Tras un desayuno propio, cargamos el coche y salimos hacia nuestros nuevos destinos de hoy. Previamente llenamos el depósito en la bien dotada gasolinera del pueblo y tomamos nuestra primera pista de tierra “de verdad”, la C12 (no estaba mal del todo) que enlazó con la C37/D601 donde había paisajes muy bonitos, con un par de resorts de semilujo y donde vimos una jirafa que ramoneaba tranquilamente junto al camino. Llegados a Hobas paramos en el puesto de entrada al Parque Nacional, donde pagamos la correspondiente tasa (350 ND por 2 adultos “extranjeros” y un coche) y tomamos la pista (en peor estado) que a los 6 km indicaba un cruce a la izquierda para llegar al “Fish River Canyon” y si seguías recto, llegabas a cosa de 2 km a uno de los miradores más accesibles del cañón.
Lógicamente tomamos la de la izquierda pues nuestra intención era adentrarnos en el cañón e intentar ver el río Fish unos cuantos meandros más allá. Esta pista era deleznable, pues estaba formada por grandes pedruscos de punta (¡ay las ruedas!) y pequeños barrancos. Ni los 4x4 con los que nos cruzábamos iban a más de 40 km/h. Tras unos cuantos kilómetros a baja velocidad, alcanzamos uno de los miradores más espectaculares del cañón, donde hicimos decenas de fotos y admiramos tan espléndida naturaleza. A pocos metros, apareció un babuino macho, que nos miraba como diciendo “a ver qué puedo robaros” y al que no quitamos ojo de encima.



Aún hicimos otro tramo de pista para llegar a un segundo mirador y seguir disfrutando de los paisajes, donde dimos la vuelta (la pista seguía otros casi 40 kilómetros, creo que hasta Ais-Ais, donde hay un balneario de aguas calientes) y, en el cruce de antes, tomamos a la izquierda para llegar hasta el mirador “fácil” que tampoco estuvo mal. Volvimos por la mala pista hasta el control de los rangers y dado que nuestro siguiente destino era Keetmanshoop, nos planteamos si volver a Grunau para hacerlo por la bien asfaltada B1 o ahorrarnos más de 100 km si lo hacíamos por la conocida C12 y luego la B4 (de todas formas, para llegar a Grunau teníamos también unos 45 km de pista). Nos decantamos por hacerlo por las pistas de tierra, donde nos encontramos de todo: tramos donde circulábamos con seguridad a 100 km/h y otros donde la omnipresente “tôle ondulée” nos obligaba, con el imprescindible “masaje” para nuestros cuerpos y para el Toyota, a no pasar de 40-50.
Tras una hora y media para recorrer esos cien kilómetros de pista combinada, enlazamos con el deseado alquitrán de la B4, de modo que en media hora estábamos en Keetmanshoop, con la intención de visitar el “bosque Quíver”, con esos curiosos árboles tan típicos de estos desiertos. No merece la pena, pues la propiedad está en el quinto pino y lo poco que ofrece ya lo habíamos ido viendo, gratuitamente, a lo largo de la C12.

Aprovechamos para tomar algo en uno de los restaurantes rápidos y llenar el depósito, pues todavía teníamos por delante 340 km hasta nuestra parada de esta noche: Luderitz.
Debo relatar aquí un hecho ocurrido en el “Hungry Lion” donde comimos. Estaba bastante lleno y cuando estábamos terminando nuestro menú, un hombre que aparentaba unos 50 años, no muy bien vestido, nos dijo algo en su idioma que no entendimos, pero cuando se pasó la mano sobre el estómago comprendimos que nos estaba pidiendo que no volcásemos las bandejas en el “agujero” de los desperdicios, sino que se las pasásemos a él. No somos de tirar comida y realmente no quedaba nada en las bandejas, así que le pedí que me acompañara y nos fuimos al mostrador donde se piden los menús, donde las 3 dependientas nos miraron con caras “raras”. Le señalé las pantallas de colorines donde aparecían los posibles menús y le dije que pidiera lo que quisiera. Me entendió a la primera, y señalando el “combi” más potente (un bocadillo triple de pollo, con sus patatas y su refresco grande) me miró como pidiendo permiso. La cola se había parado, expectante, a ver como terminaba aquello y el resultado, por fácil, provocó más de una sonrisa entre quienes esperaban y, por supuesto, en nuestro improvisado compañero de mesa. Pagué los 120 ND que costaba aquello (solo unos 6€) y le entregué, ostentosamente y de forma que todo el mundo lo pudiera ver (incluida la encargada del local que no las tenía todas consigo) el tique que le serviría para, cuando el pedido estuviera terminado, recoger sin problema alguno, la bandeja con su comida. Un apretón de manos y un “bye” nos permitieron salir, entre apenados y tranquilos, de aquel trance tan singular. A lo largo del viaje pudimos comprobar que, en más sitios de los esperados, había gente pidiendo ayuda, comida o simplemente, agua. Tremendo, porque aquí los pobres no piden, como en Europa, para tabaco, beber un vino o pagar la tarifa del móvil. Pedían, simplemente, para poder comer.
La carretera, salvo algún tramo en obras, nos permitía ir a 120, de modo que a eso de las 4 y poco, estábamos entrando en la ciudad portuaria. Dado que nuestro alojamiento era muy céntrico, dimos a la primera con él y tomada la habitación y estacionado el coche dentro del recinto, salimos a ver un poco la ciudad y a cenar algo en las “animadas” calles principales.
El “Ocean Life” está en la calle principal de Luderitz y por eso lo elegimos. Tiene parking interior pero solo para 4-5 coches. El personal es amable. El medio apartamento que nos dieron (el 3) estaba muy castigado y no era especialmente grande. Sala con un sofá cama clic-clac, un taburete y una cocina (mostrador, frigorífico, microondas...). Aire acondicionado. Wifi bien. Sin desayuno. Dormitorio pequeño con cama de 135 incómoda por tener un lado pegado a la pared, colchón y sábanas mejorables. Cocina más vieja que limpia, con una ventana alta que no cerraba (entrada de insectos) y menaje para renovar. Baño pequeño, viejo y nada acogedor, ducha con una cortina poco agradable, flojo de agua, poca luz y toallas igualmente para renovar. TV sin canales normales. Aunque fue muy barato (550 ND, es decir, 26€) sería mejor buscar otro sitio para dormir.
En nuestro paseo vespertino comprobamos los horarios para el día siguiente de los bancos y el de la tienda de telefonía MTC, al parecer la mejor del país.