Salidos del “finger” vimos que este aeropuerto es muy grande y de aspecto moderno, habiéndose convertido por los muchos vuelos a Europa de esta aerolínea, en otro “hub” internacional, pero en este caso no con Asia, sino con África.
Siguiendo los carteles llegamos a la zona de control de seguridad para el siguiente vuelo, y allí se nos cayó el alma a los pies. Cientos y cientos de pasajeros se arracimaban en los zig-zags típicos para llegar a los escáneres de turno. Vimos tanta gente que preguntamos al personal si no perderíamos el vuelo siguiente, afirmándonos que no, que teníamos tiempo. Después de casi media hora recorriendo aquellas calles de vallas, llegamos a los escáneres y vimos que solo había 2 puertas abiertas, y lo peor, la gente no guardaba orden alguno, y, además, las cajas de plástico para nuestras pertenencias había que ir a buscarlas “por ahí”, porque no había personal del aeropuerto encargado de ello. Bueno, confiscadas 3 bandejas no-se-donde, nos encaminamos hacia una de las cintas, donde los pasajeros constituíamos una auténtica “melée” de rubgy. Al final conseguimos dejar las cosas en las bandejas y ¡sorpresa! fuera zapatos (de todo tipo), obligándonos a estar descalzos en un suelo realmente asqueroso, Por fortuna, pasábamos rápidos, pues el personal de seguridad parecía estar allí solo para cubrir el expediente, pues no controlaban el contenido de las bandejas ni a los que cruzábamos bajo el arco (no pitaba nadie), así que en pocos minutos estábamos “al otro lado” recomponiendo nuestro vestuario y calzándonos.
En las pantallas ya estaba anunciado nuestro siguiente vuelo, el ET809 a Johannesburgo, con salida prevista a las 0845 y embarque a las 0800. No tuvimos suerte con la puerta del nuevo embarque, debiendo recorrer casi todo el aeropuerto pues resultó ser una de las últimas antes de la nada. Así que, con cierta prisa, paso por los aseos, rellenado de las botellas de agua en las fuentes (solo funcionaba una de cada tres) llegamos a la puerta, siendo ya más de las siete y media. Por el camino pudimos entretenernos unos minutos en los bien dotados comercios y tiendas libres de impuestos, donde comprobamos que los precios eran mucho más elevados que los de Barajas (que ya es decir).

Con puntualidad, abrieron la puerta de embarque para que subiéramos, también por finger, a un Airbús A350, más veterano que el americano que nos había traído desde España, con algunos huecos (no muchos) entre sus asientos, pasando a ocupar nuestros 23A y 23B (aunque ponía esos números, realmente era la tercera fila de clase turista). Hace muchos años que, si podemos reservar asientos, lo hacemos siempre en las primeras filas, pues (escrito con todo cariño y respeto) los pasajeros que prefieren las últimas filas de las aeronaves gustan de quitarse los zapatos a las primeras de cambio, se explayan en sus asientos aun a costa del vecino y terminan por tirarse al suelo a dormir sin más (aunque ocupen zonas comunes como pasillos, salidas de emergencia, etc.). No es que delante la gente sea diferente, pero parece que se controla algo más en favor de hacer cómodas tantas horas de convivencia en tan reducidos espacios.
Al poco nos dieron otra comida, igualmente poco apetecible, pero que tomamos con la mejor actitud pues no sabíamos si tendríamos tiempo, hasta la noche, de hacer otra colación una vez en nuestro destino. El avión no iba tan limpio como el otro y ya he indicado que era bastante más viejo, pero entre un juego y un sueño (no había oferta en español en las pantallas y en todo caso, eran pocas las películas disponibles y menos los juegos) pasamos las cinco horas que nos separaban de nuestro destino, llegando con más o menos puntualidad a JNB. Pero ya sabemos que una cosa es aterrizar y otra, salir del avión, pues a veces el tiempo de rodadura por las pistas hasta la terminal y el de apertura de puertas puede ser muy largo, lo que, en este caso, sumó otra media hora a la prevista de llegada.
Entramos a la ya conocida terminal de Tambo por finger y nos encaminamos hacia la zona de recogida de equipajes, donde al poco tiempo vimos salir nuestras maletas por la cinta correspondiente, y de ahí, con todo el equipaje en un carrito, hacia el control de pasaportes (también rápido) y a la aduana, la cual superamos por el “canal verde” sin problema alguno.
Ya estábamos legalmente en Sudáfrica y, antes de pasar a recoger nuestro coche, queríamos obtener algunos rands para gastos menores y llevar algo en efectivo (tanto para Sudáfrica como para las primeras horas en Namibia), Vimos varias oficinas de cambio y nos volvió a ocurrir algo parecido a lo de 2016: aunque al cambio oficial nos darían 21 ZAR por 1 euro (cambio en aquellas fechas), en los carteles de estas ventanillas el mejor valor que se anunciaba era de poco menos de 19 ZAR, es decir, nos darían un “mordisco” de un 10% a nuestros euros (por eso mi consejo de pagar todo con tarjeta, pues, aunque nos apliquen comisiones de cambio, éstas no superarán el 3%). Visto lo visto, cambiamos solo 300€, entregándonos billetes de 200, 100, 50 y algunos de 20 ZAR.
Ahora si que podíamos dirigirnos hacia la oficina de Hertz, cosa que hicimos saliendo a la calle, cruzando un paso cebra con mucho tráfico (pero donde se paran cortésmente todos los vehículos) y entrando al edificio contiguo al hotel “Intercontinental”, donde, utilizando los ascensores para bajar un nivel (perfectamente indicado en carteles) llegamos en pocos minutos. Todas las compañías de alquiler están en este enorme aparcamiento subterráneo, limpio y ordenado, resultando fácil llegar a la nuestra que, en este caso, era una de las más cercanas a los ascensores.
En el mostrador (solo había otro viajero que ya estaba siendo atendido) entregamos nuestro “voucher” de “StressFreeCarRental” para la filial de Hertz, “Firefly”, a la joven que nos atendió, la cual rápidamente nos facilitó el típico sobre amarillo de la Hertz con toda la documentación dentro y, tras firmar los documentos, pagar el alquiler y hacer el depósito de la fianza por daños, nos informó acerca de como llegar a la oficina donde nos entregarían el vehículo, distante solo unos 150 m de ésta.
En esta otra, otra joven muy amable, nos pidió la documentación y nos acompañó hasta nuestro flamante Toyota, que estaba a pocos pasos, explicándonos algunas cosas y, sobre todo, señalando los cuatro pequeños desperfectos en la carrocería (casi inapreciables) que el documento de “OK” marcaba religiosamente. Conformes con todo, revisamos que en la documentación recibida figurasen los dos permisos para pasar el coche a Namibia y a Botswana, dándonos cuenta de que solo estaba el namibio. Ello supuso volver a la oficina para que preparasen el de Botswana, cosa que demoró más de media hora nuestra salida del aeropuerto, de modo que, siendo nuestra intención ponernos en camino sobre las 2 de la tarde, al final se nos hicieron casi las 4 (el retraso al salir del avión, el control de pasaportes y aduana, cambio de rands y, ahora, la gestión para los permisos transfonterizos del coche). Este retraso lo notaríamos al llegar a nuestro destino de esta noche.
En 5 minutos me hice a los mandos del pequeño SUV (no era la primera vez que conducíamos por la izquierda, aunque en los primeros cruces la inercia me hacía poner los limpiaparabrisas en vez de los intermitentes) y, como el depósito iba lleno de gasolina, conectamos el “Maps.me” (previamente en casa ya había descargado los mapas a utilizar y guardado en “favoritos” todos mis puntos de destino: hoteles, visitas, etc…) que nos llevó hacia la salida del aeropuerto y de ahí, a la autopista que nos conduciría, en unas 4 horas, hasta Bloemfontein, donde teníamos el alojamiento y al que ya sabíamos que llegaríamos de noche, lo que en este caso no nos preocupaba demasiado pues todo el recorrido sería por las buenas autopistas sudafricanas.
Efectivamente, poco antes de las 8 llegamos a los carteles de salida para Bloemfontein y tomé el que, según “Maps.me” debía dejarnos al lado de nuestro alojamiento para esa noche. Pero nada más lejos de la realidad, ya que la calle del apartamento no estaba por allí. Como no teníamos datos en el teléfono, pregunté a un repartidor de pizzas en una gasolinera si podía buscar la calle Henrietta Grove en su móvil, cosa que hizo amablemente para informarme que estábamos a… siete km de distancia. Localizada la calle en mi “Maps.me” pusimos rumbo a la misma, llegando a eso de las nueve.
El “3 lavenders” es un B&B con varios apartamentos en un barrio tranquilo y de chalés bien cuidados. Dimos con él en segundos, pues además del número (el 4) tiene cartel en la valla. Nos abrieron los anfitriones, muy amables en todo momento y a los que pedimos disculpas por el retraso. Dejamos el coche dentro del recinto y pasamos al apartamento que nos habían adjudicado (creo que esa noche éramos los únicos huéspedes).
El alojamiento resultó sencillo, independiente y fiel a las fotografías. Habíamos reservado por Booking (con desayuno y anulación incluida por 650 ZAR, unos 31€). Limpieza y wifi buenos. Cama grande con buen colchón y bien de sábanas y toallas. Frigorífico, electrodomésticos y menaje no muy nuevos pero suficientes. Baño bien con ducha (mampara) y agua caliente suficiente. TV (que no encendimos porque era tarde y estábamos cansados). Mesa y sillas de jardín en el patio propio. Relación calidad-precio: muy buena. Recomendable.