Situada a 160 kilómetros al sur de Túnez capital, Kairouan es la ciudad más poblada del centro del país, con una población que actualmente ronda los 200.000 habitantes. Según la leyenda, en torno al 670 d.C. un general árabe, que buscaba un lugar para establecer un puesto militar, halló aquí, entre reptiles y bestias salvajes, una copa de oro que se había perdido en La Meca y, al recogerla, brotó agua del suelo, lo que consideró un buen presagio. Su nombre parece derivar de un término persa que significa “caravana”. Para los suníes, es la cuarta ciudad santa musulmana después de La Meca, Medina y Jerusalén, y también lo consideran lugar de peregrinación, pues siete visitas a su Gran Mezquita equivalen a una visita a La Meca. Durante mucho tiempo estuvo prohibida la entrada de los infieles. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988.



Esa noche nos alojábamos allí, así que fuimos directamente al hotel, ubicado en el magnífico edificio histórico de la Kasba, una especie de palacio fortificado construido junto a la medina para formar parte de su sistema defensivo y que servía, además, de residencia a los gobernadores y para brindar refugio a la población local en caso de peligro. Aunque exento de lujos, el sitio nos encantó, con sus altos muros y sus pequeñas ventanas. En el patio había una piscina, que nos vino muy bien para combatir un calor más intenso en esta zona que en la costa. Hace poco he leído que el 11 de agosto de 2021 registró una temperatura de 50,3 grados, su máximo histórico. ¡Ufff!


Después de hacer el check-in, no pudimos contener la curiosidad y quisimos conocer la medina, una de las que mejor conservan su esencia en Túnez. Está protegida por una imponente muralla, que se empezó a levantar en el siglo VIII, pero fue destruida muchas veces y la última reconstrucción data del siglo XVIII, cuando se reforzaron con numerosos torreones cilíndricos. Conserva cuatro puertas y en sus orígenes el centro se hallaba junto a la Gran Mezquita hasta que con la dinastía de los hafsíes se trasladó al lugar donde se encuentran ahora los zocos, entre Bab Tunis y Bab ech Chouhada.

Como ya he comentado, era la primera vez que visitábamos un país musulmán y lo que nos encontramos a primera vista nos impactó. Y es que nos pareció muy diferente de las medinas de Túnez o Susa, mucho más auténtica, como si de pronto hubiésemos retrocedido en el tiempo para caer de bruces en un escenario de película, con una ingente multitud deambulando por las estrechas callejuelas en su vida cotidiana, comprando y regateando en los mercados, algunos vestidos a la occidental, muchos con chilabas y numerosas mujeres tapadas de pies a cabeza con una especie de manto blanco, el hijab tunecino que recibe el nombre de sifsari. Entonces, me acordé de “En busca del Arca Perdida”, que se rodó aquí, con Indiana Jones blandiendo su látigo (y su pistola) en estas mismas calles. Fue un sentimiento pasajero; y, en adelante, no he vuelto a tener esa sensación, pese a haber estado en medinas más pequeñas y sin turistas.

Poco a poco nos fuimos adentrando entre la multitud, menos reticentes con cada paso que dábamos, fijándonos en las calles de fachadas blancas y puertas y ventanas azules; pero aquí no lucían tan impolutas, tan preparadas para el turismo como las vimos en Sidi Bou Said, pues no faltaban los desconchones en las paredes, los quicios desgarrados y los cristales rotos junto a balcones imponentes de cuyas ventanas colgaban valiosas alfombras, siempre a la venta. Nos llamó la atención que una parte de aquella amalgama de zocos, aparentemente caótica pero sin duda montada con orden y concierto, tuviese toldos para proteger a compradores y vendedores del tremendo sol que todavía nos agobiaba ya bien entrada la tarde. De modo que, tras un buen rato de caminata, durante la cual divisamos la Mezquita de las Tres Puertas, decidimos volver al hotel para refrescarnos en la piscina.

La Gran Mezquita.
También se la conoce con el nombre de Sidi Uqba, que fue el fundador de la ciudad. Se encuentra en el centro de la medina y está considerado uno de los centros religiosos más antiguos e importantes del mundo islámico. La primera mezquita se construyó en el siglo VII, pero fue destruida y reconstruida varias veces. Su aspecto actual recuerda a una fortaleza y data del siglo IX. Se accede a través de dos entradas, una en el sureste y otra en el suroeste, ambas rematadas por cúpulas.

Con forma de rectángulo irregular, tiene mucha importancia desde el punto de vista arquitectónico. Al enorme patio se accede por seis puertas laterales y está rodeado por galerías dobles constituidas por arcos sostenidos mediante columnas de mármol y granito; muchos de sus capiteles fueron obtenidos de monumentos antiguos, sobre todo de Cartago. En el exterior, destaca el elaborado sumidero que conduce el agua de lluvia a una cisterna subterránea.

La base del alminar comenzó a construirse en el siglo VIII y sirvió de referencia para todos los del resto del mundo islámico. La torre es del siglo IX, mide 35 metros de alto y domina toda la ciudad. La cúpula del mihrab tiene una decoración más rica que el resto.


La sala de oración cuenta con 17 naves, accesibles por otras tantas puertas de madera tallada, y separadas entre sí por hileras de columnas –más de cuatrocientas en total-, que, igual que las del patio, proceden de antiguos edificios de la época romana. No pudimos entrar en el interior, pero sí contemplarlo desde las pocas puertas que estaban abiertas. Muy interesante esta mezquita. Merece la pena verla.


Mezquita del Barbero o Mausoleo de Sidi Sahab.
Situado extramuros, se trata de un santuario que alberga la tumba de un compañero de Mahoma, llamado Abu Zamaa el-Balaoui (Sidi Sahab), que murió en una batalla en el año 654. Se construyó entre los siglos XIII y XIV, aunque fue totalmente renovado en el siglo XVII durante el reinado de la dinastía muradita. El nombre proviene de una leyenda según la cual Sidi Sahab siempre llevaba entre sus cosas tres pelos de la barba del profeta.


El complejo de edificios está compuesto por varios patios, el mausoleo, una madraza, un almacén y otras estancias diversas. La puerta de acceso conduce a un gran patio porticado y pavimentado con ladrillos. En una esquina hay un minarete, coronado con almenas. Antes de llegar a la cámara funeraria, se pasa por varios patios y salas ricamente decoradas con paneles de estuco, esmaltes y azulejos con motivos vegetales y geométricos. La tumba está revestida de mármol verde y blanco. La madraza está precedida por un patio porticado y el mihrab está decorado con paneles de mármol enmarcados con azulejos de cerámica. Los musulmanes lo consideran un lugar sagrado.


De vuelta a los zocos.
Más tarde, volvimos al zoco para hacer algunas compras: un par de mochilas, una bandeja y dos pufs de piel. Sin gustarme en absoluto, el regateo fue aquí bastante más agradable que en Sidi Bou Said. Cuando terminamos, nos fijamos en que las alfombras ya no colgaban de ese balcón que casi se ha convertido en símbolo de la medina, y no sabíamos cuál estampa elegir, con o sin. Entretanto, aunque la actividad en las calles había disminuido, todavía las personas iban y venían, y se mantenían abiertos los puestos de especias y frutos secos.

Las alfombras de Kairouan.
La confección de alfombras es una tradición centenaria en Kairouan y, según se cuenta, eran tan valiosas que los príncipes del lugar pagaban con ellas sus tributos a los califas. En la media, las hay por todas partes. De hecho, su exposición permanente en balcones, ventanas y fachadas es una de las peculiaridades de la medina. Después del almuerzo, Ahmed nos propuso ir a un taller donde se siguen haciendo de manera artesanal. Le miramos un tanto mosqueados. Él se echó a reír y nos dijo que sí, que le daban una comisión, pero que merecía la pena echar un vistazo, pues el sitio era agradable, fresquito y recibían a los visitantes con un delicioso té con pastas. Tenía razón. Además, aprendimos cosas sobre las alfombras locales, como que el nudo básico que emplean es de origen turco y que el valor de la alfombra depende del número de nudos por metro cuadrado, la calidad de los materiales y la técnica empleada. Una alfombra de seda hecha a mano tiene medio millón de nudos por metro cuadrado. Muy bonitas, sí, pero ni se nos pasó por la mente llevarnos alguna
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A continuación, seguimos camino hacia nuestra siguiente parada: las ruinas de Sbeitla.