Creo que hemos dormido hasta casi las 11h. Una barbaridad de horas según nuestra media diaria. Aunque es difícil decir porque hemos cambiado de uso horario y sigo llevando en la muñeca la hora de Moscú. De cualquier forma, nos han despertado con la entrega de la correspondiente bolsita marrón. La misma pregunta que ayer: carne o pescado. Pero esta vez he conseguido entender que hay macarrones de acompañamiento.
Mientras espero la comida salgo al pasillo. Un señor me pregunta la hora, pero le muestro el reloj mientras digo "Moscú time". De hecho, a mi también me gustaría saber qué hora es, porque no sé si tenemos ya 5 horas de diferencia, 3 ó 4.
Acabamos comiendo la misma sopa que ayer. Aunque está vez han tenido la precaución de no llenar tanto los envases. Los macarrones son fideos gordos con otros 4 guisantes (nuevamente me refiero de forma absolutamente literal) y un poco de carne cortada a trocitos. Nuestras compañeras hacen ascos a la comida, pero para nosotras, que no somos de exquisito paladar, ya no está bien. No es momento para ser delicadas.
Mientras espero la comida salgo al pasillo. Un señor me pregunta la hora, pero le muestro el reloj mientras digo "Moscú time". De hecho, a mi también me gustaría saber qué hora es, porque no sé si tenemos ya 5 horas de diferencia, 3 ó 4.
Acabamos comiendo la misma sopa que ayer. Aunque está vez han tenido la precaución de no llenar tanto los envases. Los macarrones son fideos gordos con otros 4 guisantes (nuevamente me refiero de forma absolutamente literal) y un poco de carne cortada a trocitos. Nuestras compañeras hacen ascos a la comida, pero para nosotras, que no somos de exquisito paladar, ya no está bien. No es momento para ser delicadas.
A la hora de comer, la P llama la atención sobre el uso de la mesa. Les dice que no es de uso exclusivo, aunque las inquilinas del piso de abajo hacen oídos sordos a su sugerencia.
El tren hace un par de paradas largas y M baja a estirar las piernas. Allí se mezclan locales vendiendo, en su mayoría, pescado seco ensartado en un gran pincho o directamente metido en una gran bolsa de plástico. La gente baja a comprar pan, noodles o simplemente un helado. Algunos bajan con la ropa con la que van en el tren que suele ser de verano (la temperatura en el tren ronda los 27-30 grados) y acaban subiéndose tiritando de frío. Al poco de regresar M, ha venido a nuestro compartimento el mismo señor que esta mañana ha preguntado la hora. Nos trae dos pequeños conos de papel: uno de ellos contiene ciruelas y el otro unas bolitas blancas que parecen de chocolate. Nos las ofrece con una sonrisa. Yo cojo una de las bolitas mientras le doy las gracias. Me insta a quedarme el cucurucho entero mientras ofrece el otro a M. Le agradecemos con la única palabra que conocemos en su idiomas "Gracias" pero lo hacemos tan efusivamente que se da más que satisfecho porque casi parece que le hayamos hecho una reverencia. Yo le pregunto que qué es lo que me voy a llevar a la boca, pero que tonta he sido porque no entiendo ni papa de las palabras que me da como respuesta. Es igual, porque yo he de comerlo sea lo que sea, ni que sea por simple agradecimiento. Es un poco amargo y necesito la ayuda de M para descubrir qué es. Parece que es queso de cabra. Y la verdad es que, superado el momento inicial, nos sabe bastante bueno. El sabor de las ciruelas ya lo conocemos. Y la combinación de ambos sabores en la boca es absolutamente fantástica.
Las señoras de abajo no se han inmutado con nuestro visitante. Siguen viendo la película que se han puesto a todo volumen. De tanto en tanto viene algún ruso de nuestro vagón y les dice algo, parece que bromean con ellas, pero ellas no se giran, con lo que nos queda la duda, de si son bromas de "amistad" o simplemente que les tiran puyas. A nosotras ni nos importa.
M y yo alternamos las literas con la silla del pasillo, aunque básicamente leemos mucho e ignoramos a las de abajo. En algún momento de la tarde, cuando se van a fumar, aprovecho para rescatar mi mochila de los bajos de una de las literas. No quiero tener que negociar el momento de rescatarla a nuestra llegada a Irkutsk mañana.
Las provodnitsa no dejan de pasar por el pasillo y siempre que lo hacen, miran, sin disimulo, a las inquilinas del camarote número IV mientras nos sonríen. M las ha visto hablar de ellas en el andén (sus señas con el dedo tenían un claro mensaje). Creo que ya todas saben qué es lo que pasa allí.
Los niños continúan todos el viaje con nosotras. La bebé es cada vez más audaz y se aventura a dar muchos más pasos dentro de nuestro camarote, con lo que su hermano ha de venir a buscarla varias veces durante la tarde.
