He dormido fenomenal así que en cuanto me levanto tengo unas ganas locas de explorar la ciudad.
El desayuno en el albergue no está nada mal. Mi estómago que es muy exigente por la mañana, da su visto bueno.
El buen día que tuve ayer me ha hecho caer en la novatada de quitarme capas de abrigo. Cuando ya he llegado al centro veo que que ha sido un gran error..espera..un gran error se escribe así: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡GRAN ERROR!!!!!! Hace un frío helador. De hecho caen pequeñas gotas que son casi mini cubititos de hielo (así con dos diminutivos..muy chiquitititos). El cielo está muy gris, un gris de esos de nieve. Encuentro a faltar mi gorro, mis guantes y mis medias! ¡tan calientes que están todas mis prendas de fiesta en el albergue!
Camino para entrar en calor. Espero que el día se gire antes de emprender el camino de regreso a abrigarme porque soy muy testaruda (pero eso ya lo sabéis los que me conocéis ¿no?).
Recorro el barrio llamado Petite France atravesando el canal. Es sábado y se nota. Por mi camino me entretengo en los numerosos mercadillos callejeros que me encuentro al paso: de cosas usadas, de flores, mmmm de comida artesanal (éste último lo he encontrado siguiendo a mi señora nariz)
Después de ver el barrio famoso por sus casitas de madera, me acerco hasta la Catedral (de Notre-Dame). Es absolutamente fabulosa por fuera y por dentro. La cantidad de estatuas que existen en la fachada cuidadosamente esculpidas y en las poses más imaginativas posibles, junto con las gárgolas y tejadillos recargados, hacen que mire constantemente hacia arriba . Unas observándolas hasta donde me llega la vista y otras hasta donde me alcanza el zoom de la cámara. Por dentro el rosetón es espectacular y las vidrieras que adornan las paredes son también dignas de admirar. Leo que fue la catedral de culto más alta de toda Europa durante dos siglos y que el medallón gótico que he visto, con 15 metros de diámetro, es uno de los mayores de Europa.
Mañana van a hacer un concierto de Litz en la catedral y parece que van a retransmitirlo puesto que hay cantidad de focos y material de grabación preparado. Es gratuito. Lo veo en uno de los panfletillos que hay en la Catedral (sí, sí aquellos que nadie mira), pero yo no tendré oportunidad de oírlo ya que mañana tengo previsto salir de excursión.
A la torre recomiendan subir. Desde la terraza en un día claro, parece que se alcanza a ver la Selva Negra. Esta claro que yo no he tenido tanta suerte, pero aún así creo que intentaré subir. Lo haré más tarde puesto que las 11.30 hay que comprar el billete para entrar a ver a las 12h el reloj astronómico de la catedral.
Así que me escapo de la catedral por las callejuelas que la rodean. El frío no solo no nos ha abandonado, sino que el canalla se ha hecho más fuerte. Voy a la búsqueda y captura de una cafetería que sea de mi agrado y la encuentro. Aprovecho para leer las noticias que bajé ayer. Desde que salí de Barcelona no le he dedicado ni un minuto a seguir la actualidad española.
La cafetería es pequeña pero se está calentito. La espabilada viajera que aquí escribe ha escogido el pequeño asiento al lado del único radiador que tienen. Allí oigo como los clientes y dueños mezclan el alemán y el francés en sus conversaciones. De pronto toda la cafetería ríe..(¡menos yo!): una niña que mantenía una conversación con el barman ha dicho alguna cosa que ha generado la carcajada general de todos los presentes…menos la mía que Je n’ai rien compris.
Salgo de la cafetería dispuesta a hacer la segunda vuelta a la catedral, declarada patrimonio de la UNESCO en 1988. Subo, a cambio de 5 euros, los 142 metros de altura que dicen que tiene. Tengo que hacer dos pequeñas paradas por el camino para tomar aire (una que se hace mayor). La barandilla está tan fría que me duelen las manos hasta al sujetarme en ella.
Son dos tramos de escaleras hasta la planta superior. Allí, las vistas de la plaza y de la ciudad son fabulosas. Más gárgolas y rosetones de piedra me hacen pensar en la cantidad de artesanos que debieron de trabajar en semejante obra de arte. Algunos de ellos anónimos profesionales del oficio, que ahora se menospreciarían a favor de profesiones más intelectuales. Aunque la ironía está, en que el trabajo de éstos perdura y es admirado durante siglos, mientras que el otro forma parte del olvido general en un plis plas (espero que os culturicéis haciendo clic en el enlace).
Bajo las escaleras con calma, puesto que dedico el tiempo necesario a sacar la cabecita por las ventanas que me voy encontrando, con tal de admirar y fotografiar todo lo que creo digno de ello (que no es poco).
Llego abajo a tiempo para comprar el ticket a 2 euros del reloj astronómico. Una vez dentro podremos admirar no sólo el reloj astronómico sino también la columna de los ángeles.
Nos ponen un vídeo de casi 20 minutos sobre el tiempo y el reloj en 3 idiomas diferentes. Me resulta absolutamente aburrido y tengo ganas de sacar el móvil para jugar al Angry Birds o a cortar frutitas. Pero me contengo de semejante falta de respeto. Lo siento pero pocas veces lo digo: ¡vaya tostón!. Aunque resulta en algunos puntos interesante, se me hace largo y tedioso y yo lo que tengo ganas es de ver los automatismos del reloj. Cuando éstos empiezan me siento un tanto estafada y decepcionada. ¡Vaya chufo! casi no se mueve nada!. Aún así el reloj y la columnata son bonitos. Merece la pena verlos.
Con tanto jolgorio se me ha hecho la hora de comer. Lo sé porque mi reloj biológico es más puntual que uno Suizo. Busco algún lugar para comer. La oferta culinaria no entiende de medias tintas…o bocatas típicos de la zona o menús de 25 euros. Consigo encontrar un rincón dónde comer una ensalada con pollo e Internet. Y una vez allí, vuelvo a entrar en calor.
Cuando salgo de comer tengo un gran dolor en el pie. Casi no puedo andar. Lo he notado ya antes, pero no he querido hacerle demasiado caso. Al haber parado ¡ainsssssssss!
Veo que me lo tengo que tomar con calma y camino despacito hasta la plaza Kébler. Allí entro en una librería que ha dedicado su escaparate a los libros y la ciudad de Barcelona. Carlos Ruiz Zafón es el rey pero Mercé Rodoreda y Quim Monzó se asoman también tímidamente por allí.
El dolor va a más, así que he decidido ir al albergue a ver que se me cuece en el pie.
En mi camino de regreso no puedo estar de visitar la Iglesia Protestante de Saint-Pierre-le-Jeune . En cuanto entras parece transportarte a siglos atrás. Los frescos de las paredes son espectaculares y teniendo en cuanta que datan del siglo XIV están muy bien conservados. En un lateral hay una puertecita que da al claustro. Casi no se ve, pero con la valentía del que se sabe turista abro la puerta con decisión para hacer la visita. Al regresar a la Iglesia, han puesto música barroca como hilo musical. Así que no puedo evitar sentarme un buen rato a relajarme.
Al salir sigo con mi camino inicial, aunque vuelvo a desviarme un poquito más para llegar a la Plaza de la República.
Ahora sí, de camino al albergue paso a comprar algo para merendar. Ya no estoy en el centro y por tanto la mayoría de tiendas están cerradas. Acabo en un super y entre otras cosas, me ha dado por comprar patatas de wasabi.
A la hora de pasar por caja, la cajera me advierte de que aquello es muy fuerte. Le digo que sí, que lo sé. Pero como continúa toda divertida dándome conversación he de pararle los pies diciendo que no hablo francés. Se ríe con el compañeros diciéndole que ella no habla ni papa de inglés y que mis patatas son muy picantes. Me pregunta que si no sé hablar nada de nada y yo le digo que un peu seguidamente de todas las palabras básicas que me sé. (¿cómo le explico que estudié en EGB, pero que lo que más recuerdo de las clases de la Señorita Rosalia era le chien est dans la maison??). Se despiden de mi con un au revoir tremendamente efusivo.
Ya en el albergue, saco el calcetín con miedo a lo que pueda encontrar. Tengo los dedos hinchados, no parece nada dramático. Pero el dolor agudo que sentía, me viene del quititin que está más colorado que una cereza en plena temporada.
Ahora toca descansar los piececitos mientras saboreo mis patatas de wasabi.
Saldré un ratito después aprovechando que estoy cerca del centro.