El jet lag nos arrancó de la cama poco después de las cinco. Al otro lado de la ventana, el día empezaba a desperezarse. Aprovechamos la pequeña cocina de la habitación para preparar café; me hice uno bien cargado, aunque pronto quedó claro que aquella taza no bastaría para sostenernos durante toda la mañana. Antes de las siete bajamos a comprobar si el bar del hotel podía ofrecernos algo más consistente. Lo encontramos cerrado. Dimos una vuelta por los alrededores para matar el tiempo y, a las siete en punto, regresamos al Airport Chalet para desayunar. No recuerdo qué comimos, y no seré yo quien lo invente.
Aún faltaba una hora y media para recoger el coche. Eran las ocho y media, y el hotel, como tantos otros, tenía a disposición de los huéspedes un buen surtido de folletos sobre actividades en la zona. Entre las revistas de Whitehorse y del Yukón apareció el nombre de Up North Adventures, una empresa local que organizaba recorridos en canoa y kayak por el río Yukón. Con la espalda como la tenía, la idea de dejarnos llevar por la corriente parecía una alternativa mucho más sensata que echar a andar durante horas. Por ahora, no era más que una idea.
Después, entre aplicaciones y previsiones meteorológicas, encontré un sendero corto que conducía a un estanque junto al hotel: Paddy’s Pond. Decidimos acercarnos.
Echamos a andar sin prisa. No habíamos avanzado mucho cuando una liebre cruzó ante nosotros, como si quisiera darnos la bienvenida. Poco después, el camino se convirtió en una sucesión de charcos y terreno encharcado, hasta que no nos quedó más remedio que dar media vuelta. Consultamos el mapa, descubrimos que había otra entrada, que además era la principal, y fuimos caminando hasta ella.
Por la segunda entrada sí conseguimos internarnos en un bosque bastante bonito. El sendero estaba desierto y el cielo, cubierto de nubes. No voy a disimularlo: caminábamos con cierto acojone. Aún no habíamos comprado bear spray, el spray antiosos, y un cartel al comienzo de la ruta advertía de que aquellos parajes podían ser frecuentados por osos. No ocurrió nada, aunque unas aves que tomé por ptarmigans —lagópodos emparentados con las perdices— nos dieron un pequeño sobresalto. También podrían haber sido spruce grouse, otra gallinácea propia de estos bosques.
Alcanzamos el estanque y encontramos unas cuantas aves acuáticas. Quizá fueran loons, colimbos; quizá, sencillamente, patos. No nos entretuvimos demasiado y emprendimos el regreso por otro sendero, porque en aquella zona los caminos se cruzaban en todas direcciones. Apenas habíamos recorrido dos kilómetros, pero el paseo ya nos había regalado una liebre, las aves del bosque y las del estanque. Y aún faltaba algo.
Justo cuando llegábamos de nuevo al comienzo apareció un zorro. Era un animal precioso, y le hicimos unas cuantas fotografías. Con tan poco recorrido habíamos visto más fauna de la que cabía esperar. Regresamos al hotel contentos, con la sensación de que el Yukón empezaba a mostrarnos sus cartas.
Aún faltaba una hora y media para recoger el coche. Eran las ocho y media, y el hotel, como tantos otros, tenía a disposición de los huéspedes un buen surtido de folletos sobre actividades en la zona. Entre las revistas de Whitehorse y del Yukón apareció el nombre de Up North Adventures, una empresa local que organizaba recorridos en canoa y kayak por el río Yukón. Con la espalda como la tenía, la idea de dejarnos llevar por la corriente parecía una alternativa mucho más sensata que echar a andar durante horas. Por ahora, no era más que una idea.
Después, entre aplicaciones y previsiones meteorológicas, encontré un sendero corto que conducía a un estanque junto al hotel: Paddy’s Pond. Decidimos acercarnos.
Echamos a andar sin prisa. No habíamos avanzado mucho cuando una liebre cruzó ante nosotros, como si quisiera darnos la bienvenida. Poco después, el camino se convirtió en una sucesión de charcos y terreno encharcado, hasta que no nos quedó más remedio que dar media vuelta. Consultamos el mapa, descubrimos que había otra entrada, que además era la principal, y fuimos caminando hasta ella.
Por la segunda entrada sí conseguimos internarnos en un bosque bastante bonito. El sendero estaba desierto y el cielo, cubierto de nubes. No voy a disimularlo: caminábamos con cierto acojone. Aún no habíamos comprado bear spray, el spray antiosos, y un cartel al comienzo de la ruta advertía de que aquellos parajes podían ser frecuentados por osos. No ocurrió nada, aunque unas aves que tomé por ptarmigans —lagópodos emparentados con las perdices— nos dieron un pequeño sobresalto. También podrían haber sido spruce grouse, otra gallinácea propia de estos bosques.
Alcanzamos el estanque y encontramos unas cuantas aves acuáticas. Quizá fueran loons, colimbos; quizá, sencillamente, patos. No nos entretuvimos demasiado y emprendimos el regreso por otro sendero, porque en aquella zona los caminos se cruzaban en todas direcciones. Apenas habíamos recorrido dos kilómetros, pero el paseo ya nos había regalado una liebre, las aves del bosque y las del estanque. Y aún faltaba algo.
Justo cuando llegábamos de nuevo al comienzo apareció un zorro. Era un animal precioso, y le hicimos unas cuantas fotografías. Con tan poco recorrido habíamos visto más fauna de la que cabía esperar. Regresamos al hotel contentos, con la sensación de que el Yukón empezaba a mostrarnos sus cartas.

Volvimos al hotel y cruzamos la carretera hacia el aeropuerto. La oficina de alquiler ya estaba abierta, así que empezamos con los trámites. Fue entonces cuando apareció el primer contratiempo: querían cobrarnos 36 dólares diarios por el seguro de colisión, el de siempre, el que cubre parte de los daños en caso de accidente. Yo tenía entendido que, al reservar desde Budget España, el seguro estaba incluido. Se lo expliqué, pero allí sostenían que no.
La wifi del aeropuerto no funcionaba. Regresamos al hotel, donde sí había conexión, y me puse a rebuscar en la reserva con la esperanza de encontrar una prueba que zanjara la discusión. No encontré absolutamente nada. Al final volvimos a la oficina y recogimos el coche pagando los 36 dólares canadienses diarios. Incluso con aquel seguro seguía habiendo una franquicia, aunque al menos era asumible.
Había reservado el vehículo por menos de mil dólares canadienses, una cifra que, en un territorio como el Yukón, donde todo parece costar un poco más, me había parecido una buena oportunidad. Pero al sumar el seguro y otro cargo de entre cien y ciento cincuenta dólares por cruzar la frontera —les había dicho que viajaríamos a Alaska—, la cuenta se disparó hasta rozar los 1.600 dólares.
El Dodge Durango «o similar» que figuraba en la reserva terminó siendo un Ford Explorer: un SUV enorme, de siete plazas, muy bien equipado y con pocos kilómetros. Creo recordar que rondaba los 35.000. No era exactamente lo que habíamos contratado sobre el papel, pero teníamos coche. Y, a partir de ahí, empezaba el viaje de verdad.
Salimos hacia Whitehorse mientras la lluvia empezaba a caer. Nuestra primera parada fue Canadian Tire, donde compramos dos sprays antiosos, uno para cada uno. Como casi todo lo que se compra para una aventura en lugares remotos, no eran baratos: unos cincuenta o sesenta dólares cada uno. Añadimos gas para el hornillo, una mini pala, chocolate en polvo, un bote de frutos secos con miel, café instantáneo y un paquete descomunal de cincuenta chocolatinas individuales. Una barbaridad, sí, pero en el monte siempre parece mejor llevar de más que echar algo en falta.
Después fuimos al Save-On-Foods para completar las provisiones. El carro se llenó de agua, Gatorade, Pringles, pan, una especie de salchichón, queso, bacon y varias latas. Tardamos un buen rato en hacer la compra. Con cada pasillo, la lista crecía y el viaje iba dejando de ser una idea para convertirse en algo tangible.
Aún no nos dirigimos al camping. Nos adentramos un poco más en el pueblo para visitar la tienda de Up North Adventures y preguntar por la excursión en canoa del día siguiente. Queríamos salir a las nueve de la mañana, porque la previsión anunciaba lluvia a partir del mediodía. A esa hora ya no quedaban plazas; a la una, en cambio, sí. No le dimos muchas vueltas: reservamos un recorrido de unos veinte kilómetros por el río Yukón, sin guía. Con guía costaba doscientos dólares más, y no nos pareció necesario pagar ese extra.
Con las compras hechas y la excursión reservada, pusimos rumbo a nuestro primer campamento: Wolf Creek Campground. Llegamos sin problemas y nos asignaron la parcela número 5, nada más cruzar el puente sobre el arroyo. Era amplia, con mesa y anillo de fuego. La lluvia había cesado, así que aprovechamos para montar la tienda.
Eran las dos cuando nos sentamos a comer. No lo hicimos en la parcela, sino en una zona de mesas cubiertas junto al arroyo, donde todo seguía seco. A finales del verano, aquel curso de agua es una zona de desove del salmón chinook. Junto a la entrada del camping había incluso una pequeña escalera para peces, acompañada de paneles que explicaban la migración de los salmones. Hasta en los lugares más modestos, el paisaje parecía venir con su propia lección de historia natural.
Después de comer salimos a recorrer el Wolf Creek Trail, que arranca en el propio camping y sigue el curso del arroyo hasta su desembocadura en el río Yukón. Era un sendero bastante llano, encerrado en un bosque espeso donde las ardillas aparecían por todas partes. Algunos árboles estaban roídos en la base; por la forma de las marcas, apostaría a que eran obra de castores.
La wifi del aeropuerto no funcionaba. Regresamos al hotel, donde sí había conexión, y me puse a rebuscar en la reserva con la esperanza de encontrar una prueba que zanjara la discusión. No encontré absolutamente nada. Al final volvimos a la oficina y recogimos el coche pagando los 36 dólares canadienses diarios. Incluso con aquel seguro seguía habiendo una franquicia, aunque al menos era asumible.
Había reservado el vehículo por menos de mil dólares canadienses, una cifra que, en un territorio como el Yukón, donde todo parece costar un poco más, me había parecido una buena oportunidad. Pero al sumar el seguro y otro cargo de entre cien y ciento cincuenta dólares por cruzar la frontera —les había dicho que viajaríamos a Alaska—, la cuenta se disparó hasta rozar los 1.600 dólares.
El Dodge Durango «o similar» que figuraba en la reserva terminó siendo un Ford Explorer: un SUV enorme, de siete plazas, muy bien equipado y con pocos kilómetros. Creo recordar que rondaba los 35.000. No era exactamente lo que habíamos contratado sobre el papel, pero teníamos coche. Y, a partir de ahí, empezaba el viaje de verdad.
Salimos hacia Whitehorse mientras la lluvia empezaba a caer. Nuestra primera parada fue Canadian Tire, donde compramos dos sprays antiosos, uno para cada uno. Como casi todo lo que se compra para una aventura en lugares remotos, no eran baratos: unos cincuenta o sesenta dólares cada uno. Añadimos gas para el hornillo, una mini pala, chocolate en polvo, un bote de frutos secos con miel, café instantáneo y un paquete descomunal de cincuenta chocolatinas individuales. Una barbaridad, sí, pero en el monte siempre parece mejor llevar de más que echar algo en falta.
Después fuimos al Save-On-Foods para completar las provisiones. El carro se llenó de agua, Gatorade, Pringles, pan, una especie de salchichón, queso, bacon y varias latas. Tardamos un buen rato en hacer la compra. Con cada pasillo, la lista crecía y el viaje iba dejando de ser una idea para convertirse en algo tangible.
Aún no nos dirigimos al camping. Nos adentramos un poco más en el pueblo para visitar la tienda de Up North Adventures y preguntar por la excursión en canoa del día siguiente. Queríamos salir a las nueve de la mañana, porque la previsión anunciaba lluvia a partir del mediodía. A esa hora ya no quedaban plazas; a la una, en cambio, sí. No le dimos muchas vueltas: reservamos un recorrido de unos veinte kilómetros por el río Yukón, sin guía. Con guía costaba doscientos dólares más, y no nos pareció necesario pagar ese extra.
Con las compras hechas y la excursión reservada, pusimos rumbo a nuestro primer campamento: Wolf Creek Campground. Llegamos sin problemas y nos asignaron la parcela número 5, nada más cruzar el puente sobre el arroyo. Era amplia, con mesa y anillo de fuego. La lluvia había cesado, así que aprovechamos para montar la tienda.
Eran las dos cuando nos sentamos a comer. No lo hicimos en la parcela, sino en una zona de mesas cubiertas junto al arroyo, donde todo seguía seco. A finales del verano, aquel curso de agua es una zona de desove del salmón chinook. Junto a la entrada del camping había incluso una pequeña escalera para peces, acompañada de paneles que explicaban la migración de los salmones. Hasta en los lugares más modestos, el paisaje parecía venir con su propia lección de historia natural.
Después de comer salimos a recorrer el Wolf Creek Trail, que arranca en el propio camping y sigue el curso del arroyo hasta su desembocadura en el río Yukón. Era un sendero bastante llano, encerrado en un bosque espeso donde las ardillas aparecían por todas partes. Algunos árboles estaban roídos en la base; por la forma de las marcas, apostaría a que eran obra de castores.

La espalda no tardó en recordarme que seguía allí. Apenas habíamos recorrido un kilómetro y ya notaba molestias. Mis esperanzas de hacer travesías con mochila y rutas largas empezaban a desvanecerse. Sin embargo, ocurrió algo curioso: hacia el tercer o cuarto kilómetro empecé a encontrarme mejor. No era una victoria definitiva, pero bastó para devolverme algo de ánimo.
Nos cruzamos con un par de personas, no más. Y entonces apareció el río Yukón: ancho, imponente, de un azul intenso, con Grey Mountain —la Montaña Gris— al fondo. La mañana lluviosa había dado paso a una tarde agradable; incluso el sol apretaba. El último tramo del sendero estaba mucho más acondicionado, con asientos y accesos adaptados para personas con movilidad reducida.
Nos cruzamos con un par de personas, no más. Y entonces apareció el río Yukón: ancho, imponente, de un azul intenso, con Grey Mountain —la Montaña Gris— al fondo. La mañana lluviosa había dado paso a una tarde agradable; incluso el sol apretaba. El último tramo del sendero estaba mucho más acondicionado, con asientos y accesos adaptados para personas con movilidad reducida.



En total debimos de caminar unos cinco kilómetros y medio. No fue una gran hazaña, pero sí una primera prueba. Volvimos al coche bastante contentos: la espalda había protestado, aunque no tanto como temía, y el río nos había ofrecido una bienvenida magnífica.
Ruta
Ruta
Entre una cosa y otra, se nos ocurrió buscar otro sendero por la zona, entre Whitehorse y el camping. Así dimos con el Hidden Lakes Loop, una ruta circular de unos 5 kilómetros. Los comentarios que había leído en AllTrails hablaban bien de la ruta, y llegamos hacia las siete de la tarde, una hora que, según decían, podía ser buena para observar fauna.
Los Hidden Lakes son lagos de tipo kettle, formados cuando los bloques de hielo muerto que quedaron enterrados al retirarse los glaciares acabaron derritiéndose y dejaron depresiones en el terreno. Para los habitantes de Whitehorse son un lugar muy querido. Empezamos el circuito en sentido contrario a las agujas del reloj. El sendero nos gustó muchísimo y la luz de última hora lo volvía aún más atractivo. No tenía ninguna dificultad reseñable, salvo alguna subida sencilla. Pero la verdadera sorpresa estaba en el agua.
Castores. Yo no había visto uno en mi vida.
Ocurrió en el segundo lago. Oímos un chapoteo, abandonamos el camino y nos acercamos a la orilla. Primero vimos la onda que se abría sobre el agua; después, de pronto, al animal. Di un bote de alegría. Fue apoteósico. Nos quedamos allí haciendo fotos y vídeos, siguiéndolo como pudimos campo a través, hasta que nos dimos por satisfechos y regresamos al sendero.
En otro de los lagos apareció un segundo castor. El éxito de la excursión era ya absoluto.
La única persona con la que nos cruzamos fue un muchacho muy majo, sentado en un banco en la parte alta del sendero y disfrutando de los rayos de sol. Nos quedamos hablando un rato y nos recomendó algunas rutas cercanas a Whitehorse. Después continuamos por el bosque, alejándonos de los lagos, hasta llegar a un claro enorme. En una franja del terreno, los árboles aparecían roídos por completo en la base.
—Mira qué claro han hecho ahí los castores —le dije a mi sobrino—. Además, parece reciente.
Y justo entonces apareció un castor enorme, caminando entre los roídos árboles. Nos quedamos clavados en el sitio, flipando, observándolo mientras avanzaba. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero fue uno de esos encuentros que convierten una excursión corriente en algo que recuerdas durante años.
La jornada también tuvo su parte amarga. Llevaba unos Hollyland Lark M2, en su versión USB-C, para grabar vídeos destinados a la familia. El receptor se conectaba al móvil, y mi sobrino y yo llevábamos cada uno un micrófono para poder hablar mientras grabábamos. Pero guardé mal el teléfono, el receptor se soltó y lo perdí en mitad del camino. Me quedé sin él prácticamente desde el primer día del viaje, y los micrófonos dejaron de servirnos.
Fue una pérdida pequeña en comparación con todo lo que teníamos por delante, pero fastidió bastante. Habíamos llevado el equipo precisamente para conservar mejor aquellos momentos y, de golpe, nos quedábamos sin una parte de la idea. Aun así, no había manera de recuperarlo, así que seguimos adelante.
Los Hidden Lakes son lagos de tipo kettle, formados cuando los bloques de hielo muerto que quedaron enterrados al retirarse los glaciares acabaron derritiéndose y dejaron depresiones en el terreno. Para los habitantes de Whitehorse son un lugar muy querido. Empezamos el circuito en sentido contrario a las agujas del reloj. El sendero nos gustó muchísimo y la luz de última hora lo volvía aún más atractivo. No tenía ninguna dificultad reseñable, salvo alguna subida sencilla. Pero la verdadera sorpresa estaba en el agua.
Castores. Yo no había visto uno en mi vida.
Ocurrió en el segundo lago. Oímos un chapoteo, abandonamos el camino y nos acercamos a la orilla. Primero vimos la onda que se abría sobre el agua; después, de pronto, al animal. Di un bote de alegría. Fue apoteósico. Nos quedamos allí haciendo fotos y vídeos, siguiéndolo como pudimos campo a través, hasta que nos dimos por satisfechos y regresamos al sendero.
En otro de los lagos apareció un segundo castor. El éxito de la excursión era ya absoluto.
La única persona con la que nos cruzamos fue un muchacho muy majo, sentado en un banco en la parte alta del sendero y disfrutando de los rayos de sol. Nos quedamos hablando un rato y nos recomendó algunas rutas cercanas a Whitehorse. Después continuamos por el bosque, alejándonos de los lagos, hasta llegar a un claro enorme. En una franja del terreno, los árboles aparecían roídos por completo en la base.
—Mira qué claro han hecho ahí los castores —le dije a mi sobrino—. Además, parece reciente.
Y justo entonces apareció un castor enorme, caminando entre los roídos árboles. Nos quedamos clavados en el sitio, flipando, observándolo mientras avanzaba. No sé cuánto tiempo estuvimos allí, pero fue uno de esos encuentros que convierten una excursión corriente en algo que recuerdas durante años.
La jornada también tuvo su parte amarga. Llevaba unos Hollyland Lark M2, en su versión USB-C, para grabar vídeos destinados a la familia. El receptor se conectaba al móvil, y mi sobrino y yo llevábamos cada uno un micrófono para poder hablar mientras grabábamos. Pero guardé mal el teléfono, el receptor se soltó y lo perdí en mitad del camino. Me quedé sin él prácticamente desde el primer día del viaje, y los micrófonos dejaron de servirnos.
Fue una pérdida pequeña en comparación con todo lo que teníamos por delante, pero fastidió bastante. Habíamos llevado el equipo precisamente para conservar mejor aquellos momentos y, de golpe, nos quedábamos sin una parte de la idea. Aun así, no había manera de recuperarlo, así que seguimos adelante.




Ruta
Regresamos al inicio del sendero, recogimos el coche y volvimos a Wolf Creek. Llegamos pasadas las nueve, casi a las diez de la noche. El camping tenía una zona donde los huéspedes podían coger toda la leña que quisieran, aunque los troncos eran enormes y nosotros no teníamos hacha. Nos apañamos con ramillas recogidas entre los árboles caídos, algunos pedazos de tronco y un poco de papel. Al final, conseguimos prender una fogata.
A su calor preparamos unos buenos bocadillos de bacon con queso fundido. Y el queso tenía su gracia: era castellano, español, comprado en Whitehorse, en pleno Yukón. Estaba buenísimo.
A su calor preparamos unos buenos bocadillos de bacon con queso fundido. Y el queso tenía su gracia: era castellano, español, comprado en Whitehorse, en pleno Yukón. Estaba buenísimo.

Así terminó nuestro primer día completo en el territorio. Habíamos empezado con el jet lag y un paseo de apenas dos kilómetros; habíamos resuelto el alquiler del coche, comprado provisiones, reservado una excursión en canoa y recorrido dos senderos. La espalda seguía siendo una incógnita, y el receptor de los micrófonos había desaparecido, pero también habíamos visto una liebre, un zorro y varios castores, incluido uno que caminaba tranquilamente por el sendero como si aquel bosque le perteneciera. Entre las brasas, el bacon y el queso derretido, nos fuimos a dormir con la sensación de haber aprovechado el día hasta el último minuto.
