El contradictorio refranero está ahí, y sentencia que “no por mucho madrugar amanece más temprano”, o “a quien madruga Dios le ayuda”. El primero es irrefutable, pero las cosas son como son, y si uno despierta y no se vuelve a dormir, pues se jode o lo aprovecha como puede. Del segundo refrán prescindo, porque lo divino es muy abstracto y la ayuda divina es humor negro.

Por lo que se contempla a las 6 de la mañana bajo las ruborizadas nubes, quizás los pescadores, con o sin barca, crean en esos refranes, o simplemente sepan que es una hora más propicia para la pesca. Yo piso descalzo, y los acompaño mientras van hacia la orilla con sus enseres. No llevan cañas, sino cubos y aparejos.
Van en grupos; los hombres se meten hasta los muslos, barriendo el fondo de arena con un arte de malla, y las mujeres esperan con los cedazos y los cubos, a que sea volcada la captura. Fascina ver los puntos metidos en el agua, labrando el mar a lo largo de la costa, recortados contra los barcos pesqueros y los islotes del fondo. Un cubo a rebosar que sacan a la orilla, permite ver que la captura es una especie de krill.
Primero cafe, luego paseillo torero hasta las cascadas de Khong Phlu, 3 kms al norte caminando por la carretera hasta un desvío hacia el monte. Un ticket de 200 THB (4'5 eu) permite el acceso, y hacer un trekking liviano de 0'5 km por una vereda entre la selva. El sendero, es apto para todos los públicos, y sólo hay que cuidarse de las piedras resbaladizas de las cercanías de las guaterfals. Al final, te recibe la cola blanca con una única condición, el remojo restringido a una reducida bañera natural entre dos cuerdas. Es un rato gustoso que mejor hacer pronto a la mañana, porque luego de vuelta, te cruzas con un reguero de gentes y niños disfrazados de enanos.
Regresamos por donde hemos venido, pero con parsimonia por el lanzallamas del astro rey, Ra para los egipcios, sun (san) para los angoparlantes, Lorenzo para los amigos. Paradas sucesivas, en el puesto de un artesano, al que le compro un shiva destructor de 4 brazos y tres ojos; en un tramo de la carretera, para una sesión fotográfica a unas arañas de mala pinta, pero magnificas arquitectas;
en un campamento de elefantes, para que almuerce unos plátanos un baby elephant, que barrita las gracias; en un campo de vuelo abandonado, donde da la bienvenida una avioneta estrellada; en unos bungalows de rayas, para columpiarnos de cara al mar entre dos troncos; en las arenas de la playa, para no pisar una fila india de medusas varadas.
Los pies laten cuando llega la comida a la mesa del restaurante lacustre. Unos noodles, un tempura de vegetales, un arroz con gambas y, sobre todo, las líquidas cervezas Chang. El banquete y la siesta posterior con aire acondicionado, nos sale por 360 THB. El sueño es reparador, y del resto del día en la isla elefante, no hay más que apuntar, excepto la reparación de una hamaca que no aguantó dos pesos.