Nuevamente nos ha despertado el sol. Habíamos estado pensado en hacer una excursión de un día a Bogolyubovo, pero finalmente la pereza nos puede y decidimos quedarnos en la ciudad, porque aunque yala damos por vista, queremos explorar un poco más a pie.
Ayer, repasando la documentación para nuestro siguiente destino, me di cuenta que los billetes que adquirí desde Vladimir hasta N. Novgorod no son válidos para viajar, ya que hay que cambiarlos en taquilla o en alguna de las máquinas de autoservicio de la estación. Cómo las últimas están todas en ruso y las colas en las taquillas rusas ya hemos visto que son de ordago, nos acercaremos hoy a realizar la gestión.
Ui..nada más salir del hotel y acercarnos a la parada de taxi ya tenemos el primer conflicto. He aprendido la palabra rusa para tren pero está claro que mi acento español confunde a nuestro señor taxista. Le enseño los billetes de tren, pero cree que le pregunto por alguna calle y rebusca en el papel algo que no sé descifrar. Finalmente recuerdo que mi guía Bryn Thomas del Transiberiano (que siempre llevo a mano) tiene una foto del mismo en la portada. Así que le enseñó el tren y eso sí que ya nos coloca en la misma onda a ambos y me señala con un gesto de su cabeza el asiento de atrás de su taxi.
Cuando llegamos a la estación está casi desierta. Cuando alargo los billetes a la primera taquillera que encuentro a mi paso y le señalo la parte del billete que indica que he de hacerme con uno nuevo en taquilla. Me contesta en ruso algo que no consigo entender. Yo ante esta situación siempre contesto lo mismo: “¿Eins?”, mientras acompaño mi respuesta con un gesto de mi cara. Su respuesta es señalizar al fondo de la estación. Yo allí solo veo tiendas de comestibles, pero sigo con absoluto convencimiento el camino que me ha marcado con su brazo. ¡Pues sí!, justo detrás de las tiendas y atravesando un pequeño pasillo, hay otras taquillas. Allí repito el mismo gesto con los billetes y la misma respuesta ante la conversación en ruso de la taquillera. Al final la palabra “passport” destaca entre todas las que dice. Le doy los pasaportes y nos extiende los nuevos billetes, así como un par de papeles en ruso para que firme. No tengo ni idea de lo que me ha hecho firmar, aunque uno parecía una fotocopia de uno de los billetes que me ha extendido y otro, escrito a mano, una autorización para mi tarjeta. Recojo todos los papeles que puedo y me llevo alguno suyo. Se ríe mientras me lo reclama de vuelta con la mano.
El trámite nos ha llevado mucho más de lo que nos pensábamos, así que me alegro de haberlo realizado hoy y no esperar a mañana por la mañana.
Cuando hemos venido en taxi, hemos situado ya el centro de la ciudad, así que caminamos calle arriba hacia y nos acercamos al Monasterio de la Natividad de Vladimir, que otrora tuvo los resto de Alejandro Nevski, el mismo cuya calle del mismo nombre recorrimos en San Petersburgo de arriba a abajo.
Caminamos nuevamente por alguno de los puntos que ayer ya visitamos. Nos sentamos en el parque de la Catedral y acabamos andando hasta el hotel. En nuestro camino pasamos por la estatua homenaje al dirigente comunista, Mijail Frunze. Representa un obrero, un arquitecto y un campesino, porque suya es la frase “El Ejército Rojo fue creado por los obreros y los campesinos y es dirigido por deseo de la clase obrera. Ese deseo es llevado a cabo por el unido Partido Comunista”
Nos ha llevado un tiempo, pero finalmente hemos llegado al hotel.