentamos allí un rato para descansar. Ofrece buenas vistas de los propios bastiones, así como de Floriana, Msida, Sliema y la isla Manoel.



Un rato después, fuimos a tomar el autobús hacia nuestro hotel mientras contemplábamos como el sol jugaba con las nubes en torno a las fortificaciones. Mi amiga y yo aún volveríamos otra vez, el último día de nuestra estancia en Malta.

