5 de agosto de 2010. La noche había sido muy intensa en el Tandala Tented Camp. Los ecos de los rugidos del león de la noche anterior aún resonaban con fuerza en mi cabeza, cuando comenzaba a amanecer un día más en Tanzania. No obstante, la comicidad del espectáculo con el que nos había deleitado el mzungu masai de Cambil y sus acompañantes dibujaba una boba sonrisa en mi cara, en esas primeras horas de la mañana.
Con cierto sentimiento de tristeza, abandonábamos el que había sido hasta ese día nuestro hogar en el parque nacional de Ruaha. Las experiencias vividas en este remoto lugar hacían brotar sentimientos encontrados; por un lado la aflicción por abandonar uno de los lugares más bellos del mundo, y por otro la ilusión por arrivar a la isla de Zanzibar, la perla del Índico. Lamentablemente no disponíamos de mucho tiempo más en el Tandala, pues aquel día aún nos quedaban por recorrer 220 kilómetros hasta el parque nacional de Mikumi, donde dos avionetas nos transportarían hasta Zanzibar.
El polvo que iba levantándose al paso del todoterreno hacía muy difícil el adelantamiento a los cada vez más numerosos coches que se interponían en nuestro camino. Mis recuerdos del viaje de aquel día se encuentran inexorablemente unidos y enmarcados en una intensa neblina térrea, que sólo pudo verse aliviada aumentando la distancia entre nuestros vehículos. La pista de tierra por la que transitábamos, se internaba en un gran número de aldeas que probablemente surgieran al calor de este bello parque nacional o de la propia ciudad de Iringa. Las gallinas que momentos antes deambulaban con cierta tranquilidad por los alrededores de las chozas de adobe, salían despavoridas ante el ritmo endiablado que imprimíamos a nuestros Land Cruiser. Y sí, lo reconozco, no todas pudieron ser esquivadas. Aquel día alguna familia tanzana debió saborear los retorneados muslos del pollo cuyo sacrificio involuntario había estado a cargo de los indeseables mzungus en los que, muy a nuestro pesar, nos habíamos convertido. En ello influía la premura que imponía nuestro deseo de no perder nuestro pasaporte a Zanzíbar y especialmente lo impredecible del estado de las obras de la carretera que, pasado Iringa, se elevaba hasta las llamadas tierras altas de Tanzania. No en vano, a la ida ya habíamos observado el curioso sistema de paso que utilizaban los operarios de las obras, el embotellamiento y el consiguiente retraso que ello provocaba.
A la entrada de Iringa y muy cerca del lugar donde, días antes, nos habían sancionado por exceso de velocidad, hicimos una parada para reponer fuerzas. Volvíamos de nuevo a las carreteras asfaltadas, algo que era muy apreciado por los compañeros de expedición. Al paso por Iringa la mezcla de olores y el colorido de los ropajes de sus habitantes, absorbían toda nuestra atención. Grandes racimos de plataneras eran portados con soltura sobre sus cabezas y la vorágine propia de una ciudad africana nos envolvía cálidamente, en contraste con la cultura occidental propia de los ocupantes del vehículo.
Continuamos nuestro camino por la misma vía que une Dar es Salaam con el sur de Tanzania, pero esta vez en sentido inverso, volviendo a encontrar las temidas obras que ya habíamos sufrido a la ida. Se repetía la misma dinámica de la etapa anterior. Los operarios de la carretera solo permitían el paso cada cierto tiempo, y los autobuses se posicionaban lentamente en las cercanías de las barreras de parada habilitadas a tal efecto. La experincia que atesorábamos fruto de nuestro viaje de ida impulsaba nuestro paso por delante de los experimentados y negligentes conductores tanzanos. En las intermitentes paradas, una multitud de vendedores se situaban a cada lado de nuestros vehículos, ofreciendo todo tipo de productos comestibles entre los que destacaba especialmente el rico cacahuete tanzano. Más adelante, en las inmediaciones del Baobab Valley, los babuinos apostados a los lados de la carretera permanecían hieráticos a nuestro paso. Parecían pensar, si alguien debe apartarse ese no soy yo, ¡mzungu!.
Al fin, no sin poco esfuerzo, hicimos entrada en el Parque Nacional de Mikumi, un pequeño parque situado al oeste de Dar es Salaam donde nos aguardaban tres empleados de la empresa Fortes Safari que serían los encargados de retornar nuestros maltrechos vehículos a su ciudad de origen, Arusha. Uno de ellos se manejaba en un perfecto castellano, ante la estupefacción de los presentes. Al parecer estaba recibiendo clases de español, mejorando sus aptitudes con la finalidad de prestar sus servicios como guía de safari. El turismo se había convertido para los tanzanos como una de las mejores opciones laborales, y para ello toda preparación era poca. Resultaba encomiable comprobar el esfuerzo que algunos de ellos realizaban para optar a un privilegiado puesto de guía de safari, a buen seguro, uno de los más prósperos empleos en Tanzania.
Ya dentro del parque nos adentramos unos kilómetros hasta la pista de despegue de nuestras avionetas con dirección a la costa suahili. La pista de tierra encontraba sus límites difuminados por la maleza de la sabana africana. Lo único que denotaba que estábamos frente a un aeródromo era la existencia de una pequeña avioneta estacionada junto a una caseta de obra, que se encontraba completamente cerrada y en un estado deplorable. Sobre la "pista", una manada de gacelas pacía tranquilamente sin imutarse por nuestra presencia.
Pertrechados todos los integrantes de la expedición con las camisetas que un buen amigo mio había diseñado para el viaje que veníamos realizando, aguardamos pacientemente la llegada de nuestro medio de transporte aéreo, entreniéndonos jugando al fútbol con una de las pelotas que habíamos adquirido en Malawi, imbuidos por el espíritu de nuestra selección nacional, reciente campeona del mundial sudafricano. En el camino, olvidé mi ya inservible carnet internacional de conducir en el vehículo que hasta ese momento había conducido. Por suerte, no era algo que pudiera reprocharme puesto que ya no necesitaríamos más de él en nuestra aventura africana, aunque reconozco que en mi cabeza rondaba la idea de tal necesidad para futuros viajes al continente negro. En cualquier caso, éste sólo disponía de una año de validez y, por tanto, no resultó una gran perdida.
Una vez que aterrizó una de las avionetas que esperábamos, fuimos sorprendidos por la nacionalidad de la persona que la pilotaba. Jordi, pues así se llamaba, era un catalán que había decidido buscar trabajo en Tanzania como piloto en pequeños trayectos como los que unen los parques nacionales con las islas de la costa del Índico. El castellano con el que se dirigía a nosotros suponía un cálido abrazo para todos, puesto que como cualquier emigrante (aunque temporal), anhelábamos nuestra cultura y raices, a pesar de la belleza de cuanto habíamos conocido.
Amablemente nos dió la posibilidad de seleccionar los integrantes de la avioneta pero como suele ocurrir en todo nutrido grupo de turistas, la unanimidad en las decisiones resultó realmente difícil. Y ante la indecisión que manifestábamos, fue el propio Jordi el que finalmente decidió los integrantes de su reducida avioneta.
Aunque la segunda avioneta no había llegado a Mikumi, los integrantes de la primera de ellas tomamos posiciones según las directrices que nos daba nuestro piloto, inciando así el pequeño trayecto que nos separaba de la esperada Zanzíbar. Tan solo una hora y media transcurriría hasta nuestro nuevo destino. No sin ciertos temores por la estabilidad del aparato, la avioneta inició su vuelo bajo los aparentes expertos mandos de Jordi. Las gacelas abandonaban la pista alertadas por nuestro avance mientras los compañeros de expedición nos despedían alegremente, haciéndose más pequeños a cada metro que iba avanzando el aeroplano. En en él, uno se sentía como los protagonista del film de Sidney Pollack, Memorias de África, cuando Dennis Fich Hatton ofrecía a su amante Karen Blixen un precioso paseo sobre las tierras africanas de Kenia, con el memorable paso por el lago Nakuru ante el rosado colorido de los flamencos.
¡Estábamos sobrevolando Tanzania! Las vistas eran maravillosas. El marrón intenso de la tierra se confundía con el verdor de las zonas arboladas conforme íbamos avanzando hacia nuestro destino hasta que, en la lejanía, veíamos emerger el turquesa de las aguas del Índico, dibujadas por los arrecifes coralinos.
En un alarde de valentía, Jordi le ofrecía los mandos de la avioneta a nuestro líder, Malaika, ante la incredulidad y asombro de los pasajeros que ocupábamos las posiciones traseras. Ya no se podía pedir más.
Pequeñas islas sobresalían de las aguas oceánicas rodeadas de coral por doquier, lo cual le otorgaba un colorido idílico propio de las costas caribeñas que tantas veces hemos visto en las campañas publicitarias de las agencias de viajes. En las inmediaciones de Zanzíbar, el palacio de las maravillas nos daba la bienvenida sobresaliendo entre los jardines Forodhani, en nuestro acercamiento a Stone Town, auténtica capital de la isla. La pista del aeropuerto internacional de Zanzíbar se situaba frente a nosotros por segundo año consecutivo dejando atrás la primera etapa de nuestro viaje, caracterizada por el contacto con la población tanzana y la fauna salvaje de los safaris (viaje en suahili) propios de los parques nacionales de Tanzania.
Tras la foto de rigor al bajar de la avioneta, con el aeropuerto de Zanzíbar al fondo, nos dirigimos a las vetustas instalaciones del mismo, aprovechando el momento para fumar un cigarrillo (tanzano por supuesto, ya habíamos terminado las existencias que traíamos de España, y éste era realmente barato en este país). Allí nos sorprendía -a mi y a otro expedionacionario-, un oficial de policía que nos recriminaba nuestra actitud, solicitando la oportuna compensación económica. Nos decía en inglés que tal actividad no estaba permitida en las instalaciones -aunque nos encontrábamos en los exteriores de las oficionas- y rápidamente apagábamos nuestros cigarrillos, alegando desconcocer la normativa y el idioma. De nuevo, nos insinuaba un oficial tanzano que podíamos arreglar nuestras diferencias ( ¿What can we do?, ¿Qué podemos hacer?), como ya ocurriera en Iringa y en Malawi, pero esta vez, nuestra intencionada y simulada ineptitud daba al traste con las intenciones de soborno encubierto que nos proponía el oficial, aunque dicho sea de paso, no sin cierta sorna por su parte al intuir que nuestra actitud era forzada.
Zanzíbar, isla de las especias (como el clavo, la pimienta, la canela o la vainilla), e histórica capital del tráfico de esclavos procedentes del interior del continente en los tiempos en que se encontraba bajo la dominación del sultanato de Omán; se mostraba ante nosotros en todo su esplendor en un día caluroso y despejado. Reunidos con los expedicionarios que habían viajado en la otra avioneta, tomábamos nuestras maletas y las introducíamos en la furgoneta que nos transportaría hasta la zona sureste de la isla, en las cercanías de Jambiani.
El conductor de la furgoneta realizaba una parada para repostar gasolina entre el gentío típico de Stone Town, obligándome a apagarle el motor mientras realizaba la operación, pues esta era una cuestión que a él parecía no importarle lo más mínimo. Cruzamos a nuestro paso, uno de los parajes más bellos de la isla, que ya conocía por nuestro viaje del año anterior. Jozani, parque situado en el centro de la isla, ofrece una de las vistas más privilegiadas de una de las especies de primates más interesantes, el colobo rojo. Las señales - red colosus crossing- alertaban de su cercana presencia.
Tras algo más de una hora de viaje hacia el sur de la isla, hicimos entrada en el Coral Rock ( que podría traducirse al castellano como arrecife de coral), donde nos reencontramos con Neil, gerente del alojamiento donde pasaríamos los próximos días en esta preciosa ínsula.
El año anterior, habíamos comprobado en nuestras carnes que a pesar de ser un lugar muy animado, carecía de las más mínimas comodidades y en sus habitaciones la humedad era la tónica dominante. Malaika, que había mantenido contacto con Neil, nos informaba de las grandes reformas que había realizado éste en las instalaciones del Coral Rock, auque realmente pocos de nosotros confíabamos en la efectividad de dichas afirmaciones. Pese a ello, el contacto con las habitaciones ponía de manifiesto el cambio. En un año Neil había dado otro aire al Coral Rock.
Ciertamente, el Coral Rock, con una situación privilegiada en la isla, ofrecía al fin un lugar relativamente cómodo a buen precio, con unas vistas hacia el Índico que pocas localizaciones pueden brindar. Neil, sudáfricano que demostraba tener mucho mundo, se manejaba muy bien en castellano, fruto de su experiencia en los años que había vivido en Argentina. Regentaba su alojamiento junto a su mujer, una joven que años antes conocimos como su novia y que en el transcurso de nuestros viajes del año 2009 y 2010, había pasado a ser su mujer en una ceremonia celebrada en las orillas de tan idilíco emplazamiento.
Con las maletas en nuestros aposentos, nos reunimos en la instalación central del Coral rock, donde la fiesta y la Zanzibar caipirinha nos envolvió en la noche zanzibarí, compartiéndolo con los pobladores de las zonas cercanas que acudían noche tras noche al lugar de marcha de Jambiani. Las unidades del pelotón español iban desperdigándose por sus habitaciones embriagados por los licores locales, mientras algunos irreductibles nos mateníamos al pie del cañón. Solo quedaba una cosa por hacer aquel día en la isla. Si, eso que pensáis también, pero no me refiero a eso. Un baño bajo la noche estrellada fue nuestra decisión, aunque ciertamente accidentada para alguna de las expedicionarias que tropezó con el coral imperante a las orillas del Coral Rock.
Ya en la habitación, y con el cansancio propio de la larga etapa que habíamos realizado, la noche nos transportó hacie el más reparador de los sueños, a la espera de una nueva etapa en el paraiso. Aguardaba una boda - o quizá debería decir evento- de dos de los expedicionarios que nos acompañaban, al más puro estilo zanzibarí y eso constituía un aliciente más en nuestro largo periplo. El viaje no había terminado aunque el cambio de tercio era evidente. Días de playa y de celebración serían nuestros aliados.