Vuelo y llegada a Islandia.
El vuelo de Iberia Express (incluía una maleta facturada de 23 kilos) salió puntual, a las 22:35. Duró unas cuatro horas y veinticinco minutos y parte del tiempo lo aproveché para leer en una revista un artículo sobre Islandia y ojear algunas impactantes imágenes de un paisaje cuya meseta interior (tierras altas) está compuesta por una sucesión de desiertos, volcanes y glaciares que alimentan los ríos que desembocan en el mar a través de las tierras bajas.
Islandia tiene una superficie de 103.000 km2 y cuenta con una población que ronda los 400.000 habitantes, de los cuales más del 60 por ciento residen en la capital, Reikiavik, y su área metropolitana. Debido a su situación, muy próxima al Círculo Polar Ártico, tardó en ser colonizada y entrar en la historia. Pese a las teorías de que Islandia era la Thule a la que aludía el explorador griego Phyteas en el relato sobre su viaje al Atlántico Norte en el siglo IV a.C., al parecer sus primeros pobladores fueron unos monjes irlandeses que, en el siglo VII, arribaron a sus costas huyendo de los vikingos. Y, precisamente, fueron grupos de vikingos los que, en el siglo IX, desembarcaron en la isla procedentes de Noruega, de donde fueron expulsados. Los primeros asentamientos permanentes empezaron a surgir en el año 871, con la llegada de Ingolfur Arnason y su hermano Hjorleifur, y la fundación de Reikiavik, cuyo nombre significa “Bahía Humeante”. Los dos hermanos, de muy diferente carácter y con suerte opuesta, protagonizan varias sagas islandesas muy populares con sus correspondientes moralejas.

Se cuenta también que los vikingos intercambiaron los nombres de Groenlandia e Islandia, pues "Greenland" significa “tierra verde”, frente a la “tierra de hielo” de "Iceland", con el objetivo de desanimar y confundir a los posibles invasores extranjeros. En el año 930 se fundó el primer Parlamento y en torno al 1000 todo el país se convirtió al cristianismo, enterrándose las creencias paganas. En el siglo XII pasó a ser parte del reino de Noruega hasta que en 1397 se integró en el de Dinamarca, bajo cuyo dominio permaneció hasta su independencia a principios del siglo XX.


De religión luterana desde el siglo XVI, su historia ha estado marcada por desastres naturales, sobre todo terremotos y violentas erupciones volcánicas, consecuencia de su situación en la dorsal mesoatlántica, que ha condicionado el paisaje y mermado la población. El volcán Laki provocó en 1783 una de las mayores catástrofes medioambientales europeas. En sus ocho meses de erupción segó la vida de un cuarto de la población islandesa y tuvo efectos devastadores en todo el mundo cuando sus cenizas nublaron la luz del sol durante tres años y afectaron al clima, provocando la pérdida de cosechas y, como consecuencia, una hambruna que costó la vida a seis millones de personas. En 1875, la erupción del Askja mató al ganado, contaminó la tierra y provocó la emigración a América de muchos islandeses. En 1918, el Katla expandió la costa sur en nada menos que cinco kilómetros. En 1973, en Heimaey, la isla principal del archipiélago de Vestmann, el volcán Eldfell produjo un río de lava que destruyó la mayor parte de las casas, y sus 5.000 habitantes tuvieron que ser evacuados. También nos acordamos todos de la de 2010, cuando el volcán Eyjafjallajökull provocó un tremendo caos aéreo que duró varias semanas. Y…

Ahí paré de leer, pues, de pronto, atrajo mi atención la llamativa línea rojiza que ofrecía el sol a media noche sobre una espesa capa de nubes. A una media hora de llegar, el cielo se despejó, vi la línea de la costa y apareció ante mis ojos la impactante imagen del volcán en erupción, cuya lava y humo se apreciaban claramente pese a estar en el periodo más oscuro de las noches islandesas en julio. La lástima fue que mi ventanilla iba junto al ala, lo cual me privó de una panorámica mejor y me estorbó a la hora de hacer fotos, que no salieron tan bien como me hubiese gustado. De todas formas, impresionante.

Pocos minutos después aterrizamos en el mayor aeropuerto de Islandia, al que llegan casi todos los vuelos internacionales y que se encuentra en Keflavic, a unos cincuenta kilómetros de la capital. Tras recoger el equipaje y reclamar la maleta perdida de una persona del grupo, fuimos hacia el autobús que nos esperaba en el exterior. Al salir al aire libre, la primera impresión no fue nada agradable. Soplaba un viento gélido que me hizo tiritar, aunque ya me había puesto ropa de abrigo. ¡Qué frío! Si era eso lo que nos aguardaba en Islandia, la cosa no pintaba excesivamente bien. Menos mal que no llovía.

De camino hacia Reikiavik pude ver nuevamente el volcán, aunque mucho menos nítidamente que desde el avión: una gran estela de humo y un punto rojo vivo señalaban su inequívoca situación y su actividad. Al cabo de unos cuarenta minutos, llegamos a nuestro hotel, Centers Hotel Plaza, magníficamente situado en la Plaza de Ingólfstorg, en pleno centro, a tres minutos a pie de la Plaza donde está el Ayuntamiento, sin lujos pero muy cómodo y con habitaciones amplias. Nos llamó bastante la atención que hubiese todavía muchos jóvenes en la plaza y en las terrazas de algunas tabernas, pese a ser casi las tres de la madrugada, del sábado al domingo, eso sí. A nuestro regreso comprobaríamos que hay un buen ambiente nocturno en Reikiavik en verano, sobre todo los fines de semana. Pero a eso ya llegaré.


Había que intentar dormir un poco, pues la primera jornada en Islandia se presentaba tan intensa como interesante. Algo curioso es que al abrir el grifo de la ducha (mezclando agua fría y caliente), me olió un poco raro, como a azufre. Luego supe que es normal, pues se debe a las fuentes geotermales que abastecen a la isla y llegan a las tuberías de agua caliente de los hogares. Sin embargo, no pasa lo mismo con el agua fría, que no huele y, por supuesto, es potable, está buenísima y sale fría, fría. Una botella de agua mineral en un supermercado cuesta más de dos euros, así que un buen truco para ahorrar es llevar una botella de plástico y rellenarla en cualquier grifo.
