Cascada Godafoss.
La cascada de los dioses hizo honor a su nombre y me pareció impresionante, divina casi. No sabría cuál elegir entre esta y Gullfoss. Está muy cerca de la carretera 1 y se puede aparcar en cualquiera de sus vertientes, ya que luego resulta sencillo visitarla a pie por sus dos lados, cruzando por un puente. Se pueden visitar todos sus miradores en hora y media, caminando tranquilamente, aunque el lugar requiere recrearse a cada paso con las vistas. Eso sí, las moscas que no estaban en Myvatn parecían haberse concentrado de golpe aquí. No es que fuera molestísimo, pero había que ir con cuidado para no tragarse alguna, como de hecho me pasó
.


El nombre de esta cascada tiene su origen en las sagas islandesas, las cuales refieren que Þorgeir Ljósvetningagoði, el hombre sabio que decretó la cristianización de Islandia en torno al año 1000, lanzó a la cascada los símbolos de los antiguos dioses paganos para liquidar la controversia religiosa.


Lo primero que hice fue dirigirme al mirador superior, desde donde se contempla una de las mejores panorámicas de la cascada, pues se aprecia en todo su esplendor la caída de las aguas del río Skjálfandafljót desde una altura de doce metros, componiendo un semicírculo de treinta metros de ancho. Realmente espectacular. Además, el sol empezó a asomar, convirtiendo en fantástico el espectáculo, pues el agua adquirió un sorprendente tono azul.


Después, me asomé al resto de miradores de la parte superior y, luego, bajé hasta la base de la cascada por unas escaleras y seguí por entre las piedras para ver la caída del agua.


Deshice el camino andado y fui hasta el puente, por el que crucé hasta la orilla contraria, contemplando de paso la bonita cascada Geitafoss y el correr del río hacia el sur.



En la otra orilla, tomé el sendero que va más cerca del agua, desde el que pude ver una cueva con formaciones de basalto, cuyo acceso estaba cortado.



A partir de aquí, solo era cuestión de asomarse a los miradores y tomar fotos. En cuanto a qué lado es mejor, las dos orillas me gustaron mucho, aunque quizás sea más impactante la del lado este.


Akureyri.
Solo hay 35 kilómetros, una media hora de viaje, desde Godafoss hasta Akureyri, la cuarta ciudad islandesa por su número de habitantes, que está en torno a los 19.000, en cuyo camino nos encontramos un paisaje de picos y glaciares.



Rodeada de montañas, en las cuales pudimos ver restos de glaciares, pese a estar cerca del Círculo Polar Ártico, goza de un clima oceánico más templado que el resto del país, gracias a la protección que le otorga el fiordo Eyjafjörður, en cuya base se encuentra, a orillas del río Glerá, y cuyas aguas no se congelan nunca, lo que ha otorgado una gran importancia a su puerto, al que llegan varios cruceros.


Y como queriendo demostrar la verdad de su benévola climatología, el sol apareció en todo su esplendor, haciendo subir rápidamente la temperatura. Tras almorzar en un restaurante local, fuimos a dar una vuelta por la ciudad.


Los puntos turísticos más importantes son el Jardín Botánico, que alberga muchas especies de plantas islandesas, muy florecidas en esta época, y también los árboles más altos de todo el país. Merece la pena verlo, pues, además, es gratuito.





Su principal monumento es la iglesia luterana, que se acabó de construir en 1940. También está muy animada la calle principal, peatonal, con tiendas, restaurantes y terrazas, así como el resto del centro histórico, que conserva algunas casas tradicionales de madera, según indica el panel informativo que consulté en el puerto.


