El hotel Shilo Inn no ofrece desayuno incluido pero el guía hizo las gestiones pertinentes para que nos lo dieran pagando sólo un dólar por persona en concepto de propinas. Se puede escoger entre varias opciones y nosotros cogimos la que incluye huevos revueltos y varias cosas más.
Dejamos Salt Lake City y pasamos por una mina de cobre, la más grande de EEUU, y por el Lago Utah (de agua dulce, no salada como el ya mencionado Lago Salado). En poco tiempo se terminará “la civilización”, es decir, la presencia de gran ciudad y volveremos al mismo panorama que nos ha venido acompañando en estos días.
La primera parada de la mañana la hacemos en un área de servicio en un lugar llamado Scipio (en memoria del general romano Escipión) donde, además de hacer pis, podemos ver un pequeño zoo donde hay dos pequeñas cebras (que parecen burritos con rayas en las patas), un aburrido camello, algunas cabritas, un emú y algún que otro animal más.
Retomamos camino, pasamos por Fillmore (primera capital de Utah) y salimos de la Interestatal 15 para tomar en seguida la 89, que es la que sube por las montañas y nos lleva a Bryce Canyon. Entramos en tierra de los indios paiute, habitantes de esas tierras desde antes de la llegada de los pioneros. En realidad ellos, a diferencia de otros, no viven en reservas. Sólo tienen dos, una en Roosevelt y otra en Vernal, pero no queda separada del resto como en otros casos. Pasamos también por Panguitch, que hasta bien entrado el siglo XX albergaba a mormones polígamos (y al parecer aún queda alguno por ahí). Una de las características principales de ese lugar son sus casas con dos o más chimeneas, que indicaba el número de mujeres que tenía el propietario (cada una de ellas tenía su propia cocina). Finalmente, antes de llegar a Bryce, pasamos por el Red Canyon y por fin tuvimos la suerte de ver un perrito de la pradera. Qué monada.

Antes de adentrarnos en ese magnífico mundo que es Bryce paramos un poco para comer algo en Bryce. Nosotros nos decidimos por el famoso (e histórico) establecimiento Ruby’s Inn y su buffet. No es tan bueno como el del Golden Corral pero no se come mal por 17,50$ (tax y propinas incluidos).
El parque de Bryce canyon (en realidad los geólogos no lo consideran un cañón, a pesar de llamarse así, sino una meseta calcárea erosionada) es uno de los lugares más espectaculares que he visto en este viaje.
El primero en llegar se llamaba Ebeneezer Bryce (de ahí tomó el nombre) y como no podía ser de otra manera era mormón. El hombre en cuestión exclamó la siguiente frase: ¡Vaya lugar para perder una vaca!. Y, sí, no es un buen sitio para perderla, la verdad. Aunque la cuestión era que el que andaba más perdido que una aguja en un pajar era él. Corría el año 1850. Los indios eran algo más poéticos y decían que veían “rocas rojas erguidas como hombres” aunque perdían la poesía añadir “en un cañón en forma de palangana”.

Como ya he contado en otros parques hubo un tiempo en que el mar lo cubría todo pero fue retirándose poco a poco, dejando a la vista formaciones que fueron erosionándose con la lluvia. Se formaron entonces esas rocas rojas erguidas que decían los paiute y que reciben el nombre de hoodoos.
El cañón tiene 23 kilómetros de largo y una profundidad entre 300 y 500 metros. Al fondo no hay ningún río (por eso se discute si es un verdadero cañón) pero a veces el deshielo del agua de las nieves hace correr por allí un pequeño arroyo.
Antes de adentrarnos propiamente en los puntos clave hacemos una pequeña parada para fotos y aprovechamos para pasar al otro lado de la carretera y subir por una empinada ladera a ver de cerca esas formaciones. Cuidado con la arenita fina que hay en el suelo. Es muy resbaladiza.
Como en todos estos lugares, el parque cuenta con varios puntos de observación desde los que (esta vez sí, no como en el Gran Cañón) se pueden hacer excursiones y bajar hasta el fondo. La vista por todas partes es maravillosa, con esas piedras de tonalidades rojizas, anaranjadas o incluso rosas, formada por la oxidación de varios minerales como el hierro o el manganeso.
La primera parada en el parque propiamente dicho la hacemos en Inspiration Point, a 8100 pies (2500 metros de altitud). Nos quedamos allí 30 minutos y aprovechamos para subir por el sendero señalizado hasta los diversos miradores desde los que se obtiene una vista maravillosa. Cuidado con la arenita (y con algunos miradores, que no tienen barandilla). Es normal ver por allí pequeñas ardillitas.

Desde allí nos dirigimos al Sunset Point y allí nos quedamos 2 horas y media (que, aunque parezca mucho, se hace corto). Se dice que desde ese punto se ven algunos de los hoodoos más impresionantes del parque como el llamado Martillo de Thor. Los colores son impresionantes, en realidad todo lo es.
Es posible bajar al fondo siguiendo el Loop Trail Navajo, un sendero que recorre una distancia de 1,3 millas (algo más de dos kilómetros) en un descenso de 167 metros. Lo recomiendo especialmente. No resbala tanto como el suelo del Inspiration Point (aunque siempre se tiene que deambular con mucho cuidado) y es precioso. Aunque requiere un poquito de esfuerzo no es algo que no puede hacer todo el mundo con tiempo. Recomiendo bajar por la parte de la izquierda y subir por la derecha.

Ese sendero conecta con otro, el del Jardín de la reina, que lleva a la zona del Sunrise Point. Con algo más de tiempo también podíamos haberlo hecho pero hacer tantas fotos hace que tengas que detenerte a menudo y nos dio miedo de no poder terminarlo. Si se puede, vale la pena intentarlo. Lo que sí hicimos, una vez que acabamos el sendero y regresamos arriba, fue caminar hasta el Sunrise point para admirar la vista desde ese otro lado. Todo aquello está también lleno de pequeñas ardillitas.
Al parecer existe la posibilidad de alquilar carros o caballos en el Ruby’s Inn. Cuando vi por donde bajan los caballos, el tremendo desnivel, me dio de todo. Menos mal que no tuvimos la ocurrencia de hacerlo. Con el vértigo que tengo.
Después de la visita regresamos a esa especie de pueblo artificial que se ha creado a la entrada del parque y alrededor del Ruby’s Inn. Nosotros estamos alojados en el Bryce View Logde, que no tiene ni nevera ni microondas pero que no está mal. Está muy cerca del Ruby’s, de algunos restaurantes (uno con espectáculo casi pegadito a nuestro hotel) y de una especie de pueblo del oeste de mentira, pequeñito, que alberga algunas tiendas. Volvemos al Ruby’s y nos compramos un hot dog recién hecho por poco más de dos dólares en el pequeño supermercado que tiene justo después de la tienda de recuerdos y una bolsa de patatas fritas. Nos lo comimos sentados cómodamente en el hall del Ruby’s.