Mientras nos desplazábamos en el autobús desde el Lago Bohinj hasta el Lago Bled nos cayó la del pulpo. ¡Menuda tormenta! Menos mal que ya en Bled no caía ni una gota, incluso empezaba a brillar algo el sol. Y la temperatura era muy buena.


Pese a la belleza del Bohinj, el lago más famoso de Eslovenia es sin duda el de Bled, gracias a la enorme difusión de su idílica imagen por internet, con sus lánguidas aguas turquesas y su castillo medieval en lo alto de un risco.

Como el Bohinj, está situado en los Alpes Julianos y es de carácter glaciar. Se encuentra a 475 metros de altitud sobre el nivel del mar y tiene 2.120 metros de largo por 1.380 de ancho, con una profundidad máxima de unos 30 metros. Rodeado de bosques y montañas, cuenta en sus aguas con la única isla natural de Eslovenia, que pudimos distinguir desde unos miradores que hay junto al castillo, aunque no entramos a visitarlo. Hice una foto con el teléfono deprisa y no quedó muy bien cuando traté de ampliarla; pero, bueno, algo se ve.

Durante un rato, escuchamos las profusas explicaciones del guía local, de quien logramos zafarnos discretamente, porque, la verdad, estábamos más interesadas en recorrer el lago que en tanta teoría. Desde todos los ángulos, las vistas eran muy bonitas, si bien confieso que me esperaba algo distinto, no sé, quizás… ¿menos civilizado? Claro que no debió pillarme por sorpresa, pues sabía que se trata de un lugar muy turístico, pero es que también se estaba disputando una competición de canoas; incluso vimos una boda de las muchas que se celebran en la sede municipal.



Eso sí, reconozco que el panorama mejoró, y mucho, según nos fuimos alejando del embarcadero y, por tanto, del gentío. Entonces es cuando se disfruta de la belleza del lago y, sobre todo, de su entorno.



Después de almorzar en el restaurante de uno de los hoteles del lago, se nos ocurrió subirnos a una de las barcas tradicionales de la zona, unos botes de madera de siete metros de eslora por dos de manga, muy adornados y con toldos de colorines, llamados “Pletnas”, cuyo origen se remonta al siglo XII. Por entonces, los campesinos del pueblecito de Mlino, situado en la orilla sur del lago, eran demasiado pobres para pagar los impuestos, así que, como contraprestación, las autoridades les impusieron la tarea de llevar en barcas a los peregrinos que iban a la isla. Más tarde, ya en tiempos de la Emperatriz María Teresa, los derechos del transporte les fueron cedidos a veinte familias del pueblo, y se han transmitido de generación en generación.



Los botes no tienen horario fijo y zarpan hacia la isla cuando se llenan, manejados por fornidos barqueros, capaces de moverlas solo con sus brazos y dos remos. En fin, tela marinera, porque en cada barca íbamos cerca de veinte personas. Eso sí, el precio (ida y vuelta, por supuesto) no era barato: 18 euros los adultos y 9 los niños.



Tras unos veinte minutos, desembarcamos en la isla, un islote, en realidad, pues su superficie es de 0,82 hectáreas. Habitada, al parecer, desde la Edad de Piedra, las leyendas cuentan que sus pobladores adoraban a Ziva, la diosa del amor y la fertilidad; verdad o no, lo cierto es que con el correr de los siglos se convirtió en lugar de peregrinación.


En la Edad Media, se erigió una iglesia de estilo gótico, que funcionó como santuario hasta el siglo XIX, cuando la alta aristocracia descubrió las bondades de sus aguas termales, por lo que Bled pasó a ser un centro vacacional de élite. La actual Iglesia de la Asunción data del siglo XVII, es barroca y en su interior hay frescos que representan a la Virgen María. Según la tradición, quien toque tres veces las campanas obtendrá el deseo que pida, así que están repicando continuamente. También se puede subir a la torre de estilo veneciano del siglo XV. Pero no hicimos ni una cosa ni otra porque, tras los dieciocho euros de la barca, no nos apetecía soltar otros diez por lo que nos pareció una turistada; en fin, lo normal en un sitio abarrotado de turistas. Naturalmente, tampoco falta una tienda de souvenirs con cafetería incluida. Menos mal que los servicios eran públicos y gratuitos.


La isla es muy pequeña y durante el tiempo que estuvimos esperando para volver a embarcar (quizás fue una hora, no recuerdo bien) le dimos cuatro o cinco vueltas completas surcando unos senderitos que serpentean entre la frondosa vegetación y ofrecen bonitas vistas del lago, aunque lo que más me gustó fue el alucinante color turquesa del agua.


En fin, cada cual tendrá su opinión, pero a mí la isla no me pareció gran cosa y, a toro pasado, habría preferido hacer alguna caminata larga por los senderos que rodean el lago. Nos hubiese dado tiempo de sobra.


De regreso al embarcadero, caminamos hasta la Iglesia de San Martín, construida en 1905 en estilo neogótico, el último templo tras la desaparición de otros anteriores, el más antiguo del siglo XIV.


En el interior, lo más interesante son las pinturas, realizadas entre 1926 y 1929 por Slavko Pengov, uno de los mejores representantes de la pintura mural figurativa de la primera mitad del siglo XX. En particular, me atraía la controvertida “Última Cena”, donde, según había leído, se representa a Judas con la cara de Lenin. Y sí lo parece, ¿verdad?



A última hora de la tarde, retornamos al hotel. Como resumen, decir que, aunque pueda interpretarse lo contrario por alguno de mis comentarios, el Lago Bled y sus alrededores me gustaron mucho pese a estar un poco masificados. Por eso, sin duda prefiero el Lago Bohinj y su entorno.

DESMONTANDO MITOS: LA GARGANTA DE VINTGAR Y EL LAGO BLED