Hoy tocaba levantarse pronto, pero el despertador no ha sonado. He abierto los ojos a las 4 de la mañana y no ha habido manera de volver a dormir. Seguro que a medida que pase el día encontraré a faltar esas horas de sueño.
El taxi nos pasa a recoger a las 6.30 de la mañana. La estación de tren a la que debemos ir no está demasiado lejos de nuestro alojamiento, pero no nos han sabido decir cuánto tiempo tardaríamos, y en San Petersburgo una moscovita ya nos había advertido que en Moscú puedes tener una congestión de tráfico a las 3 de la mañana. Así que no sabemos si tendremos un viaje de 10 minutos o uno de 40.
La verdad es que el alojamiento no era de lo mejorcito, pero los dueños se han portado fenomenalmente con nosotras aún existiendo una clara barrera con el tema del idioma. Las conversaciones que he tenido con el dueño a lo Tarzán y haciendo uso de mis dotes pictóricas, han hecho que tuvieramos mucha más comunicación que con el resto de huespedes. Al irme me ha hecho un pequeño regalo: un imán de nevera de Moscú. Una tontería, pero este es por el momento el único souvenir, además de mis fotos y recuerdos, que llevo en mi mochila.
El taxista es grade como un armario. Enseguida nos pregunta si somos italianas. ¡No! las palabras Barcelona y Messi enseguida le sacan una sonrisa de la boca. Está claro que ha captado de dónde somos y que es futbolero. Las calles están desiertas a esas horas, pero nos sorprende lo alto que está el sol para lo pronto que es.
Al final, nuestro trayecto es de tan solo 10 minutos y a modo de despedida el taxista levanta su puño cerrado y dice algo que nos parece como “Fuerza España”. No sabemos si su grito obedece a deseos deportivos o de recuperación económica, pero aún así consigue que sonriamos como respuesta a su serio pero enérgico mensaje.
Lo primero que hacemos al entrar a la estación es localizar nuestro tren y nuestra vía. Aún queda más de una hora para que salga así que vamos a tomarnos unos cafés a modo de desayuno. La estación está muy concurrida, como cualquiera de los sitios que hemos visitado en Moscú. Viniendo de una ciudad pequeña como Barcelona, es difícil no sentirse intimidada en cierta medida por los 12 millones de habitantes de la capital rusa.
Cuando quedan pocos minutos para la salida de nuestro tren, nos dirigimos hacia nuestra vía. Al llegar, en la vía contigua acaba de estacionar un tren. Viene a rebosar, con mucha gente de pie. El tren tiene por lo menos ocho vagones y en cada uno de ellos, sentados, caben casi 100 personas. Así que sumando a los viajeros que no han podido viajar cómodamente sentados, posiblemente vemos bajar a más de 1000 personas de un sólo tren.
Nuestro convoy también llega casi con la tripa llena y nada más parar, se va vaciando rápidamente. Poco a poco el tren vuelve a llenarse y nosotras también acabamos dentro de su estómago. Aún quedan unos minutos para salir y ya quedan pocos asientos libres.
Salimos puntuales. Yo voy siguiendo el recorrido que encontré en la página web que me recomendaron en el hotel al que vamos. Son poco más de 3 horas de viaje y aunque tengo sueño, no consigo relajarme y acomodarme lo suficiente como para dormirme.
Aunque durante el trayecto ha ido subiendo y bajando gente, la mayor parte de los viajeros baja en Vladimir, con lo que a la hora de salir, como hay que volver a validar el billete, se monta un tapón impresionante.
Sabemos que la estación de autobuses está cerca de la de tren, pero no conseguimos verla. Acabo preguntando a un señor que me señala unas escaleras al otro lado de la puerta principal de la estación que acabamos de abandonar. Una vez subo por ellas, ahora sí que veo la estación de pequeños mini-buses.
En taquilla digo únicamente y tan bien como puedo !Suzdal! mientra hago la señal del número 2 con mis dedos. Llevo preparada la guía con el nombre del pueblo por si acaso, pero no hace falta. El autobús no sale hasta las 12, así que tenemos que esperar casi media hora.
Subimos de las primeras al mini-bus con las maletas y la señora de los billetes nos grita algo en ruso. No lo entendemos y hasta que no suben las siguientes viajeras no nos enteramos que tenemos billete para ir de pie. ¡Mecagüentodoloquesemenea!!!. Son casi 40 minutos de un trayecto infernal, en un mini-bus atestado de gente, en una mala carretera y sujetando las maletas como podemos. Tanto nosotras como unos viajeros (también extranjeros) acabamos colaborando para hacernos el trayecto más soportable. Al llegar a nuestro destino les interrogo; son de Indonesia. Para mi, viajar a su país, ha sido uno de los viajes de los que mejor recuerdo tengo. Les digo que estuve en las Islas Flores y que fue inolvidable. Ellos no han estado y uno suspira por no haber visto la maravilla de mundo que tiene tan cerca. Nos dicen que tienen que volver a Moscú esa misma noche. Es ya la una así que les queda poco tiempo para ver la ciudad si han de hacer todo el camino de regreso, por lo tanto acabamos despidiéndonos muy rápidamente.
El día está de un gris de esos de Va-a-llover-de-lo-lindo así que enfilamos hacía el hotel Los puentes marcados en el mapa que llevo, no existen, así que acabamos dando una vuelta descomunal por el pueblo cargadas como mulas. Ha empezado a llover y al final acabo parando a una chica , que milagrosamente, habla algo de inglés. Se ofrece a llamar a un taxi para que nos venga a recoger y nos lleve al hotel que tenemos contratado. No me pienso mi respuesta y en 5 minutos estamos en un coche del tiempo de la Maricastaña rumbo a nuestro hotel. No estábamos demasiado lejos, pero hacer el camino con maletas hubiera sido criminal.
En el Hotel la recepcionista tiene un inglés un poco básico, pero acabamos comunicándonos de forma fluida.
Descansamos un poco, pero enseguida salimos a explorar la ciudad. Ha parado de llover y aunque vamos cansadas del viaje de hoy, sólo estamos una noche aquí y queremos ver algo. El pueblo entero es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.
Hubo un tiempo en el que había una iglesia por cada 12 habitantes del pueblo. Actualmente deben conservarse unas 40 iglesias y posiblemente continúe siendo una de las poblaciones con mayor número de edificios religiosos por cápita. Es por ello que el pueblo, aunque pequeño, es el destino principal de los tours por el llamado anillo de oro.
El kremlin de Suzdal con sus cúpulas azuladas es el paisaje más emblemático del pueblo. El mal tiempo ha hecho que las calles estén prácticamente desiertas con lo que exploramos gran parte de las iglesias en la más absoluta soledad. En el interior son más o menos todas iguales: iconos y dorados por doquier. Los espacios por dentro, son muy pequeños, aunque la mayor parte de los templos están cerrados y no podemos visitarlos.
Caminamos y caminamos con el mapa en man hasta que nos cansamos. Volvemos exhaustas al hotel: hemos tenido un día absolutamente agotador con tanto viaje. En el hotel, hemos contratado un buffet de comida Rusa que suena mucho mejor de lo que es. La comida típica de aquí por ahora no nos ha encantado y hemos acabado tirando de súper la mayor parte de los días. Aún así hay unos dumplings rellenos de carne, muy parecidos a los jiazi chinos, aunque algo más pequeños, que a mi me encantan.
Nos retiramos a leer, pero yo, aunque tenga muchas ganas no consigo mantener los ojos abiertos. Estoy muertecita de verdad.