Llegamos sobre el mediodía y un taxi nos trasladó al hotel que nos había reservado mi amigo. Mirando en internet, he visto que ahora se llama Campanille el Mechtel, aunque cuando estuvimos creo que era un Mercure. Hicimos el check-in, comprobamos que la habitación respondía a la reserva y, para no perder mucho tiempo, tomamos un menú en su restaurante. En esa época, no solíamos utilizar la tarjeta de crédito en el extranjero, así que pagamos en efectivo. La moneda de Túnez es el dinar tunecino, que a día de hoy cotiza a 1 euro = 3,3 dinares. No me aventuro a especular sobre cuál era la equivalencia entonces. Luego, fuimos cambiando en los bancos.

El hotel estaba bien situado, en la Avenida Ouled Hafouz, aunque debíamos caminar un buen rato para llegar al centro moderno, la Avenida Habib Burgiba, concretamente. Al salir del hotel, nos abordó un lugareño queriendo entablar conversación: que había trabajado unos años en España, que quería saber cómo estaba el país, que si esto, que si lo otro… Nos mosqueamos un poco, porque habíamos oído que a veces te intentan envolver con historias para llevarte a tiendas o sitios así. En esta ocasión, tras escucharle unos minutos, nos zafamos sin problemas, incluso nos indicó el camino que debíamos seguir. ¡Qué tiempos aquellos, en que los móviles “solamente” eran teléfonos, sin internet, ni Google Maps! Y aun así, llegar, llegábamos… Más o menos.
Al cabo de un rato, aparecimos frente a Bab El Khadra, una de las puertas que conducen a la Medina. Luego supe que “bab” significa “puerta”, nombrando tanto el acceso a las ciudades amuralladas como al parapeto que separa unos barrios de otros con el propósito de incrementar la sensación de seguridad entre sus habitantes. A partir de aquí, sin saber cómo, ni por dónde, ni por qué nos metimos en un laberinto de calles y callejuelas que me vienen a la memoria ahora con una sonrisa, pero que en aquel momento nos produjeron una pizca de inquietud, propiciada por un inmenso gentío y la suciedad que se acumulaba sobre las aceras y en el borde de las estrechas calzadas. Nunca habíamos visto tanta basura junta esparcida por los suelos, excepto en circunstancia de huelgas o disturbios. Ignoro si era lo habitual o si tenía alguna otra explicación.

Pronto obviamos la basura y, en cuanto a la gente, no tardamos en nuestra inicial aprensión, pues nos dimos cuenta de que cada cual iba a lo suyo sin preocuparse de nosotros. De todas formas, por si acaso, no me atreví a sacar la máquina de fotos hasta que, mucho rato después, acertamos a salir a la Avenida de Habib Burguiba, la principal arteria de la Ville Nouvelle, que comunica la medina con el puerto y la estación de ferrocarril. Está flanqueada por elegantes edificios de estilo europeo, con numerosos ejemplos de art nouveau y art deco que le otorgan un aire moderno, muy diferente a la Medina, y que se forjó durante el Protectorado Francés (1881 a 1956), cuando la población acomodada empezó a instalarse extramuros. Vimos muchos ejemplos, como la fachada del Hotel Majestic, la del Teatro Municipal y la Catedral de San Vicente de Paul, que se terminó de construir en 1882 sobre un antiguo cementerio católico, donde hasta el siglo XVII se enterraba a los esclavos cristianos capturados por los piratas. Su exterior presenta una mezcla de estilos: bizantino, gótico y norteafricano. Estaba cerrada y no pudimos entrar. Otro elemento fundamental de esta avenida es el conjunto que forman la fuente y la Torre del Reloj.


Estuvimos mucho rato paseando por esa zona. Cuando quisimos retornar, dimos mil vueltas hasta que salimos a la calle de la Verdura, donde volvimos a toparnos con las montañas de botes, latas, plásticos y papeles apilados en el suelo en llamativo contraste con la limpieza que predominaba en La Ville Nouvelle.

Al día siguiente, ya más ambientados y orientados, nos dispusimos a visitar la Medina, la parte más interesante de la zona antigua, designada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979. Son unos 700 los edificios catalogados sumando palacios, mezquitas, mausoleos y fuentes de una ciudad cuyo máximo esplendor tuvo lugar entre los siglos XII y XVI, bajo el reinado de almohades y hafsidas.

Intentamos seguir el itinerario sugerido en el plano que nos habían facilitado en el hotel. Y no se nos dio demasiado mal, teniendo en cuenta la muchedumbre que atestaba los zocos, de los que hay una veintena, entre los que el más importante es el Gran Zoco, que está junto a la Gran Mezquita. En las proximidades también vimos el Zoco et Trouk y el Zoco Attarine, que atravesamos varios miles de veces (bueno, quizás no fueron tantas).


Entramos, salimos, vimos y pasamos por un montón de sitios: la Mezquita Sidi Youssef, la Mezquita Hammouda Pasha, las Tres Madrazas, el palacio Dar el Bey… A estas alturas, ni estudiando fijamente las pocas fotos que tomé, lograría localizar algunos de los lugares.

Por entonces, no hacía fotos en los restaurantes, así que no recuerdo dónde ni qué comimos (ni ese día, ni el resto). Sí me viene a la memoria que hacía bastante calor y que fuimos a descansar a la habitación. Por la tarde, regresamos a la medina para hacer algunas compras (en aquella época yo todavía compraba cosas durante las vacaciones). Y, claro, tuvimos que practicar, de acuerdo con el guion establecido, el aquí inevitable arte del regateo, algo que odio sobremanera. Y es que me fastidia estar discutiendo minutos y minutos, a veces por importes muy pequeños, para acabar siempre con la sensación de que me han tomado el pelo. Pero, bueno, todo esto viene a que quiero contar algo que nos habían advertido que pasa, que nunca pensamos que nos pasaría y que terminó pasándonos.

Entramos en una tienda a comprar un bolso. La calle estaba llena de puestos y muy concurrida, como de costumbre. No sé cuánto tiempo estuvimos en la tienda, pero no nos pareció que fuese demasiado. Sin embargo, al salir nos miramos extrañados, era como si la calle fuese totalmente diferente. Las mercancías casi habían desaparecido y los propietarios de las tiendas estaban cerrando sus puertas a una velocidad de vértigo. En cuestión de pocos minutos, nos quedamos solos en unas calles vacías, intentando encontrar el lugar que teníamos de referencia para salir de aquel laberinto. Pero, claro, el aspecto del lugar había cambiado tanto que lo que por la mañana nos resultó sencillo, entonces se convirtió en una tarea imposible. Dimos mil vueltas y nada, no lográbamos salir de allí. Ahora, en otras circunstancias, yo estaría encantada y hubiera tomado muchas fotos; entonces, no hice ni una

Al fin, apareció un “alma caritativa” que se ofreció a acompañarnos, os podéis imaginar con qué intenciones. Nosotros lo sospechábamos, pero no quisimos pecar de mal pensados. El chico nos llevó a una tienda, donde nos recibió un señor muy amable que chapurreaba castellano. Nos prometió llevarnos a la Place du Gouvernement, pero antes, en señal de amistad, quería mostrarnos las mejores vistas de la medina. Subimos unas escaleras y salimos a una amplísima terraza cubierta de bonitos azulejos (nos fijamos en que las casas se comunican unas con otras desde arriba). No niego que la panorámica era realmente espléndida: esa que siempre venos en las postales de Túnez.


Se empeñó en hacernos fotos con esta mezquita, con la otra y con la de más allá. Nos las nombró todas, parecía un avezado guía turístico. Ya bastante hartos, insistimos en que no queríamos más fotos y que debíamos marcharnos porque habíamos quedado con unos amigos que ya estarían echándonos de menos. Al fin, el susodicho nos condujo a la escalera, pero según bajábamos se paró planta por planta para enseñarnos todo tipo de tapices y alfombras: estaba empeñado en vendernos una o… varias. Eso fue demasiado y empezamos a enfadarnos, sobre todo cuando vimos la puerta de la tienda cerrada a cal y canto
Cuando se convenció de que de ningún modo íbamos a cargar con una alfombra, empezó a ofrecernos joyas y perfumes. Pese a que siempre se mostró muy amable, yo estaba bastante tensa y acepté comprar un frasquito por una cantidad que no hubiese pagado en otro sitio, pero necesitaba salir de aquella tienda a toda costa. Finalmente, llamó al chaval que nos había llevado hasta allí, quien en un par de rápidos giros nos sacó del zoco en un visto y no visto: claro, estábamos al lado y nosotros sin darnos cuenta. Enseguida volvimos a ver cantidad de gente y lugares conocidos, lo que supuso todo un alivio. Con el paso del tiempo, nos hemos reído muchas veces recordando esta situación, de la que aprendimos mucho, tanto para ese mismo viaje como en otros que hemos hecho más adelante.


