Toque de corneta a la misma hora que ayer. Nos traen a la puerta de la tienda la palangana con el agua caliente que hay que utilizar rápidamente para que no se enfríe. Debemos estar bajo cero y el granizo de ayer se ha congelado. Es mejor ser de los primeros en acercarse al baño porque hay colas. Desayunamos, recogemos todo, rellenamos las botellas con el agua que nos han hervido y cargamos de nuevo con nuestras mochilas.
En la hoja de ruta de hoy, la más larga de todas, tenemos unas 8 horas de caminata en la que recorreremos aproximadamente 13km y descenderemos de los 3.600m a los 2650m.
A pesar de este desnivel, la etapa comienza con un tramo de subida de unas dos horas. Es algo duro y el esfuerzo de ayer se nota en las piernas.
En esta foto vemos arriba el paso de la Mujer muerta y abajo con manchas blancas el campamento donde dormimos y en el que granizó
La primera parada fue en Runkurakay (de runku “huevo”) un tambo con forma oval. Posteriormente atravesamos una zona de lagunas...
...y comenzamos la bajada hasta llegar al complejo arqueológico de Sayacmarca.
Nos acercamos a la zona de ceja de selva. Las montañas están llenas de vegetación. Encontramos las primeras orquídeas y vemos a los colibríes volando de flor en flor. Lástima que la escalera para acceder a Sayacmarca sea un poco estrecha y empinada porque me entra el vértigo y tengo que volver sobre mis pasos. Aun así, aquí van unas cuantas fotos del complejo y de las vistas desde arriba.
El paisaje es precioso: subidas, bajadas, mucha vegetación, lagunas, camino estrecho, ancho, de piedras, de madera, atravesando rocas, visitando ruinas. ¡Qué más podemos pedir! Hoy se trata sólo de caminar y de disfrutar.
El siguiente complejo arqueológico que visitamos es el de Phuyupatamarca o “ciudad entre las nubes”, con las llamas campando a sus anchas en las terrazas.
En el camino tenemos dos paradas en zonas de descanso con aseos públicos y hoy sí que comemos durante la etapa porque el trayecto es largo. Nos han preparado la carpa en lo alto de una montaña. Todavía no se divisa pero nos dicen que Machu Picchu está detrás de una de esas montañas. Continuamos por el conocido “llano peruano”, es decir, subidas y bajadas hasta llegar de los primeros de nuestro grupo a las terrazas de Intipata. Son espectaculares. Sólo nos queda bajarlas para llegar en media hora al último campamento.
El campamento de Wyñaywayna también está distribuido en terrazas y se nota la proximidad de Machu Picchu ya que es el lugar donde coincidimos con más grupos. Si hay suerte y las placas solares funcionan, es el único lugar en el camino en el que se pueden cargar baterías. También hay duchas. Ojo, que no son gratuitas y al parecer el caudal de agua que cae de la alcachofa es mínimo. Nosotros decidimos pasar de la ducha, total, un día más no importa y eso de lavarse sin luz y con agua fría no nos convence así que nos aseamos con los barreños que nos traen los porteadores.
Durante la cena se recoge la propina para todo el personal que nos ha acompañado, a excepción de los guías. El Gobierno peruano regula la cantidad diaria que se asigna a los porteadores y es tan miserable que sólo consiguen algún beneficio después de tanto esfuerzo gracias a las propinas de los turistas. Cada uno de nosotros pone 100 soles que se entregan tras la cena al personal. A todos nosotros nos parece un poco violenta la situación y algo humillante. El equipo se pone delante de la carpa comedor, nos recuerdo su nombre y nos explica qué ha cargado a sus espaldas durante el viaje. Toda esta parafernalia dura como un cuarto de hora en el que los turistas nos sentimos más incómodos que los trabajadores. En fin…
Nos vamos pronto a la “cama” ya que mañana madrugaremos mucho.
En la hoja de ruta de hoy, la más larga de todas, tenemos unas 8 horas de caminata en la que recorreremos aproximadamente 13km y descenderemos de los 3.600m a los 2650m.
A pesar de este desnivel, la etapa comienza con un tramo de subida de unas dos horas. Es algo duro y el esfuerzo de ayer se nota en las piernas.
En esta foto vemos arriba el paso de la Mujer muerta y abajo con manchas blancas el campamento donde dormimos y en el que granizó

La primera parada fue en Runkurakay (de runku “huevo”) un tambo con forma oval. Posteriormente atravesamos una zona de lagunas...




...y comenzamos la bajada hasta llegar al complejo arqueológico de Sayacmarca.

Nos acercamos a la zona de ceja de selva. Las montañas están llenas de vegetación. Encontramos las primeras orquídeas y vemos a los colibríes volando de flor en flor. Lástima que la escalera para acceder a Sayacmarca sea un poco estrecha y empinada porque me entra el vértigo y tengo que volver sobre mis pasos. Aun así, aquí van unas cuantas fotos del complejo y de las vistas desde arriba.






El paisaje es precioso: subidas, bajadas, mucha vegetación, lagunas, camino estrecho, ancho, de piedras, de madera, atravesando rocas, visitando ruinas. ¡Qué más podemos pedir! Hoy se trata sólo de caminar y de disfrutar.




El siguiente complejo arqueológico que visitamos es el de Phuyupatamarca o “ciudad entre las nubes”, con las llamas campando a sus anchas en las terrazas.


En el camino tenemos dos paradas en zonas de descanso con aseos públicos y hoy sí que comemos durante la etapa porque el trayecto es largo. Nos han preparado la carpa en lo alto de una montaña. Todavía no se divisa pero nos dicen que Machu Picchu está detrás de una de esas montañas. Continuamos por el conocido “llano peruano”, es decir, subidas y bajadas hasta llegar de los primeros de nuestro grupo a las terrazas de Intipata. Son espectaculares. Sólo nos queda bajarlas para llegar en media hora al último campamento.


El campamento de Wyñaywayna también está distribuido en terrazas y se nota la proximidad de Machu Picchu ya que es el lugar donde coincidimos con más grupos. Si hay suerte y las placas solares funcionan, es el único lugar en el camino en el que se pueden cargar baterías. También hay duchas. Ojo, que no son gratuitas y al parecer el caudal de agua que cae de la alcachofa es mínimo. Nosotros decidimos pasar de la ducha, total, un día más no importa y eso de lavarse sin luz y con agua fría no nos convence así que nos aseamos con los barreños que nos traen los porteadores.
Durante la cena se recoge la propina para todo el personal que nos ha acompañado, a excepción de los guías. El Gobierno peruano regula la cantidad diaria que se asigna a los porteadores y es tan miserable que sólo consiguen algún beneficio después de tanto esfuerzo gracias a las propinas de los turistas. Cada uno de nosotros pone 100 soles que se entregan tras la cena al personal. A todos nosotros nos parece un poco violenta la situación y algo humillante. El equipo se pone delante de la carpa comedor, nos recuerdo su nombre y nos explica qué ha cargado a sus espaldas durante el viaje. Toda esta parafernalia dura como un cuarto de hora en el que los turistas nos sentimos más incómodos que los trabajadores. En fin…
Nos vamos pronto a la “cama” ya que mañana madrugaremos mucho.