TRACK de la ruta
La rutina es la misma que ayer. Despertador a las 5:30, desayuno a las 6 y andando poco antes de las 7. Me traje de España un medidor de la saturación de oxígeno, un oximetro. Antes de acostarme estaba en un 93, esta mañana al despertarme 96, buena señal. También es cierto que tampoco estamos muy altos, por lo que imagino que cuando estemos en Concordia la saturación me caerá a 85 fácil. Es bueno llevarlo porque si tienes caídas muy bruscas sirve un poco como medida objetiva para saber que algo va mal, sobre todo si la saturación cae por debajo de 75. Indicador de que hay que descender.
Hoy la ruta ha sido durilla, pero no por la dificultad del camino o por desnivel. Ni siquiera por la altura. El calor. No me hubiera imaginado que me caería semejante palomo. Ni una maldita nube en los 20 kilómetros de ruta. Qué barbaridad. El viento viene fresco, pero cae tal sol y se anda sin una mala sombra que multiplica la dificultad por tres.
La ruta, al igual que ayer, sigue por el río. Adentrándose ya hasta el inicio del glaciar Baltoro y empezando ya a ver picos tochos. El primer pico que se ve muy a lo lejos es el Broad Peak (8.051 m). Luego se ven los picos de Paiyu con el pico central asomando, otros picos que se conocen como la Catedral, y otros tantos siete miles que me iba diciendo el guía y yo le decía que ok sin entender nada.
Hoy por fin he hecho amiguetes. Una pareja de suizos, que ayer identifique como la pareja que hablan un idioma irreconocible. Un dialecto del alemán. He coincidido con ellos a la sombra de una cascadita y hemos estado hablando. Sandra y Sebastián, de unos 45 años, están haciéndose un mes y medio de viaje por Pakistán. Los pobres van con un guía que se ve que no tiene ni papa de inglés. Cuando han visto que el mío habla inglés y que además maneja, yo creo que se han hecho más amiguetes míos por necesidad. Mi guía les ha enseñado una foto con una escaladora famosa de Suiza y ellos tan contentos. Hemos ido coincidiendo en las sombras hasta que a mitad del camino hemos llegado a una especie de campamento. Aquí hay una especie de cabañas, en donde el guía me ha dicho que me metiera. Me he asomado pero no se veía nada por el contraste de luz. La alternativa era la solana, así que me he metido hasta que, al acostumbrarse la vista, he visto dónde sentarme: unas especies de alfombras polvorientas, frente a un hornillo. Al rato han llegado mis amigos suizos y se han metido conmigo. Aquí hemos estado tomando unos tés, unos huevos, frutos secos y noodles. El chaval trabaja en el tema de equipos de protección antiincendio y la chica resulta que es psicóloga también. Ha estado toda su vida trabajando en la banca y hace cinco años decidió hacer un máster y trabaja, según he entendido, como psicóloga privada orientada a las empresas en el tema de motivación y demás. Hemos estado luego intercambiando información de Pakistán y me han dado un par de ideas que seguro tomaré prestadas.
Después del té nos han quedado otras tres horas matadoras. Un sube-baja que termina girando hacia el glaciar Baltoro. Paradojas de la vida: el río baja con trozos de hielo y los porteadores y guías van poniéndose trozos de hielo en la gorra y en la boca. Lo de los porteadores y los muleros es brutal. Van parando con frecuencia pero al final me adelantan siempre. Los muleros no van con carga pero se hacen el camino corriendo detrás de las mulas. Viendo a esta gente, quejarse sería vicio, tienen una condición física asombrosa.
Para las 15 hemos llegado por fin al campamento de Paiyu. Un campamento con vistas al glaciar, en la base de los picos Paiyu. Este campamento está en una especie de bosquecillo y se nota más hacinado. He llegado que me creía que tenía fiebre de la solana que me ha caido, me he puesto el termómetro y nada, más fresco que una lechuga. Recomponiéndome, Ibrahim, el cocinero, me ha colmado a galletas y a una especie de vegetales rebozados (pakoras) que, aunque aceitosos, me han sabido a gloria.
Con polvo hasta las cejas, me he decidido a darme la ducha pakistaní. Tiene su historia. La parte de los aseos está alejada, la ducha es una pequeña cabina sin absolutamente nada dentro. A unos metros de la cabina hay una poza de la que cae agua directamente del glaciar Paiyu. En la poza hay unos bidones cortados por la mitad con un cazo dentro. Tienes que llenar el bidón hasta el punto que seas capaz de transportarlo de vuelta a la cabina. Con mi bidón de agua en la cabina, el procedimiento ya es el típico: cazos helados mientras te enjuagas. Con el calor que he pasado, hasta me ha dado gusto. Me he quedado después de los cazos de agua que me hormigueaba todo el cuerpo. Me he reiniciado.
Hoy afortunadamente mi tienda está en sombra, así que me he tumbado a ver un capitulito y luego he estado un rato hablando con mis amigos suizos. Me cuentan que hay una vaca, que la llevan camino al campamento base. Aquí todo animal que se vea es muy probable que sea comida. La pobre cabrita del grupo pakistaní, a diez metros comiendo un robusto. Pobrecita.
Hoy para cenar creo que no hay pollo, porque de los cuatro pollitos que llevamos quedan tres y el primero lo mataron hace dos días. Sinceramente, hoy con pasta con vegetales me daba con un canto en los dientes.
A las 9, acostado. Como mañana caiga el mismo sol, me rindo. Ni K2 ni K3