Las Iglesias de Nesebar.
Lo que más me gustó de Nesebar fueron las iglesias y sus frescos, el motivo principal de su declaración como Patrimonio Mundial. En sus tiempos de esplendor, llegó a contar con un enorme número de templos, hay quien asegura que más de 80, aunque otras fuentes los cifran “solo” en 42, convirtiendo a esta pequeña ciudad en una de las que cuentan con más iglesias por metro cuadrado del mundo. Actualmente, se conservan únicamente alrededor de una docena, aunque son bastantes menos las que se pueden visitar por dentro. Yo pasé a tres. Quizás me perdí alguna, no lo sé. Los exteriores de todas ellas son de un estilo parecido visualmente aunque de arquitectura diferente. Suelen ser muy bonitas, eso sí.


Iglesia del Cristo Pantocrátor.
Muy bien conservada, se construyó entre los siglos XIII y XIV. Tiene estilo bizantino y planta de cruz latina. El exterior cuenta con una rica decoración en piedra blanca y ladrillo rojo, atractivo que se ve incrementado por el bonito y florido jardín de la plaza en que se encuentra. Estaba en proceso de restauración y no se podía visitar su interior.


Iglesia de Santa Sofía.
Construida entre finales del siglo V y principios del VI, aunque su aspecto actual data del XI, cuando fue reconstruida. Constaba de tres naves y el suelo era de mosaico. Aunque está en ruinas y solo se mantiene en pie una parte de la estructura, resulta muy llamativa y se ha convertido en una de las postales de Nesebar.

Aprovechad para sacar la consabida foto si hay poca gente; yo no lo hice porque había una persona; más tarde, volví varias veces y ya era una multitud. Si no es posible, las fotos no quedan mal tomadas de lado.

Según fui paseando, inevitablemente me topé con otras iglesias: la Iglesia de San Juan Altugetos, la Basílica de Santa Sofía, la Basílica de Nuestra Señora de Eulesis, la Basílica de la Madre de Dios Eleusa, la Iglesia de San Teodoro, la Iglesia Paraskeva y alguna más cuyo nombre no recuerdo. Bueno, confieso que perdí la cuenta, pero creo que importa más haberlas visto que conocer su nombre.




También entré en la Iglesia de la Dormición de Theotokos, la más moderna y la menos destacada, si bien es la única en cuyo interior se celebran oficios religiosos. Tiene una cúpula dorada muy mona, pero resulta casi imposible captarla de cerca. Está prohibido hacer fotos dentro y tampoco hubo nada que me llamase especialmente la atención.

Como he mencionado, pasé a ver tres iglesias, para lo que hay que pagar una entrada, pues ahora se consideran museos. Existen varias modalidades tanto individuales o combinadas, bien con más iglesias y/o con el Museo Arqueológico y otras atracciones. El Museo ya lo había visitado y lo demás no me interesaba, así que compré una entrada que me permitía ver tres iglesias. Creo recordar que me costó 12 levas. Se permite hacer fotos en el interior de todas ellas. Fueron las siguientes:
Iglesia de San Juan Bautista.
Está muy bien conservada y por fuera resulta muy fotogénica, aunque no presenta la rica decoración de la del Cristo Pantocrátor.


El interior, sin embargo, no merece demasiado la pena, pues las paredes están desnudas y apenas se pueden distinguir un par de frescos medievales.

Iglesia del Santo Salvador o Sveti Spas.
Por fuera está muy disimulada y no parece una iglesia, ya que fue construida a principios del siglo XVII, cuando los templos ortodoxos debían mantener discreción para no atraer la atención de los turcos.

Consta de una sola nave y ábside. Conserva varias pinturas originales. Aquí estaba la lápida de la princesa bizantina Mataissa Cantacuzina, que ya he mencionado antes y que ahora está en el Museo Arqueológico.


La encargada, una señora muy amable, me prestó una hoja plastificada con explicaciones en español. Estuve un buen rato sola, dentro. Me gustó.


Iglesia de San Esteban.
Aunque está rodeada por un muro, tras el cual hay un jardín, desde el exterior se puede contemplar parte de su fachada con tres ábsides con mezcla de piedra, cerámica y ladrillos, cuyos dibujos no siguen un patrón fijo.



Reconstruida y ampliada varias veces, se desconoce la fecha exacta de su origen, si bien la parte oriental, la más antigua, parece que data del siglo XI. Sin embargo, lo más llamativo está en el interior, cuyas paredes están totalmente cubiertas de pinturas originales del siglo XVI, cuando el templo se reformó.



Los frescos me parecieron impresionantes y si solo tuviera la oportunidad de visitar el interior de una única iglesia en Nesebar, sin duda sería esta.


Voy a obligarme a poner solo una selección de las pinturas, pero la iglesia está tan repleta y son tan bonitas que me cuesta trabajo decidirme.


Conviene fijarse y pasar cuando haya poca gente dentro, porque merece la pena dedicarle un buen rato. Yo tuve suerte y durante varios minutos estuve sola o con otras dos o tres personas en el interior. Cuando salía, apareció un grupo de unos cuarenta alemanes y su guía. En ese caso, es preferible regresar en otro momento si se puede, porque sus dimensiones no son demasiado amplias y con tanta gente resultaría difícil moverse y fijarse en los detalles, por no hablar de sacar fotos algo decentes.

Las playas y el puerto.
Un poco cansada de tanto callejear, me acerqué a las playas del casco antiguo, que son pequeñas y no muy atractivas, en mi opinión. Había bastantes personas bañándose, pero no eran multitudes. Me limité a meter los pies en el agua por aquello de haberme mojado en el Mar Negro. Me sorprendió la temperatura del agua, bastante caliente; 28 grados según me confirmaron después. Por lo demás, los típicos chiringuitos, bares y restaurantes de las zonas costeras. Para mí, nada especial por lo que merezca la pena hacer tantos kilómetros. Pero, claro, eso va en gustos



Más tarde, almorzamos en la terraza de uno de esos restaurantes, con unas espléndidas vistas al mar. Hacía mucho calor y, quizás, no era el mejor momento para tomar una sopa de pescado calentita, pero a mí me gustó mucho y agradecí librarme de la inefable ensalada. De segundo, un arroz con mejillones que no estaba mal, aunque a mí me gusta el arroz al dente y ellos lo pasan demasiado. El helado de yogur, muy rico, lo agradecí mucho por el calor.

A continuación, emprendimos la marcha hacia Plovdiv.