Desayuno propio y antes de las 8 de la mañana, y después de repostar en una de las gasolineras, ya estábamos en la C19, pista muy complicada (pudimos comprobar que todos los caminos que llevan a los lugares turísticamente importantes, estaban en bastante mal estado). Más de dos horas de pista, con algunos pequeños puertos de montaña retorcidos (por ejemplo, el Zarishoogtepass.en cuyos alrededores vimos una hembra de rinoceronte con su cría) y paisajes relamente llamativos, hasta llegar a Sesriem, destino ampliamente descrito en todos los diarios de “Los Viajeros” y desde donde nos encaminamos, por la perfectamente asfaltada D826 hasta el aparcamiento de Sossusvlei, donde dejamos el Totoya y contratamos dos asientos (400 ND, 20€ dos personas, ida y vuelta) en una de las lanzaderas 4x4 que hacían, sin riesgo, los últimos 10 km por las arenas del desierto.

Llegados al final del recorrido, y aún siendo una hora de fuerte sol y calor (no teníamos otra, porque intentar asistir al amanecer o puesta de sol, implicaba tener que dormir en uno de los carísimos resorts de alrededor -entre 300 y 500€ la noche- o hacerlo en tu tienda de campaña en el cámping cercano, que no siempre tiene plazas) nos dispusimos, poco a poco, a recorrer el kilómetro y algo que hay hasta el emblemático lago seco que todos hemos visto en mil imágenes y que es, tal vez, uno de los objetivos principales de viajar a Namibia.
Realmente resultó espectacular. La desolación hecha imagen y, además, pintada con 4 colores a cuál más intenso: el blanco resplandeciente del suelo, el negro de los árboles muertos, el naranja vivo de las dunas y el azul brillante del cielo.

Más de una hora recorriendo aquellos parajes devastados (pero sin subir a la cresta de ninguna duna, que ya no estamos para eso) nos permitieron empaparnos (aun estando en uno de los lugares más secos del planeta) de sensaciones y recuerdos, que nos acompañarán cuando estemos tranquilamente en el salón de casa.
El esfuerzo aconsejó que, al regreso a nuestro SUV, tomáramos rápidamente un buen bocadillo y repusiéramos energías, líquidos y azúcares con un refresco de buen tamaño (insisto: no se porqué, pero la Coca-Cola del maletero seguía fresca; bueno supongo que haber aparcado debajo de uno de los escasos árboles ayudó algo).
En el camino de regreso fuimos parando (ahora sí, sin prisas y casi sin gente) en los diferentes hitos que todo turista de la zona debe visitar: las dunas 45 y Big Daddy (además de alguna otra de menor tamaño), pero desde abajo, sin complicarnos mucho la vida. Todavía sobró tiempo para llegar al “Sesriem Canyon” (un camino infame que no volvería a hacer ni con un “tractor amarillo”) donde coincidimos con un autobús de chicos italianos, paraje que, realmente, no valía gran cosa y que nos ocupó más tiempo que ganas.

Volvimos a tomar la C19, que en poco más de una hora nos llevó hasta Solitaire, el famoso emplazamiento en medio de “ninguna parte”, donde habíamos reservado un alojamiento digno, a un precio relativamente asequible para lo que se estila por la zona. Sobre las 4 y media llegamos a la recepción del “Solitaire Roadhouse” donde entregamos el papel de nuestra reserva y lo primero que nos dijo la empleada, con cara muy seria, es que “ese hotel no era este y que estaba a 7 horas de aquí”. Si fuéramos nuevos, nos habría sorprendido, pero ya llevábamos muchos kilómetros a la espalda (tanto ahora como cuando en 2016 recorrimos Sudáfrica y Swazilandia) como para “picar” en la broma que nos lanzaba a la cara, después de tragar kilos y kilos de polvo y dar más tumbos que unos calcetines en una lavadora. Además, si hubiera dicho “a 2 horas de aquí” hubiera sido más creíble, pero a 7 (o incluso menos) estaba la capital de Namibia o la mismísima Botswana. No coló, aunque nos reímos todos durante unos segundos.
Solitaire Roadhouse cumple con lo básico y un poco más. Es un complejo con una treintena de habitaciones (todas en planta baja y con una entradilla privada donde hay una mesa y dos sillas mirando al jardín). La nuestra era amplia, con dos camas grandes (bien de colchón y sábanas), un sillón, una única mesilla, una mesita y un armario sin puertas (hay caja fuerte). El baño está bien (inodoro y lavabo) con ducha al suelo (sin mampara ni cortina) con buena agua y toallas normales. Aire acondicionado y suelo de piedra. Wifi exclusivamente cerca del restaurante y limpieza aceptable. Bonito jardín, con una pequeña piscina y bastantes coches viejos como decoración. Había una capilla, una tienda y un restaurante. También gasolinera y taller. Personal simpático. Había sitio para dejar el coche (sin vallado) y en el restaurante se podía cenar bien a precio razonable. El desayuno fue bastante completo. Y a partir de las 7 de la mañana, abría la panadería Mc Gregor's, donde podríamos comprar la afamada tarta de manzana que se hace aquí desde hace cincuenta años y que no estaba mal. En las habitaciones no había TV (algo llevadero) pero tampoco una nevera (inexplicable). El wifi era inexistente en las habitaciones (solo había señal cerca del restaurante). El precio, según los estándares de Namibia, alto para lo que ofrecían, pues 1.721 ND (unos 88€) no era barato, aunque mucho mejor que los cientos que pedían en los alrededores de Sesriem.

Tras recomponernos y asearnos un poco, fuimos a cenar al restaurante (no había otro sitio por aquí) donde, en una buena mesa y con buen menaje, nos sirvieron dos platos típicos namibios: la capana (carne de res asada en tiras, muy especiada) y el mahangu (creo; un filete de pescado empanado), todo con sus guarniciones, buena cerveza y postres, y a precio muy razonable (considerando dónde estábamos), pues por 505 ND (unos 25€) no podemos decir que fuera caro.

Después de un rato en nuestra terracita viendo la Cruz del Sur y otras estrellas (poco, porque en el desierto por la noche la temperatura baja drásticamente) e intentando conectarnos por whatsapp con España, nos fuimos a dormir.