Amanecimos temprano de modo que a las 7 (la hora que habíamos pedido) nuestra atenta anfitriona se presentó con una cafetera de hirviente café, leche y una bandeja con media docena de sándwiches a la plancha (tortilla y queso), fiambre, pequeña ensalada, zumos, yogures y hasta barritas energéticas. Lo tomamos en nuestra mesa de jardín con una agradable temperatura. Terminado el desayuno pasamos a preparar nuestra partida, informándonos la pareja anfitriona que ellos se iban a hacer jogging por el barrio y que dejásemos la llave en el buzón cuando nos fuéramos. Le dijimos que no hacía falta puesto que, en 10 minutos, estaríamos dispuestos para salir, cosa que efectivamente hicimos, no sin antes despedirnos de tan amable matrimonio.
Se puede pensar que la jornada de ayer no fue especialmente atractiva. Así lo habíamos planeado pues el objetivo no era visitar ningún punto turístico, sino simplemente llegar a Johannesburgo, tomar el coche y seguir camino hasta nuestro alojamiento, pues como he escrito más arriba, volar a Tambo resultó 300€ más barato por pasajero que hacerlo a Windhoek, alquilar el coche allí supuso un ahorro de más de 2.000€ a si lo hubiéramos hecho en Namibia y, aprovechando el recorrido por Sudáfrica (unos 1.500 km), visitaríamos hasta 3 lugares no conocidos, según veremos más adelante. Nos compensó totalmente.
Ya en marcha, y antes de abandonar la ciudad que vio nacer al profesor y escritor J.R.R. Tolkien (creador de la Tierra Media, el Hobbit o el Señor de los Anillos) aprovechamos para llenar el depósito en una Shell que nos salió al paso y tomamos la N8, una buena carretera donde estaba permitido circular a 120 km/h, lo que nos puso sobre las 10 en Kimberley, nuestra primera parada.
Nuestro semi-navegador nos llevó hasta la puerta de “The Big Hole” (El Gran Agujero), donde aparcamos y nos dirigimos al edificio principal de la, posiblemente, mina de diamantes más famosa del mundo. Este edificio tenía varios comercios donde adquirir recuerdos (artesanía, imanes, juguetes…), desayunar o comer y, lo más llamativo, pero no por ello asequible, comprar algunos diamantes totalmente reales y de precios astronómicos o casi. La decoración del hall recreaba el ambiente de los antiguos mineros y las visitas (de unas 2 horas) se realizaban de forma guiada (en inglés). Pagados 150 ZAR cada uno, nos pusieron una pulserita y nos incorporamos al grupo que, en breves minutos, comenzaría el recorrido. Lo primero era llegar hasta el famoso “gran agujero” que no era otra cosa que lo que restaba de la mina a cielo abierto, de donde se extraían los diamantes, hoy inundado de agua y realmente enorme. Un camino muy bien decorado (maquinaria, elementos mineros…) nos llevó hasta la plataforma desde donde el guía explicó lo que allí se hacía y donde pudimos hacer unas buenas fotos del lugar. Luego nos llevaron a otro espacio al aire libre, donde pudimos coger trozos de la escoria sobrante (algunos de varios kilos) y ver más artefactos usados en las minas, y de allí pasamos (ya a cubierto) a una gran sala con muchos paneles informativos y fotografías, todo muy didáctico, donde se explicaba la evolución de las minas y como se crean los diamantes. Había numerosas vitrinas con ropas de trabajo, herramientas, enseres, etc. y una especie de “caja fuerte gigante”, donde primero entraron las mujeres del grupo para que el guía les pusiera los “dientes largos”, pues había allí muchos expositores con diamantes auténticos que, hábilmente iluminados, refulgían en la oscuridad. Después pasamos los hombres a dicha cámara acorazada y entonces pudimos entender los muchos comentarios y exclamaciones que todas aquellas mujeres hicieron al salir. Una de las paredes exteriores de este protegido recinto acogía, en otras vitrinas, reproducciones perfectas de los más famosos diamantes de la historia.


Pero no terminaba aquí el recorrido, sino que nuestro guía metió al grupo en unos túneles, suponemos que auténticos y que, en su día, fueron parte de la mina, donde fue explicando los trabajos de los mineros, sus angustias y sus necesidades, todo ello con palas, picos, vagonetas, cascos, etc. auténticos que ambientaban perfectamente la visita. Incluso en algún momento hubo una explosión figurada y en otros, el guía gastaba simpáticas bromas a los visitantes que se presentaban voluntarios.


A la salida, pudimos recorrer libremente el antiguo pueblo minero (con más de cien edificios: barbería, hotel, cafés, escuela, juzgados, prisión, talleres y hasta… una funeraria), ya fueran los originales (muy bien restaurados) u otros nuevos creados para la ficción.

Fue muy interesante y agradable, permitiéndonos partir los kilómetros de carretera de este día en dos partes diferenciadas. Antes de abandonar Kimberley, pasamos por la gran rontoda donde está ubicado el monumento a la guerra de los bóers, una especie de templo griego, cuadrado y de gran tamaño que se podía haber visitado si hubiera estado abierto (es curiosa la cantidad de lugares de visita, tanto en Sudáfrica como en Namibia y Botswana, que debiendo estar abiertos según horario, permanecían cerrados sin saber las causas). Unas fotos y poco más.

Ahora tocaba poner rumbo hasta Augrabies, a unas 5 horas de distancia por la N8, N10 y N14, carreteras de buen ritmo y muy entretenidas. Como queríamos llegar con luz a nuestro destino, paramos en uno de los pueblos por los que pasamos y donde descubrimos la principal “fast food” de estos países. “The Hungry Lion” (el león hambriento) es una cadena que está en muchísimos pueblos de Sudáfrica, Namibia y Botswana, donde por 160 ZAR (unos 8€) pueden “comer” dos personas (bocadillo tipo hamburguesa, pero de pollo, relativamente bueno, cajita de patatas fritas y refresco). Que nadie piense que hay restaurantes para elegir (salvo los hoteles que tengan este servicio, que son pocos), pues, excepto en las ciudades de más de 30.000 habitantes, no hay donde hacerlo salvo estos lugares de comida rápida. Con suerte y si das con un centro comercial moderno (y grande) podremos cambiar la hamburguesa por una pizza o un cuenco de arroz con pollo. Poco más.
Sobre las cuatro y media llegamos al pueblo de Augrabies, donde tocaba dormir y visitar las cataratas homóninas, desconocidas fuera de Sudáfrica, pero muy atractivas, especialmente recién terminada la época de lluvias (marzo) pues llevaban un enorme caudal de agua. Como no nos daba tiempo de visitar el P.N. Augrabies (lo dejaríamos para el día siguiente, ya que cerraba a las 5 de la tarde) y el pueblo era realmente triste (barriadas de casas de chapa y cartón, con calles sin asfaltar y sin farolas…) pensamos que sería mejor tomar el alojamiento, dejar el equipaje y salir a cenar donde pudiéramos.
De nuevo “Maps.me” fue incapaz de encontrar el sitio, pero vaya en su descargo que esa “Main Road” que figura como dirección en la reserva, existe y de hecho la recorrimos cien veces arriba y abajo, aunque nadie conocía el alojamiento. Así que poco a poco se fue apagando la tarde y no veíamos el momento de llegar al albergue reservado. Ya de noche (todo a oscuras o casi) y habiendo “tropezado” con un coche de la policía, lo paramos y preguntamos a los agentes donde demonios podía estar este B&B. No les sonaba de nada. Nos llevaron al cuartelillo desde donde (eso nos dijeron) llamaron al teléfono de la reserva sin que nadie descolgara. Eran más de las 8 y sin vender una escoba, así que optamos por “olvidarnos” del “Orangeriverguestfarm” y nos pusimos a buscar un alojamiento alternativo, todo eso en una carretera sin luces y pareciendo ser las tantas de la madrugada. Un cartel anunciaba a la izquierda el “Augrabies Falls Lodge & Camp”, así que allí nos metimos, con escasa confianza, pues para más inri era sábado por la noche. Sorprendidos por el buen aspecto del establecimiento preguntamos en recepción si había habitaciones libres, y nos dijeron (como nos temíamos) que no. Todo lleno. Se nos tuvo que ver el desencanto en la cara, porque uno de los trabajadores pidió ver la reserva de Booking para la “Orangeriverguestfarm” y nos dijo que SÍ conocía el sitio. Además, llamó primero y habló con alguien de allí informando que llegaríamos “en un rato”. Nos hizo un croquis bastante detallado y hacia allá nos fuimos.
No está en una calle, sino al final de un sendero de tierra y arena (aprox. 1 km) al que se llega (sin un triste cartel) desde esa muy pateada Main Road, pero después de muchas curvas, revueltas y cruces y, encima, sin una sola luz. Gracias al croquis y a mucha, muchísima suerte, conseguimos llegar al lugar, donde nos salió al encuentro uno de los anfitriones (no recuerdo que hubiera carteles ni anuncios) y nos invitó a entrar, pues nos estaban esperando.
El alojamiento era un conjunto de habitaciones todas diferentes. Nos tocó una muy amplia (cama grande, bien de colchón y sábanas; sin TV ni frigorífico ni microondas, gran armario, otra cama individual, un sofá y ventilador). El baño era externo y semi-privado (compartido por dos habitaciones contiguas; por suerte la otra estuvo vacía) y era una sala de ducha (mampara castigada, agua y toallas aceptables), bañera (a lo británico) y lavabo, más otra sala con el inodoro (a lo francés). Sin desayuno (aunque había un gran salón con frigorífico, cafetera y microondas donde se podía preparar el desayuno propio). Aparcamiento dentro de la propiedad. Nivel de limpieza bueno. Anfitriones amables que nos acogieron a eso de las nueve de la noche. La ubicación era ilocalizable. Wifi inestable. Relación calidad-precio buena, pues por solo 495 ZAR (unos 26€) pudimos dormir bastante bien. Desde luego no es aconsejable por la enorme dificultad para localizar el lugar.
Después de la odisea pasada para llegar al sitio, nos olvidamos de salir a cenar (¿a dónde?) y, aprovechando que llebávamos algo de comida y fruta, tomamos un tentempié razonable.