2 de agosto de 2010. Aquella noche lo pasamos muy bien en Kande Beach. Era nuestra última noche en Malawi y queríamos despedirnos de aquel lugar como se merecía. Compartiendo la celebración, nos rodeaba gente de nacionalidades tan diversas como la holandesa, la neozelandesa o la australiana, ataviados para la ocasión con rudimentarios disfraces elaborados a base de bolsas de basura y cinta aislante. Como en el relato bíblico de la Torre de Babel, los allí presentes se expresaban en idiomas procedentes de todas las partes del mundo: inglés, francés, alemán, swahili, chichewa y por supuesto el español. Resultó muy fácil mezclarse con ellos, a medida que la desinhibición que provocaban los brebajes que preparaban en el lugar, se iba apoderando del personal. Era tan cordial el ambiente que se respiraba en aquel pequeño rinconcito de Malawi, que hasta fue invitada a pasar a la barra del bar una de las expedicionarias que nos acompañaba, sirviéndonos ella misma las consumiciones. Una de las más exquisitas es la amarula, una crema de licor procedente de Sudáfrica, que toma su sabor del fruto del árbol de la marula, el cual cuando cae al suelo fermenta alcanzando una alta graduación alcohólica. Lo curioso es que se dice que este fruto, que encanta a animales como los elefantes, e incluso a algunas especies de primates o de roedores, ha llegado en algunos casos a causar la embriaguez de éstos. Merece la pena ver este link y comprobar los efectos cómicos que tiene este licor sobre algunos animales.
Por suerte para nosotros, y a pesar de los espirituosos efectos de este licor, pudimos llegar por nuestro propio pie hasta las chozas que nos albergaron en kande Beach.
El descanso, aunque corto, fue muy reparador. Aquel día tocaba una nueva etapa que nos llevaría desde las instalaciones de Kande Beach en el poblado de Chinteche hasta los alrededores de la ciudad tanzana de Mbeya, donde el Utengule Coffe Lodge constituiría nuestro alojamiento esa noche antes de afrontar nuestro asalto al Parque Nacional de Ruaha.
Aunque la distancia existente entre Chinteche y Mbeya supera los 570 kilómetros, ésta discurre por una carretera asfaltada en todo su recorrido, lo que propició que pudiéramos abarcar esta distancia en una sola etapa, con paso por la frontera de Karonga incluido. El camino, como ya venía siendo costumbre y había ocurrido a la ida, estuvo salpicado de interrupciones provocadas por los cruces continuos de las que acabamos por denominar “las vacas suicidas de Malawi”. Por suerte, el grueso de la expedición había olvidado definitivamente el malestar generalizado que padecimos en nuestro desplazamiento hasta las playas de Chinteche.
El sol reinante aquel día engrandeció las vistas del lago que se podían divisar en la cima del puerto que días antes dejáramos atrás en nuestra incursión por tierras de Malawi. Al paso por el puesto policial de Karonga, volvimos a reencontrarnos con los oficiales de policía que nos habían sancionado al entrar en Malawi, dejándonos pasar esta vez sin problema alguno. Aunque he de reconocer que con cierta sorna, sus caras parecían decir: cuando queráis volvéis otra vez, que aquí estaremos para sacarnos un nuevo sobresueldo.
El paso de la frontera nos ocupó otra buena hora y media de papeleos varios, continuando sin contratiempos hasta nuestro destino final en Mbeya. La entrada en Tanzania evocó en algunos de nosotros esa extraña e incomprensible sensación de calidez del que vuelve a su hogar, del que se aproxima a lo conocido. Ciertamente, la mala experiencia que padecimos durante nuestro primer día en Malawi y especialmente la noche que pasamos en el Santuario de Sangilo, influyó decisivamente en ello.Tanzania es un país acogedor para el viajero, donde resulta fácil encontrar una cara amable y donde la belleza de sus paisajes te envuelven y transportan hacia la más absoluta tranquilidad, en una comunión perfecta con la naturaleza. Una de las primeras cosas que llama la atención de esta parte de África es, sin duda, la luz. La extremada claridad de los días de la estación seca que es difícil encontrar en otras partes del mundo. Un amanecer en África bien vale un viaje hasta este lugar.
A continuación el viajero se topa con el estado natural de las cosas, es decir, esa sensación de que en la naturaleza tú eres el invitado insignificante, que rodeado por el ritmo de vida y muerte que impone la fauna salvaje, trata de pasar lo más inadvertido posible. Es por esto que los habitantes de las pequeñas aldeas de Tanzania tienen tantos problemas con la fauna cuando ven arruinadas sus cosechas, destruidas sus casas de adobe al paso de una manada de elefantes o los cada vez menos frecuentes ataques de leones hambrientos a su ganado. La naturaleza en estos lugares marca el ritmo y equipara las fuerzas del hombre y el animal salvaje. Comprendes allí que la tierra no es único patrimonio del hombre, que la compartimos con otras especies, y que no basta con demilitar artificalmente los límites de lo que es o no, un parque natural, porque el único animal que conoce de fronteras es el hombre. Mientras en Europa las reservas y parques naturales son el último reducto para la flora y la fauna que aún no ha sido esquilmada por el hombre; en África es el hombre el que sobrevive en plena naturaleza, en una batalla que desgraciadamente cada día más va inclinándose a su favor en detrimento de la naturaleza. Sin duda, en ello han influido los años de colonización y explotación con los que el viejo continente obsequió a las dispersas y aisladas poblaciones de estos paises. Por desgracia, las ansias de riqueza y dominación globalizadoras importadas de occidente van prendiendo lentamente la mecha que hace sucumbir la autenticidad frente a la uniformidad que impone el sistema. No es extraño encontrar bomas masais (pequeñas aldeas donde vive una de las tribus guerreras más importantes de África), cuyos moradores han perdido su identidad y costumbres, convirtiéndose en "auténticas" atracciones turísticas carentes de toda credibilidad. Pese a ello, aún hoy, el viajero puede disfrutar de esta África cambiante que irremediablemente está condenada a la perdida de su propia identidad.
Lo siguiente que conoce el explorador es la realidad local, la pobreza de unos muchos frente a la riqueza de unos pocos. Pero no una pobreza absoluta, como nos muestran las televisiones de medio mundo, más bien una pobreza llena de humanidad. La falta de medios, como pueda ser el abastecimiento de agua o un lamentable sistema sanitario, son llevados por la población con una absoluta sencillez y naturalidad en favor de las relaciones humanas como verdadero medio de vida. Aún recuerdo la conversación que mantuvimos con un español que regentaba un pequeño negocio hostelero en mitad del Serenguetti. Éste nos hablaba de los auténticos problemas con los que se encontraba a la hora de reclutar gente para su negocio, pues aunque la población cercana no se negaba a trabajar para él, cuando les ofrecía ganar más dinero echando unas horas de más, en muchos casos le argumentaban que no les hacía falta. Esgrimían como argumento que si accedían a ganar más dinero y a trabajar más, utilizarían ese mismo dinero en comprar un coche para poder ir a las zonas cercanas y ese coche le demandaría rápidamente más dinero para reparaciones y por tanto un mayor trabajo y que cuando tuvieran el coche querrían otra cosa, que finalmente les llevaría al mismo resultado, perdiendo por el camino la felicidad de lo simple de su existencia en aquel lugar. Y eso en el mejor de los casos, porque algunos otros compañeros suyos habían acabado utilizando el dinero en alcohol, drogas o mujeres de dudosa rePUTAción. En dos razonamientos había definido el sistema capitalista. Él no podía entender el por qué hacer algo así, si no le faltaba nada de lo que consideraba básico para su existencia, el alimento, la vivienda y la familia. Estas realidades, evidentemente, chocan frontalmente con los valores que nos han inculcado en el mundo "civilizado" que vivimos y hacen replantearse otras formas de vida.
Todo esto; esa mezcla de naturaleza, humanidad y belleza con la que el expedicionario se encuentra al visitar Tanzania es en mi opinión lo que hace que te pique el llamado mal de África, y sufras la necesidad de volver y volver a este continente para conocer nuevos parajes donde encontrar una sociedad más auténtica y menos uniformada culturalmente. Pero para ser honesto, es fácil decir esto cuando uno sabe que a la vuelta del viaje uno llegará a su casa, y podrá disfrutar de las comodidades que ofrece nuestro hogar, haciendo un simple giro de muñeca para obtener agua potable de nuestros grifos.
Una vez que hicimos nuestra entrada en Tanzania, pusimos dirección al Utengule Coffe Lodge, en las proximidades de Mbeya, donde tras algo más de 10 horas de viaje, disfrutamos de una de las mejores cenas de nuestro periplo africano. La cocina en este lugar es verdaderamente excepcional resultando exquisita a todo tipo de paladares. No menos excepcional fue la puesta de sol sobre los cafetales que rodean las instalaciones del Utengule, para tras su disfrute dirigirnos inmediatamente a resguardarnos del frio frente a la enorme chimenea que presidía el salón del hotel. Tras los licores frente a la chimenea, descansamos al fin bien arropados por las confortables y radiantes sábanas, con la mirada puesta en el próximo asalto al Parque Nacional de Ruaha. Allí nos esperaba, sin saberlo, algún que otro inesperado encuentro con el león africano.