Desayunamos en un bar cercano a nuestro hotel, donde tenían unas pulguitas de vicio. Luego nos acercamos caminando (no nos llevó ni cinco minutos) hasta la parada inferior del funicular del Río de la Pila, que es gratuito y que utilizan tanto los lugareños en su devenir diario para evitar las cuestas y los turistas, que obtienen una actividad gratuita y una hermosa vista panorámica de la ciudad. Está abierto desde las 06:00 hasta las 24:00. Muy recomendable si se dispone de un poquito de tiempo libre.

Ya estábamos en la parte alta de la ciudad. Los desniveles en esta zona imponen bastante y para ir de un lado a otro hay que subir o bajar enormes cuestas, si bien se han instalado muchas escaleras mecánicas e incluso ascensores para facilitar los itinerarios a pie. Como queríamos ir hacia el Sardinero, en vez de tomar el funicular de vuelta, continuamos por la parte alta. La Avenida General Dávila es zona residencial y no tiene excesivo interés turístico, pero mantiene una bajada suave pero constante hasta llegar a la calle Joaquín Costa que desciende ya casi en picado en medio de un parque hasta elegante edificio del Gran Casino (1916), ya frente a las playas del Sardinero.
Las playas estaban muy concurridas ya muy temprano pese a ser domingo.



SENDA A MATALEÑAS Y CABO MAYOR.
Una vez allí, empecé a seguir una ruta (la llaman senda, pero no me parece adecuado porque tiene bastante parte urbana) en dirección b]a Mataleñas y el Faro de Cabo Mayor.[/b] Hacía un día estupendo y las playas estaban a tope de gente. Pasé por las dos playas del Sardinero y, sin dejar de contemplar buenas vistas, llegué hasta el Parque de Mataleñas y la Playa de los Molinucos. Bordeando el mar, alcancé el Cabo Menor, donde merece la pena caminar un rato entre las rocas para buscar las mejores perspectivas fotográficas. Muy bonita esta zona. La única precaución especial que requiere es llevar un calzado que no resbale.





El camino continúa bordeando la recóndita Playa de Mataleñas, sus aguas de un precioso color turquesa, si bien lo de “secreto mejor guardado de Santander” con que la anuncian los folletos debió pasar un tanto a mejor vida por lo que pude ver.




Eso sí, la cala es preciosa y presenta una panorámica fantástica del Cabo Menor y la bahía. Desde el aparcamiento de la playa y el campo de golf, se puede atravesar un campo verde hasta el Faro del Cabo Mayor, en cuyo interior hay instalado un centro de arte, al que no entré. Las vistas son estupendas aquí, aunque su mejor momento es el atardecer, según se asegura. No lo pude comprobar porque no me cuadró, pero tampoco estaba mal el panorama a esa hora del día, con sol y tanta claridad.



Además de ver el faro, se puede seguir el sendero que lleva hasta la punta del Cabo para descubrir otra perspectiva.




Desde allí, traté de encontrar un autobús para regresar al Paseo Pereda, pero no vi ninguna parada y tampoco localicé un taxi libre, así que bordeé el campo de golf y fui caminando hasta la Península de la Magdalena, en donde me reuní con mi marido. Tomamos un autobús hasta la zona del Puerto Pesquero, donde habíamos decidido almorzar. Tardamos bastante en llegar porque el autobús da mucha vuelta. Al fin, llegamos al Puerto Pesquero y, la verdad, nos llevamos una decepción tanto por los restaurantes como por el propio puerto: lo habíamos imaginado de otro modo, con ambiente marinero y pequeños locales con oferta de pescado del día. Nos quedamos en uno de los dos o tres que había, donde nos aseguraron que preparaban unas bandejas de marisco espectacular y unos arroces excelentes. Como no queríamos marisco, pedimos un arroz negro. Madre mía, el peor arroz negro que he tomado en mi vida, insípido y aguado. Y encima la cuenta subió a 44 euros. No sé qué tal estará el marisco, pero el arroz negro para olvidar. Mejor comer en el centro.
Plaza de la Asunción.


El día soleado y caluroso había traído nubes de bochorno. Después de descansar un rato en el hotel, fuimos al Palacete del Embarcadero, de donde salen Los Reginas, barcos que recorren la bahía en una excursión que de una hora larga. La temperatura era muy agradable como también lo fue el paseo, que nos brindó la posibilidad de contemplar desde el mar lo que habíamos visto desde tierra anteriormente: desde el Centro Botín hasta la Península de la Magadalena, desde el Sardinero hasta Cabo Mayor, sin olvidar, la isla de Mouro con su faro y la Playa del Puntal (comunicada con Santander con barcos muy frecuentes para quienes quieren pasar allí un día de playa).







Tras el paseo en barco, me dirigí nuevamente al centro de la ciudad para ver algunas cosas que tenía pendientes, una de ellas, la Catedral.

La Catedral de Nuestra Señora de la Asunción está catalogada como Bien Cultural. Se construyó entre los siglos XII y XIV en estilo gótico, si bien fue ampliada y reformada durante el siglo XVII. Sufrió daños con la explosión de la dinamita del vapor Cabo de Machichaco en 1893, pero de peores consecuencias fue el incendio de 1941, tras el cual tuvo que procederse a su reconstrucción, la cual se realizó con gran respecto a su planta original.

La entrada creo recordar que me costó 1 euro. Primero se visita la Iglesia del Cristo (Iglesia Baja o Cripta), levantada sobre las antiguas termas romanas (que pueden verse cubierta por un cristal), donde se depositaron los restos de dos soldados romanos martirizados por Diocleciano, que se conservan actualmente en la capilla del Evangelio en dos relicarios de plata. Su estructura de robustos arcos soporta todo el peso de la iglesia superior.

Después, entré en la Catedral propiamente dicha, accediendo directamente al claustro gótico del siglo XIV. Estuve dando una vuelta y sacando algunas fotos mientras esperaba a que acabase la misa, ya que, lógicamente, no se admiten visitas durante los oficios religiosos. Por lo demás, se puede acceder y hacer fotos sin problemas.



La portada principal presenta la escultura de los primeros escudos del reino donde aparecen juntos los castillos y los leones después de la unificación de ambos reinos en tiempos de Fernando III. La Iglesia Alta se terminó de construir en el siglo XIII. Algunos de sus tesoros se perdieron durante el incendio de 1941, pero conserva la decoración de arcos, columnas y puertas. Las vidrieras son de época reciente.



Al salir de la Catedral, me fijé en unos paneles que señalan el recorrido de la llamada ruta del incendio, que marca la zona en la que se cebaron las llamas que destruyeron gran parte del casco histórico de Santander. Fotografías tomadas en aquel momento en cada lugar muestran las consecuencias catastróficas del fuego, en comparación con su estado actual. Es un itinerario interesante que se puede seguir al tiempo que se visita el centro.

Tras pasear otro rato por aquí y por allá, volvimos al Centro Botín y subimos a las pasarelas para contemplar las panorámicas con otra luz. Luego fuimos a descansar un rato al hotel y, finalmente, cenamos en el Mercado del Este.

Ni que decir tiene que se nos quedaron bastantes lugares por ver, pero nos quedamos satisfechos porque tampoco es cuestión de saturar la mente y agotar los pies en un par de días. Además, conviene dejar sitios pendientes para próximas visitas. Sin embargo, tengo que decir que una de las cosas que más me sorprendió de Santander fueron sus calles tan empinadas.

