4 de agosto de 2010. El teléfono móvil, que hasta este momento del viaje se había convertido en el mayor elemento decorativo de todos cuantos había acarreado inútilmente hasta tierras tanzanas, interrumpió bruscamente el plácido sueño en el que me encontraba sumido. Con esa finalidad lo había programado la noche anterior, en un intento de no ser de nuevo el "pole-polizado" integrante de la expedición (pole pole en suahili significa despacio, lento, tranquilo y tiene mucho que ver con el ritmo con el que se toman la vida los tanzanos). Justo en ese momento, los rayos del sol que comezaba a asomar tímidamente entre los baobabs, penetraban en mi tienda filtrándose a través de los diminutos orificios de la ventana ubicada sobre el cabecero de la cama. La espectacular belleza del amanecer, contemplado desde la privilegiada posición en que me encontraba, mitigaba levemente los temores emergentes sobre la actividad que habíamos decidido realizar aquella mañana.
Con evidentes signos de cansancio, el grupo compuesto únicamente por siete expedicionarios se reunió en las instalaciones centrales del Tandala Camp, al objeto de iniciar el safari a pie que habíamos programado la noche anterior.
En el apresurado desayuno, mi hermano comentaba lo difícil que le había resultado conciliar el sueño por la presencia cercana de algún león en los alrededores de la tienda que había ocupado aquella noche, contigua al abrevadero desde donde, horas antes, los elefantes nos dieran la bienvenida al campamento. Aunque los sonidos de la noche fueron intensos, he de reconocer que, en mi caso, el cansancio acumulado durante la etapa del día anterior fue mucho mayor, sin que se interrumpiera mi sueño por eventualidad alguna.
Las instrucciones para el safari a pie eran claras, debíamos caminar en fila india y no desviarnos del camino marcado por el masai armado que encabezaba la expedición. Tras nosotros se situaría otro masai que también iba armado y en todo momento iríamos acompañados por un nativo experto en botánica y fauna salvaje, quedando terminantemente prohibida la emisión de sonido alguno al objeto de evitar posibles ataques. De hecho, la expedición que John, el dueño del Tandala Camp, había organizado; era de lo más exccepcional, por lo elevado del número de integrantes de la misma. En condiciones normales, los safaris a pie no se realizan con un numero mayor de 4 integrantes y quedaba patente que John había mostrado cierta intranquilidad por lo arriesgado de la misma. Sin duda, y por encima del ánimo de lucro que caracteriza este tipo de negocios, la seguridad de los huéspedes era una de las prioridades del Tandala Camp, circunstancia ésta que agradecimos enormemente durante nuestra estancia.
Desgraciadamente para nosotros y a pesar de la expectación que nos había provocado la actividad, resultó que la presencia de leones la noche anterior (confirmada por los masais que nos acompañaban en el safari a pie), imposibilitó el contacto con la fauna salvaje hasta el mismo momento en que aparecimos, dos horas y media después, en los alrededores del campamento. Los indicios de presencia de fauna salvaje fueron constantes en todo momento; así los excrementos recientes de elefante se mezclaban con continuas huellas de león, pero ni rastro de animal alguno. Finalmente el safari a pie se convirtió en una clase de botánica, interrumpida por ocasionales y lejanas apariciones de alguna que otra ave. Al llegar al campamento, un gran número de elefantes se congregaban en torno al abrevadero, junto a alguna familia de babuinos, resultando el más excitante de nuestros avistamientos. La presencia de los masais y su sola mirada, junto a su actitud corporal tranquilizaba la fiereza de los elefantes al paso de los expedicionarios.
Ya en el campamento, nos reunimos con el resto de expedicionarios, aprovechando el encuentro para relatarles nuestra experiencia, incidiendo falazmente en lo intrépido de nuestra aventura a pie. Desde la instalación central del Tandala, donde desgutamos nuestro desayuno, podíamos observar a una familia de elefantes apostada a pocos metros de nosotros, refrescándose tras la ajetreada noche a que habían estado sometidos.
Se iniciaba así un nuevo game drive - pues así es como se denomina en inglés a los safaris en coche- por el parque nacional de Ruaha. El recorrido que hicimos por la mañana estuvo plagado de avistamientos de todo tipo, elefantes, búfalos, jirafas, cebras, impalas....La gran población de elefantes de Ruaha se ponía de manifiesto a cada paso que dábamos. Realmente en Ruaha uno tiene la sensación de estar visitando un parque temático de la naturaleza. En apenas unos metros, uno podía pasar de ver una manada de búfalos para a continuación y a pocos metros obligarnos a hacer una nueva parada con el fin de contemplar una familia de jirafas alimentándose de unas acacias. La sensación de aventura era constante.
Ya de regreso al campamento, alertados tanto por el putrefacto olor como por el vuelo circular de numerosos buitres leonados, realizamos una incursión en una de las zonas más cercanas al lecho del río. Cuando llegamos, los buitres que podían contarse por docenas, pugnaban por los restos de una jirafa en un festín sangriento que interrumpimos con nuestra presencia. A buen seguro, unas horas antes los leones habrían comenzado la cacería de la presa que yacía ante nosotros.
Más adelante, entre la espesa vegetación surgía a nuestro paso, inesperadamente, un enorme elefante macho de colmillos prominentes que provocaba el sobresalto del personal. Se mantenía calmado a menos de un metro de nuestro vehículo, aunque su comportamiento era del todo imprevible.
El almuerzo a media mañana, se convertía en el foro propicio para la confraternización entre los expedicionarios, fascinados todos por la belleza de cuanto habíamos vivido. El calor apretaba y la piscina del Tandala se postulaba como la mejor opción. Sólo quedaba decidir si por la tarde continuaríamos con la actividad de la mañana o nos relajaríamos en las instalaciones, evitando el duro discurrir por las pistas de tierra de Ruaha. La expedición se dividió en dos grupos, los que decidimos hacer un nuevo game drive y los que se quedaron en el Tandala disfrutando de las comodidades que ofrecía este alojamiento en plena naturaleza.
Aunque el grupo dispuesto a realizar un nuevo game drive estaba compuesto por diez expedicionarios, únicamente tomamos un vehículo de los tres que componían la expedición. Ciertamente, esta circunstancia - el coche sólo disponía de 7 plazas- lo hizo mucho más divertido. Los expedionarios que no disponían de asiento alguno, se elevaban golpeándose sus cabezas por cada socavón que pillábamos en el árido terreno por el que discurriamos, provocando las risas de los afortunados sedentes.
La nueva zona por la que transitábamos ofrecía inmejorables vistas de los kifaru (hipopótamo en suahili) y de enormes cocodrilos que abrían sus mandíbulas al sol de Ruaha. Malaika (Ángel), intrépido aventurero y magnífico organizador del viaje, se permitía con cierta sorna la licencia de abandonar el todoterreno y aproximarse a la orilla del río, ganándose los reproches de los compañeros de expedición, y en especial de sus crías y amada esposa.
Con el bello atardecer de Tanzania sobre nosotros, emprendíamos el inevitable retorno al Tandala. Muy cerca de nuestro alojamiento, y sorprendido por la algarabía reinante en nuestro vehículo, un hasta el momento plácido elefante en compañía de su familia, arrancaba el paso hacia nuestro vehículo, atropellando todo cuanto se le ponía a su paso. Los expedicionarios de la parte trasera del vehículo alertaban a Malaika, conductor del vehículo, sobre las atroces intenciones de la enorme mole que se aproximaba, al grito de: ¡que viene! ¡que viene!...Él, conocedor de los habituales rehuses que realizan estos animales en defensa de sus crías, se mantenía inmóvil observando su reacción. Desde la posición privilegiada que me proporcionaba mi ubicación como copiloto, mi semblante mutaba a medida que el reflejo del elefante iba adquieriendo mayores proporciones en el espejo retrovisor delantero, confirmando lo que ya aventuraba el resto de componentes de la expedición: ¡que viene de verdad! El acelerón de Malaika rompía defintivamente la expectación. Efectivamente, el comportamiento de los elefantes era impredecible. Aquel día habíamos aprendido una nueva lección.
Entre tanto, nuestros compañeros habían aprovechado su tarde para disfrutar del espectáculo en que se convertían los alrededores de nuestro campamento, infestado de todo tipo de animales salvajes. Las familias de elefantes se iban haciendo cada vez más numerosas en los aledaños del abrevadero. Los facoceros (jabalí berrugoso) y los bauinos campaban a sus anchas por todo el campamento y unos tímidos kudús e impalas se estaban aproximando, pastando libremente por su otrora territorio.
Reunidos de nuevo todos los expedicionarios, nos convocamos para la cena a eso de las siete de la tarde. Hora temprana para las costumbres españolas, pero a la que cada día más, nos íbamos habituando, adaptándonos a una cultura que vive conforme al ritmo de la luz solar. La naturaleza volvía a imponerse sobre el hombre.
Caida la noche y en la soledad de mi tienda, inmerso en una ducha al más puro estilo africano (en un pequeño receptáculo de piedra desde el que, por los laterales, se podía ver el campamento), pude escuchar un sonido lejano que no terminaba de identificar y que, en cualquier caso, no me resultó muy agradable, más bien diría inquietante.
Ya fuera de la rústica ducha, un potente y desconocido sonido irrumpía en la tranquila noche de Ruaha acrecentando mi incertidumbre y confirmando mis percepciones iniciales. Deseando borrar de mi mente determinados pensamientos alarmistas que me iban rondando e intentando restar importancia a los ruidos, continuaba vistiéndome con mis sentidos divididos entre lo que pudiera ocurrir en el exterior de mi tienda y la actividad que ejecutaba. Un pie dentro de mi ropa interior....el otro... el sonido cada vez más cercano me provocaba la mayor intranquilidad. ¿Qué era eso?
Efectivamente, era un gran rugido de un león aumentando de potencia a cada minuto que transcurría. Paralizado, congelado... no podía mover un músculo de mi cuerpo. Oir un rugido de un león en directo a escasos metros de tu endeble tienda en la noche cerrada nada tiene que ver con el grácil sonido emitido por el león que tantas veces ha dado comienzo a las películas de la Metro Goldwyn Mayer. Tenía claro que no saldría de allí para la cena, cumpliendo así, con disciplinada obediencia, sin rebeldía alguna, los sabios consejos que nos había recomendado el gerente del Tandala para cuando tuviéramos que realizar cualquier trayecto nocturno por el campamento. No obstante, no podía esperar a que apareciera uno de ellos en mi tienda. Tendría que llamarlo.... ¿Qué hago?. Sin saber si mi decisión era la correcta salí de la tienda, totalmente cegado ( ¿o quizás debería decir cagado?), pues mis ojos no estaban acostumbrados a la ausencia de luz a pesar de la mínima potencia de aquella que me había alumbrado, un momento antes, en el interior. En la terraza elevada de mi tienda sobre los pilotes sobre los que se asentaba, sólo acertaba a decir sin mucho convecimiento: ¿ Hello ?....¿Hello?.... Nadie respondía.... Solo el rugido del león que iba adquiriendo proporciones cada vez mayores. Para adentro, me dije. Mi instinto de conservación actuaba de forma autómata. El rugido se mezclaba con el barritar de los elefantes, que nerviosos (los comprendía perfectamente) se encaminaban hasta otras zonas del campamento. Cual animal salvaje, sabía que tenía que salir de allí y buscar la protección de la manada. Una nueva intentona. ¡Hello!... ¡Hello!... Las luces de las linternas de los masais pululaban por todo el campamento, en su intento de aullentar a la fiera. Poco les importaba mi situación en ese momento. Por fin uno de ellos se acercó a mi posición aunque mis palabras en inglés no le hacían perder en ningun momento su concentración. A mi lado y como el que oye llover, enfocaba su linterna frente a mi posición. La luz iluminaba el paso de un enorme elefante a un palmo de mis narices. ¡Yo me quiero ir de aquí ya! y cuando digo ya no es cuando termine de pasar el elefante. Ya he tenido suficiente realidad por hoy. Me he levantado a las 6 de la mañana, me he expuesto al fallido safari a pie, nos ha perseguido un elefante furioso y ahora un león pretende que sea su cena......¡solo quiero tranquilidad! El masai me cedía el paso en las escaleras de mi tienda y yo se lo cedía a él gentilmente.
Mientras tanto, en las instalaciones centrales del campamento los expedicionarios aguardaban mi llegada, haciéndome el objeto de sus críticas por mi "polepolizada" actitud durante todo el viaje, e incluso me atrevería a decir, que durante mi vida en general. Frases como: si es que es un Juan brevas... que tío más tranquilón... todos esperándolo... todos teniéndonos que adaptar a su ritmo...¡qué huevon!.... resonaban mientras yo me debatía entre el más elemental instinto de conservación y la necesidad de reunirme con ellos.
Al fin llegué, escoltado por el masai que me decía en un precario inglés que los sonidos no eran de un león. Yo ya en castellano le decía inútilmente.. ¡qué va, era un gato!...claro.....claro...
Los comensales me increpaban conforme avanzaba hacia la mesa. ¿pero es que te tenemos que esperar siempre? espetaban, y yo claramente les decía: decidme lo que queráis pero lo que yo he oido no eran elefantes... era otra cosa.. pero elefantes no....
Ya -apuntaba alguno de ellos- si desde aquí hemos oido algo pero nos dice John, el gerente, que no es un león. Comenzábamos a cenar bajo la luz de la velas, en semioscuridad y en mitad del campamento sin protección alguna, cuando un nuevo rugido volvía a irrumpir en nuestra tranquilidad. Una de las niñas de la expedición (mi sobrina), rompía a llorar intuyendo la mentira piadosa del gerente. Ya más tranquilos continuamos con la cena, que aunque exquisita, éra interrumpida por el personal del Tandala, que desde la máxima oscuridad aparecía de improviso para traer un nuevo plato provocando el sobresalto de alguno de los comensales.
Al fin terminamos la cena y nos acercamos al fuego que habían encendido algunos de los masais. Pedro, uno de los expedicionarios, que por su carácter jovial y con algún conocimiento sobre la cultuta masai (fruto de expediciones anteriores) pero sobre todo ávido por integrarse con los nativos, había estrechado lazos con ellos durante la tarde, convino su participación en una actuación típicamente tanzana. En frente de nosotros cuatro de los masais se unían a Pedro, el mzungu (extranjero en suhaili), que para la ocasión se había ataviado con una manta de cuadros de color rojizo, emulando la vestimenta típica de esta etnia.
Los masai entonaron su baile ceremonial de la caza del león, que marca en su cultura el paso de la niñez a la época adulta. Los sonidos agudos- la voz principal- acompañados por el ritmo cadencioso de las voces graves- que entonaban el resto, entre los que se encontraba el amigo Pedro-, eran acompañados por los enormes saltos que realizaban distinguiéndose sobre los presentes. El mzungu masai, como lo denominamos desde aquel momento, supo empatizar con los masais, tribu africana conocida por ser orgullosa y reservada. Su actuación, aunque desacompasada por la enorme dificultad de los bailes que ejecutaban, era festejada por todos los presentes, arrancando carcajadas hasta de los propiso masais. El Mzungu, que hasta ese momento había jugado en campo contrario, sacó de su bolsillo una de las turutas (instrumento muy utilizado en los carnavales de Cádiz, conocido por su estridente sonido), y muy inteligentemente lo puso en manos de uno de los masais, esperando el resultado. El masai soplaba por la turuta sin conseguir emitir sonido alguno, riendo ahora todos sus compañeros, que incipientemente dejaban entrever su curiosidad por tan desconocido instrumento. Una vez más soplaba y nada...; el mzungu volvía a explicar la funcionalidad del artilugio, valiéndose únicamente de la expresión corporal.
La alegría y las risas inundaban la noche de Ruaha, mientras nuestro anfitrión, John, andaba preocupado por los sonidos de los animales que aún se confundían entre el jolgorio que había organizado el Mzungu masai. Sin preocuparse mucho por ello, los masais se pasaban la turuta en busca del afortunado que la hiciera sonar, hasta que uno de ellos consiguió emitir un tímido sonido. La ejecución del baile y los cánticos al tañido de la turuta era, sin duda, el mejor ejemplo del poder que ostenta la música como medio de entendimiento entre culturas tan diferentes como la española y la masai. Ellos no actuaban movidos por la obtención de propina alguna, como ocurre en las bomas (aldeas) masais del Ngorongoro o el Serenguetti. Su cometido era la seguridad del campamento, aunque ésta hubiera pasado a un segundo plano influenciados por la actitud cercana del mzungu masai y, sobre todo, muy a pesar de John, que caminaba de un sitio para otro enfocando con su linterna hacia la espesura.
Los bailes se sucedían, el entendimiento entre culturas era total y las risas acompañaban la comicidad de la imagen que quedaba guardada en nuestras retinas, iluminados por la luz de las estrellas que en este lugar del mundo brillan con más fuerza como consecuencia de la ausencia de contaminación lumínica y sobre todo por la fuerza que denota la convivencia pacífica entre seres humanos. Un par de canciones cantadas en suahili que habíamos aprendido fonéticamente antes de ir para allá, terminaron de lograr la unión total con los empleados del Tandala, que aquel día nos confirmaban que no les importaba la hora de finalización de su jornada laboral.
Fue un día genial pleno de experiencias. Arriesgado, intenso, enriquecedor y, por encima de todo, de integración entre razas distintas, o quizás....no tan distintas. Terminaba la noche y había que descansar. Al día siguiente tocaba sobrevolar África. Nuestro próximo destino era Zanzíbar, la costa suahili, un nuevo contacto (para algunos de nosotros) con las aguas del Índico. Ruaha había sido mucho más de lo que esperábamos y sin duda era merecedora de una nueva visita. El tiempo lo dirá...confiamos en que Malaika lo considere oportuno para futuras expediciones.